Redacción Médica
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200 años del estetoscopio

Por Javier Barbado, periodista de Sanitaria 2000
Sábado, 23 de enero de 2016, a las 20:03
Nadie crea ex nihilo (desde la nada). Con esta frase rotunda cerraba el debate acerca de la genialidad humana quien fue mi profesora en segundo curso de Periodismo, la filóloga Paz Díez-Taboada. “¿Cómo puede uno crear algo de la nada? Sin un conocimiento previo de las formas tradicionales, no es fácil que pueda introducirse innovación alguna”, corrobora, en una entrevista realizada en 1982, el maestro de yoga B.K.S. Iyengar.

Ambas citas, tomadas a vuela pluma del recuerdo y de la lectura, desvelan que no existe originalidad en la obra del hombre sin principio natural que la sustente, es decir, todo está en realidad creado y éste no hace sino hallar nuevas formas manipulando las preexistentes. No existen los genios per se, sino los curiosos que dan con la genialidad.

Tras escuchar más de una conferencia de los ingenieros del sector sanitario, me he topado con reflexiones similares acerca de su profesión, pues como apostilla el presidente de la Asociación Española de Ingeniería Hospitalaria (AEIH), Luis Mosquera, “la innovación y la creatividad en Ciencia están a la orden del día y a un nivel igual, si no superior, al de las artes”. A lo que cabe añadir el apunte aproximado del filósofo José Antonio Marina en una de sus recientes aportaciones periodísticas: “Solo es buena una innovación si mejora algo y resuelve un problema de forma más eficiente”.

Laënnec descubrió el estetoscopio en 1816.

Al hilo de esta serie de premisas, más o menos acertadas, se cumple este año el bicentenario de la creación del estetoscopio, sin duda uno de los instrumentos más representativos de la Medicina contemporánea y que tal vez sea pronto reemplazado por otras innovaciones de la tecnología sanitaria como el ecógrafo.

A este respecto, llama la atención que todavía no se hayan anunciado celebraciones de la efeméride del también llamado fonendoscopio que rindan tributo al invento, y también, quizá, a su descubridor: el médico francés René Théophile Hyacinthe Laënnec (1781-1826). Solo la Fundación de la Academia Nacional de Medicina (Franm) parece haberlo recordado, de forma solemne, por medio de una sesión extraordinaria celebrada en febrero de 2015 con ponencias de los académicos José Ramón de Berrazueta, Rodolfo Álvarez-Sala y Javier Sanz sobre la auscultación y los dos siglos de historia del estetoscopio, y que también incluyó una exposición monográfica que se prolongó hasta el siguiente mes de marzo.

Y el caso es que el invento reúne todas las características del acto creativo en el contexto de las ciencias de la salud, hasta el punto de que bien merece Laënnec el apelativo de ingeniero, aunque fuera médico, por su capacidad para innovar sobre la marcha una máquina tan sencilla como útil para escuchar el sonido cardiaco y respiratorio.

Como han documentado diversos historiadores, de la narración de propio Laënnec se deduce que el detonante de su idea fue la necesidad insatisfecha de escuchar el latido del corazón de una mujer joven y obesa con síntomas de enfermedad cardiaca. Por entonces solo se aplicaba la auscultación directa o inmediata, que no es otra que la conseguida colocando la oreja sobre el pecho del enfermo. El apuro de hacer lo propio con aquella dama le llevó a improvisar el descubrimiento:

[…] Tomé entonces un cuaderno de papel, lo enrollé y coloqué uno de los extremos sobre la zona del corazón y apliqué el oído en el otro; quedé gratamente sorprendido al escuchar los latidos con mucha mayor claridad y pureza de lo que nunca habría podido oír aplicando directamente la oreja.   

El ‘eureka’ del médico tuvo lugar en 1816 y dio pie a que él mismo diseñara el primer estetoscopio a partir de un cilindro de papel encolado, primero, y de otros materiales como madera, cristal o metal, después. Su invención estuvo precedida, como todo proceso creativo, por años de investigación para interpretar los ruidos de la caja torácica a partir del método clásico, que se remonta, como poco, a los trabajos del médico de origen vienés Joseph Leopold Auenbrugger, quien utilizó sus manos para percutir el pecho de sus pacientes y describió, en 1761, diversos tipos de sonidos que supo relacionar con los hallazgos posteriores de la autopsia.

Tras un intervalo de tiempo en que nadie recogió su testigo, el catedrático de Medicina parisino Jean Nicolas Corvisart tradujo la obra de Auenbrugger, en 1808, y aportó nuevos conocimientos gracias a la percusión cardiaca. Más tarde, su discípulo Gaspar Laurent Bayle introdujo la auscultación directa.

Del mismo modo que ésta antecedió al estetoscopio de Laënnec (quien plasmó su propuesta en Tratado de Auscultación Mediata, publicado en 1819), el genial invento del francés fue después renovado con innovaciones como la de Pierre Adolphe Piorry, quien creó, en 1828, un fonendoscopio de madera y marfil, con acabado en forma de trompeta, más corto y mejor adaptado al oído.

Ya a finales del siglo XIX, otros creadores dieron con el estetoscopio biaural con tubos de goma, el mismo que ha colgado del cuello del médico hasta la actualidad. Han tenido que pasar más de cien años, pues, para que se intuya su desaparición con el espectacular progreso de la imagen médica, que posibilita la lectura tridimensional de variables del corazón y del pulmón con un grado de precisión impensable en tiempos de Laënnec.

Con este repaso historiográfico pretendo, en definitiva, alejar el fantasma del creador unipersonal que tantos quebraderos de cabeza genera entre los egotistas, e inclinarme por deducir que la inteligencia es patrimonio de la humanidad. Pero ello no quita que sean loables las figuras que avivan la llama del interés por la ciencia, ni que resulten necesarias las conmemoraciones de grandes descubrimientos como el del estetoscopio.
 
Bibliografía:

-“Crónica” en El Mundo (17-01-16), pág. 7.
-Díaz-Rubio, Manuel; Devesa Medina, María José; Álvarez Sánchez, Ángel: Las máquinas de diagnosticar y sus inventores, YOU & US, Madrid, 2014, págs. 42-3.
-B.K.S. Iyengar: La esencia del yoga, volumen IV. Kairós, Barcelona, 2010, pág. 165.
-Crónica de la Medicina. Plaza & Janés, Barcelona, 1993, pág. 261.
-JANO. Medicina y Humanidades, 1-7 octubre de 1993, vol. XLV, Nº 1053, págs. 63-81.

REVISTA MÉDICA / Luis Mosquera: “Detrás de cada médico artista, hay un ingeniero entre bambalinas” (24/05/15)