La endocrina Fiorella Palmas cuestiona la claridad sobre azúcares, así como el enfoque de proteína y lácteos

Fiorella Palmas Candía, endocrina española que analiza la nueva dieta de Estados Unidos
Fiorella Palmas Candía, miembro del comité gestor del área de Nutrición de la Sociedad Española Endocrinología y Nutrición (SEEN).


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La nueva Guía Dietética de Estados Unidos vuelve a situar la evidencia científica en el centro de las recomendaciones alimentarias, con un enfoque más práctico, flexible y adaptado a las distintas etapas de la vida. En esta entrevista, Fiorella Palmas Candía, miembro del comité gestor del área de Nutrición de la Sociedad Española Endocrinología y Nutrición (SEEN), analiza los principales cambios del documento, sus aciertos y límites, y qué mensajes conviene trasladar a la consulta para mejorar la adherencia y combatir la desinformación. Además, repasa qué aprendizajes pueden extraerse para las políticas de salud pública y qué retos siguen pendientes para convertir las guías en hábitos reales en la población.

La nueva guía estadounidense recomienda lácteos enteros sin azúcares añadidos en lugar de productos desnatados o bajos en grasa. En España, donde conviven el consumo de leche y yogur con una oferta amplia de lácteos azucarados y postres, ¿cómo valora la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición este cambio y qué mensaje trasladaría a población general y a pacientes con obesidad, diabetes o dislipemia?

Desde la SEEN valoramos positivamente que se ponga el foco en un aspecto clave: distinguir el lácteo “real” del producto lácteo azucarado o ultraprocesado. En España convive un consumo habitual de leche y yogur con una oferta amplia de postres lácteos, yogures azucarados o “tipo postre”, que a menudo se perciben como saludables cuando en realidad aportan azúcares añadidos y calorías de baja calidad. En ese sentido, el mensaje “sin azúcares añadidos” es muy útil y debería ser el eje.

Dicho esto, recomendar lácteos enteros de forma generalizada requiere matices. En población general sana, los lácteos enteros pueden encajar dentro de un patrón mediterráneo equilibrado, siempre que las raciones sean moderadas y no desplacen alimentos protectores. Pero en pacientes con obesidad, diabetes o dislipemia, el consejo debe individualizarse: en muchos casos puede ser preferible optar por versiones naturales y no azucaradas, pero ajustando el contenido graso según el perfil lipídico, el control calórico y el riesgo cardiovascular.
El mensaje práctico que trasladaría sería: Priorizar yogur natural y leche sin azúcares añadidos (evitar “postres” y lácteos azucarados). Vigilar la ración y el contexto dietético global. En obesidad/diabetes/dislipemia, elegir la opción (entera o semidesnatada/desnatada) según objetivos: control de peso, perfil lipídico y tolerancia, evitando dogmas.

Estados Unidos introduce un objetivo cuantitativo de proteína en gramos por kilo de peso corporal y refuerza su papel en la pirámide. En el contexto español, donde el patrón mediterráneo ya incluye legumbres, pescado, huevos y carnes, ¿tiene sentido “numerizar” la recomendación para la población general? ¿En qué perfiles clínicos sería útil y en cuáles podría ser contraproducente?

Poner un objetivo cuantitativo de proteína en gramos por kilo de peso corporal es muy útil en entornos clínicos o cuando se necesita una orientación más concreta. Sin embargo, en la población general puede tener un efecto ambivalente: por un lado aporta información y estructura, pero por otro puede inducir a interpretaciones simplistas, como pensar que “cuanta más proteína, mejor”.

Es importante recordar que la proteína no se consume de forma aislada, sino dentro de alimentos completos. Aunque 30 gramos de proteína de pollo y 30 gramos de proteína de pescado sean equivalentes en cantidad, el alimento que acompaña a esa proteína no lo es. El pescado, por ejemplo, tiene un perfil claramente más favorable que otros tipos de carne por su contenido en grasas saludables y su impacto positivo sobre la salud cardiovascular.

Algo similar ocurre con las legumbres. Aunque tienen un perfil nutricional excelente, a día de hoy no podemos afirmar que 30 gramos de proteína vegetal sean equivalentes, en términos metabólicos, a 30 gramos de proteína animal. Además, es importante entender las diferencias prácticas: para alcanzar unos 25 gramos de proteína podemos consumir aproximadamente 100 gramos de pollo, mientras que con legumbres necesitaremos en torno a 200–250 gramos.

Por todo ello, cuantificar la proteína puede ser útil en determinados perfiles, como: Personas mayores o con riesgo de sarcopenia o fragilidad. Pacientes en procesos de pérdida de peso, para preservar masa muscular. Deportistas o personas con alta demanda funcional. Situaciones de convalecencia o enfermedad con riesgo de desnutrición.
Sin embargo, esta estrategia puede ser contraproducente en otros casos, como: Personas con tendencia a dietas hiperproteicas mal equilibradas, que desplazan alimentos ricos en fibra como legumbres y verduras. Pacientes con enfermedad renal crónica o con función renal comprometida, en los que el aporte proteico debe individualizarse. Personas con alto consumo de carnes procesadas, si el mensaje de “más proteína” se interpreta erróneamente como “más carne”.

La nueva pirámide incluye de forma explícita la carne roja como opción dentro del patrón recomendado. En España, con un consumo relevante de carne procesada y un peso cultural de la charcutería, ¿qué implicaciones tendría un mensaje así? ¿Qué límites y matices considera imprescindibles la SEEN (frecuencia, raciones, carne fresca frente a procesada) para no empeorar el riesgo cardiometabólico y oncológico?

En España, donde existe un consumo relevante de carne procesada y charcutería con fuerte componente cultural, introducir un mensaje que normalice la carne roja sin matices puede tener un efecto no deseado: que se interprete como una validación de productos que, por evidencia, deben limitarse.

Desde la SEEN el matiz es imprescindible: Diferenciar con claridad carne fresca vs carne procesada (embutidos, bacon, salchichas, fiambres): esta última debería ser ocasional o excepcional, por su asociación con mayor riesgo cardiometabólico y oncológico. En carne roja fresca, insistir en moderación y frecuencia baja. Poner el foco en la sustitución: priorizar legumbres, pescado, huevos y aves, y reservar la carne roja para ocasiones puntuales.
En resumen, adherirnos siempre en la medida de lo posible a las recomendaciones de la dieta mediterránea.

En azúcares añadidos, la guía pasa de un límite porcentual diario a afirmar que no se recomienda ninguna cantidad e incluso propone un tope por comida. Con hábitos españoles como bollería, bebidas azucaradas en adolescentes y productos “saludables” con azúcar oculto, ¿cree la SEEN que este enfoque es más eficaz para la educación sanitaria? ¿Cómo lo traduciría a consejos prácticos en consulta sin caer en mensajes inasumibles?

Como objetivo ideal y a intentar alcanzar es correcto, en la práctica, si no se traduce a recomendaciones realizables, puede percibirse como irreal o culpabilizante especialmente a nivel social, y a veces provocar reacciones del tipo “si no voy a llegar al objetivo para qué lo intento”.Como enfoque educativo, decir “no se recomienda ninguna cantidad” puede ser potente porque evita el falso mensaje de que “hay un margen seguro que se puede gastar a diario”.

En España, con consumo de bollería, bebidas azucaradas en adolescentes y “productos saludables” con azúcar oculto, puede ser más eficaz un mensaje doble: Objetivo ideal: cuanto menos, mejor. Objetivo práctico: reducir fuentes principales y frecuencia.

Consejos aplicables en consulta: Priorizar agua como bebida habitual; refrescos y bebidas azucaradas, solo ocasional. Cambiar “yogur saborizado/postre” por yogur natural y, si hace falta, añadir fruta. Identificar azúcares en alimentos “fitness” o “saludables” leyendo etiqueta. Regla simple: si un alimento “de diario” lleva azúcar añadido, buscar alternativa.

El documento estadounidense intensifica el foco en ultraprocesados y cita ingredientes concretos como colorantes, aromas artificiales, conservantes y edulcorantes no calóricos. En el mercado español, con un etiquetado muy heterogéneo y una gran presencia de “productos fitness” y “sin azúcar”, ¿este tipo de mensajes ayuda o confunde? ¿Qué criterio priorizaría la SEEN para guiar al paciente: grado de procesamiento, perfil nutricional o ambas cosas?

Se valora positivamente que el foco vuelva a los ultraprocesados, porque es un determinante real de salud pública. Pero enumerar ingredientes concretos puede generar confusión si la población interpreta que “lo malo son los aditivos”, cuando el problema suele ser el conjunto: alta palatabilidad, baja saciedad, densidad calórica, exceso de sal/azúcar/grasas y desplazamiento de alimentos frescos.

En el mercado español, con etiquetado heterogéneo y abundancia de productos “sin azúcar” o “fitness”, el criterio más útil es combinar: Grado de procesamiento (como filtro inicial: cuanto menos procesado, mejor). Perfil nutricional (para decidir dentro de lo procesado: azúcares añadidos, fibra, sal, grasas saturadas, tamaño de ración).
El Nutri-Score es una herramienta de etiquetado frontal usada en España que facilita comparar la calidad nutricional de los alimentos de forma visual y rápida. Aunque hay algunos puntos a mejorar en este etiquetado, no mide directamente el grado de procesamiento, puede ayudar a que los consumidores identifiquen productos con peor perfil nutricional (que a menudo coinciden con ultraprocesados).

Para guiar al paciente, la SEEN priorizaría una combinación de criterio: grado de procesamiento (evitar ultraprocesados), perfil nutricional general (favor de alimentos con mejor Nutri-Score= color verde o letra A), y contexto dietético global (cómo encaja ese alimento en el patrón de dieta).

La guía nueva endurece la recomendación contra carbohidratos refinados con ejemplos concretos y refuerza los integrales. En España, donde pan, arroz, pasta y patata forman parte de la dieta habitual, ¿cómo se puede aplicar este mensaje sin romper la adherencia al patrón mediterráneo? ¿Qué cambios realistas propondría la SEEN (por ejemplo, tipo de pan, raciones, frecuencia, combinaciones con legumbres y verduras) para mejorar control glucémico y salud cardiometabólica?

Debemos entender que las pirámides nutricionales se hacen en el contetxo de una población y los recursos de los que dispone dicha zona. Estos cambios reocmendados en la población de EEUU buscan una cambio urgente en los hábitos sus habitantes por la leevada incidencia de obesidad y enfermedades metabólicas y riesgo cardiovascular. Sin embargo, eso no quiere decir, que esas sean las reocmendaciones que debamos seguir en España. Es importante que seamos conscientes que no existe mejor patron dietético que el mediterráneo. Pero cuando nos alejamos de este patron este mensaje es compatible con la dieta mediterránea si se enfoca bien. El objetivo no es demonizar pan, arroz, pasta o patata, sino: Mejorar la calidad (integrales cuando sea posible). Ajustar ración y frecuencia según gasto, peso y control glucémico. Acompañar con fibra, proteína y grasa de calidad para amortiguar la respuesta glucémica.

Cambios realistas que propondría: Pan: priorizar pan integral real o de masa madre, y reducir pan blanco de consumo automático. Pasta/arroz: pasar a integrales varias veces por semana; si se usa blanco, reducir ración y aumentar verduras/legumbres. Patata: puede seguir, pero en ración moderada, mejor cocida/horno y acompañada de verduras y proteína. Así se mejora control glucémico y salud cardiometabólica sin romper la adherencia ni convertir la dieta en algo restrictivo e inasumible.
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