4 feb. 2015 23:35H
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Ismael Sánchez / Imagen: Miguel Fernández de Vega.
El paciente crónico es otra buena razón para transformar nuestro sistema sanitario, aunque a día de hoy es solo una prueba más de que el cambio cuesta una barbaridad. De tanto mirar a los episodios agudos, al Sistema Nacional de Salud (SNS) se le ha olvidado entender que el nuevo enfermo es otro muy diferente y que precisa de una estructura asistencial que no existe y que tampoco es la agregación de lo que hay. Así las cosas, la ocasión la vuelven a pintar calva para promover una reforma en toda regla. Por tener, hasta tenemos hoja de ruta: la Estrategia para el Abordaje de la Cronicidad en el SNS. Otro cantar es la posibilidad de llevarla a cabo. Y la voluntad.

Carlos Catalán, director médico de Ribera Salud.

Ahí están los aledaños del SNS. Quizá el sistema sociosanitario, esa nebulosa que vuelve cada cierto tiempo, como las cigüeñas o el ardor de estómago, bien pudiera ser la palanca que hiciera girar el sistema hacia lo crónico. Pero, de momento, lo que hay son datos desalentadores sobre la importancia de un fenómeno que no tiene respuesta específica. Porque ¿acaso tienen suficiente formación los médicos de atención primaria cuyas consultas se ven acaparadas en un 80 por ciento por los pacientes crónicos?  ¿Y las enfermeras? ¿Hay coordinación asistencial entre niveles? ¿Comparten los profesionales herramientas y propósitos en el seguimiento de un mismo caso? ¿Está el modelo, en definitiva, preparado? Solo formular estas preguntas da una idea pesarosa de su respuesta.

Y eso que disponemos de nuevas tecnologías. Y también de información, de mucha información que, tratándola, podría llevarnos, seguro, a una nueva dimensión asistencial. Pero el cambio cultural preciso aún no se ha producido. Y tanto el profesional como el paciente siguen anclados en el modelo conocido y reconocible, que nos conforma pero a la larga nos disgusta. Así que lo que se está insinuando es una ocasión histórica, como dice José Luis Llisterri, para homogeneizar una asistencia integral, que tome aspectos de todos los niveles disponibles, incluso de aquellos otros que no están ni siquiera esbozados.

El paciente dispondrá así de otra manera de relacionarse con el sistema. Ahí está el ejemplo de Ribera Salud, que procura desde hace tiempo abrir sus hospitales a la atención primaria y a otros servicios asistenciales. Para que se conozcan, para que interactúen y para servirse mutuamente, aunque la primaria lleva ya mucho tiempo sirviendo a la especializada, por lo que la tarea pendiente es hacerlo en el sentido contrario. No será entonces cuestión, como subraya Carlos Catalán, de disponer de más o menos camas que antes, sino de reordenar las que ya existen. Y dedicarlas convenientemente.

La formación continuada es una obligación y una exigencia en casi cualquier desempeño profesional, pero en la atención a los crónicos resulta un principio inexcusable. Y las nuevas tecnologías, que ya están, que no se insinúan en el futuro sino que están ahí, al alcance de la voluntad para tomarlas, aprenderlas y usarlas, pueden funcionar como un gran habilitador, en palabras de Belén Crespo, para posibilitar nuevas opciones asistenciales que hace no mucho eran impensables, y no solo para dar respuesta al paciente crónico.

Todo esto costará horrores cambiarlo, incluso hacer real la posibilidad de que ese nuevo sistema pueda funcionar mejor con la anticipación que con la respuesta. Porque para evitar la cronicidad primero hay que procurar evitar la enfermedad.
 
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