Expertos llaman a impulsar cambios estructurales en el SNS durante una jornada organizada por la OMC antes del 8M

La OMC debate sobre la salud mental de las médicas
Jornada sobre la salud mental de las médicas organizada por la OMC.


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Los datos de la demografía médica no dejan lugar a dudas: más del 70 por ciento de los nuevos profesionales del gremio y casi el 60 por ciento de los médicos en activo son mujeres. Pese a ello, los expertos coinciden en que las estructuras laborales y de poder del Sistema Nacional de Salud (SNS) siguen sin adaptarse a ese paradigma. Ello, sumado a la presión social ligada a los estándares de género tradicionales, conlleva una “carga emocional invisible” que tiene consecuencias directas en la salud y en la calidad asistencial. “Los entornos deben mejorar y las estructuras deben adaptarse a una profesión que tiene la responsabilidad de cuidarse para poder cuidar mejor”, ha resumido el presidente del Colegio Oficial de Médicos de Segovia, Enrique Guilabert, que ha inaugurado la jornada Salud mental de las médicas, retos, prevención y autocuidado, organizada por la Organización Médico Colegial (OMC) a las puertas del 8M.

Buena parte del problema del burnout que sufren las médicas tiene que ver con un conflicto identitario. El propio estallido del estrés es “tardío”, según ha indicado la psicóloga Pilar Martín, miembro del Consejo General de Psicología de España y decana del Colegio Oficial de Psicología de la Región de Murcia. El desgaste profesional es el fruto de un proceso lento que tiene que ver cuando “el ser médica” ocupa “demasiado espacio psicológico”. Se trata del riesgo de que la vocación se convierta en una “autoexigencia moral”, con la consiguiente presión de alcanzar continuamente la excelencia: “Ser fuerte y estar emocionalmente disponible, estable, todo al mismo tiempo”. Por eso cabe hacerse una pregunta: ¿dónde queda la persona cuando el rol lo invade todo?

El rol de médica coloniza la personalidad en tres fases


Según la experta, esa reducción de la identidad se basa en diversos constructos sociales y profesionales que se van asentando a lo largo de los años con tres “transiciones psicológicas fundamentales”. El inicio es la “normalización del sufrimiento” en la etapa de formación y de residencia MIR con el objetivo de demostrar la valía profesional. Tras ello comienza la etapa de madurez profesional, “la más vulnerable”, en la que se internaliza el techo de cristal y, además, el afán por sostener el yo-puedo-con-todo genera un agotamiento crónico.

El último paso conduce a las puertas de la jubilación, fase en la que el retiro profesional aparece en el horizonte como un peligro a la pérdida del ‘yo’ construido durante tanto tiempo. “Cuando la identidad ha estado fuertemente fusionada con el rol, con el hecho de ‘soy médica’ más que ‘ejerzo la Medicina’, la salida del sistema puede vivirse como una amenaza”, ha expuesto Martín.

En la etapa media, la sobrecarga de los roles asociados a la médica-mujer deriva, entre otros aspectos, en un conflicto trabajo-familia. Después de la jornada laboral comienza una “segunda jornada” de exigencia moral y relacional en casa, una “mochila invisible cargada de expectativas propias y ajenas que nadie ve, pero que la médica siente en cada paso de su carrera”. Ello conduce a una “fatiga decisional” que provoca ir siempre “en piloto automático” y que conduce a la “culpa crónica” al sentir que nunca se llega a todo, que no se alcanzan las exigencias autoimpuestas según lo que el mundo espera de una como mujer.

Se trata, según Martín, de “un conflicto íntimo” que la médica acaba proyectando sobre sus pacientes, pero que también le lleva a autocensurar sus propias aspiraciones, lo cual se traduce en el llamado “spillover psicológico”, un proceso “inconsciente” que, de acuerdo a la experta, hace que el estrés laboral se contagie a la vida personal y viceversa.

Los factores de riesgo son varios: desde la alta responsabilidad ligada a la baja autonomía, pasando por la “amenaza social” traducida en microagresiones, hasta las desigualdades laborales como los techos de cristal, la brecha salarial y la poca presencia en los puestos de decisión, lo cual “reduce la capacidad para influir en las políticas organizativas que podrían mejorar sus condiciones”.

El SNS y el deber pendiente de la feminización estructural


“La Medicina tiene rostro de mujer, pero sus estructuras siguen siendo, en gran medida, masculinas”, ha resaltado el psiquiatra Álvaro Cerame, presidente de la European Junior Doctors y miembro del Grupo de Expertos sobre Trabajo y Salud Mental del Ministerio de Sanidad. Según datos de la OMC, el 59,3 por ciento de los médicos en activo son mujeres, el estudiantado femenino de Medicina representa el 71 por ciento del total y, entre 2014 y 2024, el número de médicas colegiadas creció un 46,6 por ciento. Pese a ello, se da una paradoja: el 72 por ciento de las jefaturas de Servicio y el 64 por ciento de las jefaturas de Sección los ocupan hombres.

Para Cerame, está claro que los sistemas sanitarios y las estructuras de poder médicas no han evolucionado a la par que el modelo social, en el que, por ejemplo, la responsabilidad de cuidados asignada tradicionalmente a las mujeres ya está más repartida en el hogar: “Si las instituciones están diseñadas para un modelo de hombre que ya no existe, tenemos un problema”. Martín ha añadido otro hándicap al respecto: “Se suelen penalizar las consultas más largas y complejas, que son las que hacen las médicas”. Dicho de otro modo: “Las competencias que hacen excelentes a las médicas también las hacen más vulnerables frente al sistema”.

Las consecuencias en la salud de la "carga emocional" médica


El miedo a mostrarse vulnerable por el “mito” de que un médico “no enferma” es una de las principales barreras para pedir ayuda. Según Martín, la médica, por su identidad de “cuidadora”, tiene dificultades para reconocer que necesita “ser cuidada”. Las consecuencias de esa “carga emocional invisible” son tanto físicas como mentales: afectan al sistema inmunológico, al cardiovascular y al metabólico provocando hipertensión, envejecimiento celular acelerado. También desregula la función neuroendocrina, lo cual se asocia a un aumento de la vulnerabilidad frente a trastornos de estrés, ansiedad e incluso esquizofrenia. Es, en definitiva, un “desgaste acumulativo que afecta a la salud a nivel integral”.

Según datos de un estudio de 2025 elaborado por la oficina regional en Europa de la OMS con financiación de la Comisión Europea, la prevalencia de síntomas depresivos en las médicas se sitúa entre el 28 y el 32 por ciento, y la prevalencia de síntomas de ansiedad, en el 24 por ciento. Cerame ha agregado el factor de exposición a “violencia y sufrimiento”, que es “más elevado en mujeres”.

El mismo estudio reflejó una de cada tres mujeres sufrió acoso, amenazas o agresiones verbales en el ámbito laboral, el 10 por ciento experimentó episodios de violencia física o sexual y una de cada diez reportó pensamientos de muerte en las semanas previas a la encuesta. Otro dato relevante tiene que ver precisamente con el suicidio: el riesgo por fallecer por esta causa es el doble en las médicas respecto a los médicos, cuando el patrón en la población general es el inverso. “El riesgo no es anecdótico, es estructural. Por ende, es una labor de todos poder abordarlo”, ha concluido Cerame.

La solución: desde la resiliencia hasta el cambio estructural


Martín ha expuesto su decálogo para una práctica profesional “sostenible” entre las médicas: reconocer los límites, alternar la carga emocional, buscar supervisión y redes de apoyo, establecer límites claros aprendiendo a decir que no, programar el tiempo no productivo, cultivar identidades fuera de la Medicina, mantener “estímulos reguladores”, detectar señales tempranas de cinismo, exigir cambios estructurales y, por último, cuidarse para poder cuidar.

Cerame, por su parte, ha llamado a pasar “del diagnóstico a la acción”, lo cual pasa por “nombrar el problema sin eufemismos en el ámbito institucional”, por diseñar condiciones laborales que promuevan la “equidad real” y equiparen el sistema a la realidad demográfica de presente y futuro, y por crear recursos de apoyo psicológico “accesibles, confidenciales y libres de estigma profesional”. “La resiliencia no puede ser la única respuesta a un problema estructural”, ha sentenciado el experto, para quien la “responsabilidad individual” a la hora de denunciar casos de abusos o desigualdad en el entorno laboral es tanto o más importante como la institucional.
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