La Revista

El usuario de la sanidad también debe implicarse para que la 'pareja' funcione adecuadamente

Así es el paciente ideal para el médico


28 feb. 2016 19:20H
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Las relaciones nunca son fáciles. Dudas, desconfianza e incluso celos pueden minar una amistad, un matrimonio y hasta la relación médico-paciente. Pero, ¿quién tiene la culpa? Siempre se suele mirar al sanitario como el responsable de mantener un trato adecuado y una buena comunicación con los enfermos. Sin embargo, pocas veces se suele pensar que esa es una labor de dos en la que el paciente también debe implicarse para que la ‘pareja’ siga funcionando.

Que este vínculo se mantenga firme es, en ocasiones, un trabajo arduo, también para el profesional. Y es que los pacientes son personas y, claro está, los hay de todos los tipos: altos, bajos, guapos, feos, hombres, mujeres, niños, niñas, listillos, sabiondos, majos, bordes, vergonzosos, mentirosos. “Yo no tengo ninguna preferencia, aunque supongo que ningún médico te dirá que la tiene”, asegura Emilio Casariego, médico internista y presidente de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), quien afirma que al final lo importante es adaptarse al perfil de cada uno. Y eso, a su juicio, sólo se consigue con dos elementos: empatía y confianza.

Para Casariego “no existe una tecla única para romper el hielo”.  No obstante, confiesa que parte de su trabajo está en ganarse esa confianza para llegar a entender qué les pasa a los pacientes. “Supongo que todo el mundo te dirá que si eres cercano y normal es más fácil, pero no hay forma de sistematizar eso”.

Emilio Casariego, presidente de la SEMI.

La Medicina Interna es uno de los campos donde esa confianza resulta especialmente clave, pero también más difícil de conseguir. Así lo pone de manifiesto el presidente de la SEMI, que apoya su teoría en el condicionamiento que ejerce el miedo: “Estoy seguro de que a un internista se le visita con más preocupación que a su médico de Atención Primaria, aunque solo sea porque a su médico lo han visto más veces y lo conocen; sólo el hecho de ir al hospital es más complicado”. Cuando un paciente tiene que ver a un internista “se debe a que tienen diagnósticos oscuros o muchas enfermedades”. En este tipo de personas sí hay un rasgo común: la ansiedad.

“El manejo de la incertidumbre genera mucha ansiedad, sobre todo cuando hay que tomar decisiones complejas o no hay una solución inmediata”, explica Casariego antes de confesar que es muy aficionado a las preguntas: “Me gusta que me las hagan porque es una manera de entablar una relación más profunda, además significa que se han podido relajar”. Cuando un paciente establece ese diálogo significa “que no está ofuscado recibiendo información callado”.

PERFIL DEL PACIENTE INDESEABLE

Hipocondriaco
Cuando el paciente acude en repetidas ocasiones a la consulta con el mismo problema, que resulta no ser nada. “Depende del día, pero hay momentos que tienes algo urgente y no puedes perder el tiempo y te irrita”, afirma el internista Casariego.

Ansioso
La ansiedad es mal enemigo para tratar a un paciente. Por eso, los médicos consultados coinciden en afirmar que gran parte del tiempo lo dedican a tranquilizarlos y hay darles toda la información posible para que se calmen.

Listillo
Los médicos llevan especialmente mal que vayan a consulta y el paciente diga ya saber qué es lo que tienen. ¡Cómo si seis años de carrera y cuatro de MIR pudieran sustituirse por una búsqueda en Google!

Enfadado
Es particularmente molesto tratar con pacientes que llegan a la consulta enfadados, aunque tengan sus razones. “A los padres les pedimos que tengan paciencia y que entiendan que las consultas están masificadas y atendemos en el orden que corresponde”, indica la pediatra Concepción Sánchez Pina.
“No sé qué nos pasa”

Aunque también es “especialista en manejar la incertidumbre”, a Antonio Fernández-Pro, médico de Atención Primaria y presidente de la Sociedad Española de Medicina General y de Familia (SEMG), lo que no le faltan son las preguntas. “Vas a tomarte un café al bar y te abordan para consultarte algo”, comenta.

Su caso es totalmente diferente al de Casariego, ya que él se mueve en la Primaria del ámbito rural. En concreto en Gálvez (Toledo), una población de poco más de 3.000 habitantes donde hay dos médicos de Atención Primaria: Fernández-Pro y otro. “Yo no tengo lista de espera porque mis pacientes no son solo pacientes; no puedo decirle a nadie que no le veo”. Su negativa a decir ‘no’ es una cuestión moral, pero también física: “No se lo puedo decir porque me esperan en la puerta”.

A pesar de todo, esta cercanía con los pacientes tiene más cosas buenas que malas. “Ahora tenemos pediatras, pero yo he llevado a críos que se han hecho mayores y ahora me traen a sus hijos: eso te hace empatizar sí o sí”. Igual que Casariergo, Fernández Pro indica que “no es posible elegir al paciente”. Por eso, señala que en el ámbito rural la continuidad con los pacientes se da de forma natural y “los pacientes se dejan llevar muy bien”. Incluso cuando el especialista les cambia el tratamiento “vienen a verme para que les dé el beneplácito porque, si no, no empiezan a tomarlo”.

Pero como en todas las relaciones humanas también surgen los problemas. En esos casos, Fernández-Pro se para, mira al paciente y le dice con sinceridad: “Mira, no sé qué nos pasa que no terminamos de alcanzar ese punto”. Pero, como suele ocurrir con las relaciones de pareja “al final sí se encuentra, siempre se consigue pactar con ellos”.

Dr. Google

Si hay un paciente que los médicos entrevistados coinciden en tildar de molesto ese es el sabelotodo. Un perfil que solía aparecer en la consulta en formato analógico, ahora se ha pasado al lado digital donde ha encontrado en Google a un fuerte aliado. “Mire lo que me pasa doctor” es una expresión que Fernández-Pro se ha encontrado varias veces en pacientes que le sueltan “100 folios sacados de internet”. Un caso particularmente irritante que le sucedió al presidente de la SEMG se produjo cuando le entró “un tipo que venía de ciudad” en la consulta con un libro de fibromialgia y le espetó: “Claro, doctor, usted no sabrá lo que es esto”.

Más allá de los listillos, el problema está en la ansiedad que la sobrecarga de información les genera. “Al creer que saben lo que tienen, hay que tranquilizarles y explicarles que una cosa es leer y otra muy distinta es interpretar”, dice antes de contar que se ha llegado a encontrar con personas que habían leído en internet que las ramas de olivo cocidas rebajan la tensión.

El presidente de la SEMG, Antonio Fernández-Pro.

También en Medicina Interna tienen que lidiar con la influencia negativa derivada de los avances en materia de comunicación. La estrategia es similar a la que se utiliza en Atención Primaria, según Casariego: “Hay que deshacer el ovillo y explicar que no es lo mismo información que conocimiento”. Al trabajo habitual hay que añadirle el de quitar la ansiedad por lo que ha leído: “Simplemente con ordenar lo que sabe ya tranquilizas al paciente”.

Todo el mundo miente

“También el médico miente”, reconoce Casariego ante la referencia al doctor House, un personaje famoso no precisamente por llevarse bien con los pacientes. El internista, el de verdad y no el de ficción, matiza: “Procuras no mentir, pero hay veces que no se puede decir toda la verdad o por lo menos se tiene que suavizar”. Compara esta estrategia con poner los cubiertos: “Ofrecer la información es como servir la mesa: tiene su arte y detalles que vas aprendiendo con el tiempo”.

El médico no es el único que miente en esta relación de pareja. También lo hacen, y mucho, los pacientes. Por eso, Casariego asegura que la confianza hay que ganársela: “Tratamos temas muy íntimos de las vidas personales y contárselos a un desconocido de buenas a primeras es difícil”. Casariego retoma la comparación con los médicos de familia: “Es normal que haya más cosas que le cuentan al médico de cabecera porque tienen buena confianza”. Por eso ganarse al paciente “requiere varias visitas y tiempo: nada se consigue en una visita inicial”.

Concepción Sánchez Pina, presidenta de la Aepap.

Las cosas también pueden complicarse cuando a la relación se suman terceras personas. No nos referimos a las suegras o a los cuñados, sino a los acompañantes. La vergüenza o el miedo a confesar algo secreto pueden convertirse una barrera para que el médico tenga toda la información. “Imagínate que en mitad de la consulta le pido a la pareja o a los padres de un paciente que se vayan, que tenemos que hablar en privado; al acabar la van a tener seguro”, explica Casariego.

Por eso, él busca estratagemas como esperar a que tengan que cambiar el tique del aparcamiento, pedirles que, si pueden, vayan a pedir cita para una futura consulta “y ya les esperamos nosotros aquí” o artimañas similares para encontrar un momento de verdadera intimidad.

Concepción Sánchez Pina, presidenta de la Asociación Española de Pediatría en Atención Primaria y pediatra en el barrio madrileño de Villaverde, tiene otra estrategia. Ella directamente pide a los padres que salgan un momento para quedarse a solas. “Tienen mucha confianza en los pediatras y saben que solo quieres lo mejor para sus hijos”.

Pero los acompañantes no sólo son molestos, también pueden ser aliados muy importantes para ayudar a curar al paciente, como explica Casariego: “No solo te cuentan cosas sustanciales, también ayudan manejar la situación cuando salen de la consulta”.

Al final, como en cualquier relación de pareja, la que se establece entre el médico y el paciente, también está rodeada por otras personas. Así que lo mejor es llevarse bien con todo el mundo. Ya saben, nadie dijo que fuera fácil, pero la clave siguen siendo dos palabras: confianza y empatía. 
LA GUÍA DEL PACIENTE PERFECTo
Aunque normalmente se pone el foco en el médico, hay algunas excepciones que centran su mirada en los pacientes y su responsabilidad en la práctica clínica. Es el caso del ‘Manual del Paciente’ que elaboraron Pfizer y el Defensor del Paciente de Madrid en 2008 y que recoge algunas recomendaciones para que el enfermo ayude a que la relación prospere. Aunque mucho ha cambiado en la sanidad en estos últimos ocho años, algunos consejos siguen siendo válidos. Entre ellos destacan los que tienen que ver con la comunicación de los síntomas y los problemas que se padecen. Hay que acabar con la premisa de que “todo el mundo miente” y establecer una buena comunicación desde el principio sobre todo lo que preocupa al paciente. En este sentido, la guía recomienda llevar apuntado de casa todos los problemas que se quieren comentar para que no se quede nada en el tintero, así como recomienda apuntar lo que dice el médico. También aconseja preguntar qué hace el médico, pero sin interrumpirle, por ejemplo, en las exploraciones físicas; siempre se puede preguntar al final. Por último, señala que implicarse en el diseño del tratamiento es una buena idea para conseguir que la terapia funcione mejor. Nada que no sea de sentido común.

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