Cuando un equipo gestor está próximo a finalizar su mandato, un ejercicio adecuado para valorar su actuación es echar cuenta de lo logrado durante su mandato y sobre todo de lo que por una u otra razón ha quedado en el camino, las tareas pendientes.

El actual equipo ministerial vino precedido de una expectación mayoritariamente positiva el menos en el sector sanitario teniendo en cuenta el pedigree sanitario de la ministra y el secretario de estado. En estas mismas páginas escribía hace dos años y medio:

“Hay ahora una ministra, médico hospitalario de profesión, que tiene como segundo a un médico de atención primaria, ambos con un periodo significativo de ejercicio en contacto con la realidad del día a día, lo que sin duda es muy positivo (no recuerdo nada similar en el pasado) porque a diferencia de la mayoría de sus antecesores, nadie tiene que explicarles cómo funciona el sistema ni intentar convencerles de sus siempre eternas reivindicaciones: estarán a favor o en contra según su experiencia personal y lo que vayan aprendiendo. Eso ya es un signo de consideración al sector que merece ser apreciado”.

Lamentablemente, las expectativas se quedaron ahí y nunca se vieron refrendadas por la realidad. No ha habido prueba de cierta enjundia en su gestión que fuera superada con éxito y en cambio ha conseguido enemistarse y ponerse enfrente a prácticamente todo el sector sanitario, sin que fuera de él haya habido nada relevante que pudiera haberles hecho ser valorados positivamente. Todo el mandato de la ministra ha estado marcado por su actividad política centrada en ser oposición y futura candidata a la Comunidad de Madrid, dejando los problemas sanitarios (estos si, de todo el país), en muy segundo plano.

Balance legislativo de Mónica García


Desde el punto de vista legislativo, el balance ha sido pobre: muchos anuncios y pocas leyes relevantes aprobadas, en buena medida por la debilidad parlamentaria del Gobierno. Su principal logro, la aprobación de la Ley 7/2025, de 28 de julio, por la que se crea la Agencia Estatal de Salud Pública (AESAP), es también la muestra de uno de sus fracasos más evidentes: la agencia, prevista ya en 2011 y reclamada con insistencia desde 2020 tras la pandemia de Covid-19 y la Comisión de Reconstrucción Social y Económica del Congreso, sigue sin hacerse realidad por más ministros que vayan pasando. Por ahora no pasa de cuatro páginas en el BOE: no tiene sede, responsables ni presupuesto. La única decisión conocida es que no se instalará en Madrid, pese a que buena parte de los organismos que debería integrar, se encuentran en el Instituto de Salud Carlos III y tendrían que ser absorbidos por la AESAP si algún día llega a ponerse en marcha. Como referencia, Canadá creó un organismo similar en menos de un año y el Reino Unido levantó el suyo en quince meses. España lleva quince años desde que lo anunció en el BOE. No está mal la marca, de la que es responsable en el tiempo mucha gente, pero a la que el actual equipo ha contribuido en la medida de sus posibilidades.


"Con singular ahínco (Mónica García) ha logrado enfrentarse a todos los consejeros de sanidad a los que debería liderar, por diversos temas, a veces incluso a los de su propio gobierno, sin lograr nunca el más mínimo consenso y esta es la mayor prueba de su incompetencia para el puesto que ocupa".



Por descontado que todos los problemas crónicos siguen ahí sin que nadie les ponga solución. Ni la falta de profesionales o su huida al extranjero o a la privada, ni las listas de espera en continuo aumento, ni el burn out o el hastío generalizado de médicos, enfermeras y demás personal sanitario, y tantas cosas más. La cantinela habitual de la ministra es que “son cosas de las comunidades que son las que tienen las competencias”, con lo que la primera cuestionadora de la existencia misma del ministerio resulta ser la propia ministra que jamás ha entendido o no le ha interesado el papel coordinador del organismo que preside y debería coordinar. Con singular ahínco ha logrado enfrentarse a todos los consejeros de sanidad a los que debería liderar, por diversos temas, a veces incluso a los de su propio gobierno, sin lograr nunca el más mínimo consenso y esta es la mayor prueba de su incompetencia para el puesto que ocupa, cuyo principal cometido, dada sus competencias, debería ser buscar el acuerdo necesario para llevar a cabo las políticas sanitarias.

Frontal rechazo de médicos y CCAA


Pero donde sin duda el equipo ministerial está decidido a dar el do de pecho es en el tema del Estatuto Marco. Desde el minuto cero consideró que bastaba con el aval de los llamados sindicatos de clase, siempre dispuestos a aplaudir lo que diga este gobierno, a quien tanto deben. Con ello ha conseguido la repulsa unánime de todos los médicos, sin barreras autonómicas, con la huelga más prolongada del sistema nacional de salud y que amenaza con intensificarse a la vuelta del verano, sin que otros colectivos sanitarios como las enfermeras se muestren tampoco muy felices. Al mismo tiempo, las comunidades que son quienes tienen que gestionar el desastre han mostrado su frontal rechazo a como se están llevando las cosas y han exigido sin éxito a la ministra que se implique de verdad en el conflicto.

Para ser justos, hay que reconocer a la ministra haber logrado una insólita unanimidad, aunque sea en contra y quizás solo quepa hacerle notar que en medio de todo este putiferio, ni siquiera ha tenido un ratito para hablar cara a cara con los legítimos representantes de los médicos.

En fin, no parece que a la actual legislatura, entre imputados y elecciones autonómicas, le quede mucho tiempo y desde luego si nos referimos a la capacidad de aprobar leyes, mucho menos, así es que las notas finales del ministerio, con todas estas tareas pendientes son necesariamente de suspenso rotundo. Todavía hay esperanza: vengan los que vengan, es muy difícil que lo hagan peor.