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"La recaída en esquizofrenia cuesta mucho más que su tratamiento"

Julián Carretero, enfermero de Salud Mental

Julián Carretero, enfermero de Salud Mental.
"La recaída en esquizofrenia cuesta mucho más que su tratamiento"
Viernes, 15 de julio de 2016, a las 10:50
La recaída en la esquizofrenia, que se previene en parte por medio de un adecuado cuidado enfermero, cuesta mucho más dinero al sistema sanitario que su tratamiento con fármacos, según ha recalcado a Redacción Médica el enfermero especializado en Salud Mental Julián Carretero.

Para ser precisos, los costes de las recaídas, definidas como hospitalizaciones, suponen un 38,5 por ciento de la totalidad del gasto atribuible a la enfermedad, muy por encima de los derivados de los medicamentos prescritos para tratarla, de acuerdo con las cifras aportadas por este profesional.

En este contexto, el papel del enfermero a lo largo de toda la vida del paciente se revela fundamental para reducir los episodios críticos, ante todo porque su incidencia empeora el pronóstico del trastorno.

“Las personas diagnosticadas de esquizofrenia sufren recaídas durante su proceso acompañadas de consecuencias clínicas y socioeconómicas relevantes; se ha estimado que dos tercios de los pacientes padece una recaída, y, en estos casos, uno de cada seis no remite”, ratifica.

El cuidado enfermero de la patología camina de la mano del que proporciona el resto de profesionales como psicólogos, trabajadores sociales, auxiliares o médicos, pero los enfermeros ponen el acento en el bienestar in situ del paciente sin solución de continuidad: “Intervenimos antes, durante y después de las crisis conforme a lo recogido en la clasificación de la NIC (Nursing Interventions Classification)”, subraya Carretero, quien especifica qué deben hacer estos profesionales en cada una de esas tres etapas.

Entre otras acciones, antes del episodio se prioriza entrenar la autoestima y la asertividad del enfermo, el control de sus impulsos y de su estado de ánimo, la mejora de la autoconfianza y el refuerzo de la autoestima, aclara este profesional de la Asociación Nacional de Enfermería en Salud Mental (Anesm).

En cambio, durante la crisis, los estándares estipulados por la guía aludida (que en todo caso se adaptan a la realidad de cada persona) se centran en la contención farmacológica y la disminución de la ansiedad con métodos de relajación muscular progresiva, entre otros.

Después del episodio, se trata de mejorar la capacidad del enfermo para afrontar lo que le sucede con especial énfasis en modular su conducta y fomentar, por ejemplo, sus relaciones sociales.

Por último, a lo largo de toda la crisis (sin dividirlas por fases, es decir, entendida como un procesos continuado), se procura en todo momento apoyo emocional, se le escucha, se fijan objetivos comunes y se está simplemente con él con atención o presencia.

Adherencia a algo más que los medicamentos

Por supuesto, “el papel de la Enfermería de Salud Mental resulta vital para fomentar la adherencia terapéutica, entendida ésta no solamente como el seguimiento de la terapia con fármacos, sino también del resto de hábitos de vida saludables y cuidados de la vida diaria”, ha incidido Carretero.

Además, su trabajo resulta de vital importancia para la detección precoz de los síntomas de la enfermedad, “tanto positiva como negativa”, es decir, para diferenciar si la padece o no, y, en definitiva, conocer a qué se enfrenta.

Un aspecto que no es baladí si se repara en las explicaciones del médico-psiquiatra del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid David Fraguas.

“Desde un punto de vista general, suele haber incumplimiento terapéutico en la toma de medicamentos en esta clase de pacientes”, confirma.

Preguntado por la razón a la que atribuye, desde su experiencia clínica, ese fallo en la adherencia a los fármacos si éstos controlan de manera más que razonable la patología en muchos de los casos, Fraguas lo atribuye a que, a veces, el enfermo no reconoce lo que le sucede (y, al no hacerlo, no contempla que requiera de tratamiento alguno); otras se deja llevar por el pesimismo en el sentido de que, pese a la mejoría que experimenta, entiende que no se revierte la enfermedad; y, por último, no tolera o no lleva bien algunos de los efectos secundarios inherentes a la toma de todos los medicamentos.