21 de septiembre de 2017 | Actualizado: Miércoles a las 21:30
Opinión > FIRMAS

El país con mayor número de pseudouniversidades por km2

Por Heraclio Martínez, catedrático de Ginecología y Obstetricia de la Universidad de Zaragoza y Premio Antonio Gimbernat a la Excelencia
Viernes, 06 de diciembre de 2013, a las 19:33

Para mí, obtener el Premio Antonio Gimbernat del Hospital Clínico San Carlos, de Madrid,  ha sido una gran sorpresa, acompañada de una notable satisfacción. Tras cuarenta años de ausencia todavía se me recuerda. Será debido a que entre el profesorado de San Carlos aún cuento con grandes amigos y excelentes compañeros, que recuerdan la intensidad de mi dedicación. Por eso mi deuda de gratitud con el hospital madrileño, es todavía mayor.

La concesión del premio me ha permitido recordar todo mi peregrinaje por la ginecología.

Todo comenzó en 1954, como alumno interno de la Maternidad Provincial de Madrid, en el servicio que dirigía el profesor Botella Llusiá, quien encomendó mi formación al profesor González Merlo, junto al cual realicé mis primeras exploraciones e intervenciones.

En 1957 pase a médico de guardia. En 1960, y a instancias del profesor Botella, obtuve la beca del Gobierno francés para perfeccionarme junto al los profesores Bret, De Brux y Funck-Brentano. A comienzos de 1962 realicé una breve estancia junto al profesor Rungue en Heidelberg.

De regreso a España, en septiembre de 1962, y por indicación del profesor Botella, me trasladé al viejo San Carlos, donde inicié mi aprendizaje y mi amistad con otro gran maestro, Francisco Nogales. Esa amistad, respeto, gratitud y veneración son imperecederas.

En 1965 tuvo lugar el traslado provisional al nuevo San Carlos. Por entonces se vivieron en España las consecuencias del mayo francés del 68, y mi maestro, José Botella, fue nombrado rector de la Universidad Complutense, en una época conflictiva, que le dificultaba su actividad docente. Estos hechos determinaron que un servidor se iniciase como profesor adjunto y poco más tarde como profesor agregado, intentando suplir en la medida de lo posible las ausencias del maestro.

1973 supuso para mí la aparición de sentimientos contradictorios. Por una parte, la culminación de la carrera docente al obtener la cátedra de Zaragoza. Por otro, abandonar San Carlos, donde, durante algo más de una década (1962-73), se me había brindado toda clase de facilidades desde el punto de vista asistencial, docente e investigador. A partir de ese momento, y durante 31 años, regenté la catedra aragonesa hasta mi jubilación.

Me preguntan por mi opinión sobre la evolución de la ginecología. Creo que hay que considerar dos facetas esenciales:
• La implantación del sistema MIR ha supuesto que, al igual que en otras especialidades, se puedan obtener especialistas clínicos con una formación asistencial como no se había logrado con anterioridad.

• Desde el punto de vista universitario, soy notablemente pesimista. La cesión demanial de los hospitales clínicos, junto con los nuevos sistemas de reclutamiento del profesorado, han tenido como consecuencia una endogamia de aldea y la entrega de los hospitales clínicos a entidades que, salvo raras excepciones, ni por fines ni métodos tienen que ver con los universitarios.

• Hoy en día se define al profesorado propiamente dicho como permanente, lo que tanto en titulares como en catedráticos, supone un error considerable, ya que nadie debiera ser permanente, sino ser evaluado periódicamente con criterios serios exentos de toda demagogia.

• Agreguen ustedes el brutal deterioro de la enseñanza primaria y secundaria y comprenderán las dificultades existentes para lograr eficacia educativa en cualquier nivel.

Yo he tenido el privilegio de disfrutar durante la licenciatura, y posteriormente, de grandes maestros, los profesores Botella Llusiá, González Merlo, Francisco Nogales, Lora Tamayo, Orts Llorca, Casas Sánchez, Gay Prieto, Enríquez de Salamanca, Laín Entralgo y Gregorio Marañón. Su recuerdo me hace sentir un auténtico pigmeo.

Estas breves reflexiones me hacen recordar a aquel gran pedagogo, el profesor José Castillejo, cuando afirmó: “No es problema hacer empresas, sino empresarios, ni hacer escuelas, sino maestros, ni hacer universidades, sino científicos y docentes”.

Ignorar tan certero diagnóstico ha provocado que la vieja piel de toro se haya convertido en el país con mayor densidad de pseudouniversidades por Km2