Amando Martín Zurro y Andreu Segura Benedicto

Amando Martín Zurro y Andreu Segura Benedicto

Opinión

Vivienda, urbanismo y salud pública

Amando Martín Zurro es especialista en Medicina Familiar y Comunitaria; y Andreu Segura Benedicto, epidemiólogo y especialista en Medicina Preventiva y Salud

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El desahucio de la señora Abascal ha reavivado el interés sobre la transcendencia social y sanitaria de la vivienda, aunque lamentablemente los desahucios sean habituales en nuestro país. Una importancia fundamental en la evolución cultural de la especie humana, cuya historia comienza en la búsqueda de un espacio para refugiarse de las inclemencias y que, cuando el nomadismo fue dando paso al sedentarismo, se ha ido desarrollando, hasta llegar al urbanismo actual.

En cualquier caso, las características de los espacios urbanos donde convivían y conviven los humanos tienen mucho que ver con nuestra salud personal y también con la salud pública, como nos recordaba hace unos días en estas páginas el epidemiólogo especialista en medicina preventiva y salud pública Pedro Gullón, actualmente responsable de la Dirección General del Ministerio de Sanidad.

Aspecto éste de la salubridad del que hasta hace solo unos años conformaba parte del desempeño de los denominados médicos titulares de la asistencia pública domiciliaria (APD), los encargados de cumplimentar las cédulas de habitabilidad imprescindibles para que se pudiera ocupar una vivienda, entre otros espacios habitables.

Las cédulas de habitabilidad eran –y en buena parte de las autonomías todavía lo son—el documento acreditativo de que una vivienda reúne las condiciones de salubridad imprescindibles para ser considerada aceptable morada. Claro que, en su caso, deben ser cumplimentadas por profesionales de la arquitectura, los cuales son considerados competentes legales para acreditar si el habitáculo reúne las condiciones exigibles por la ley.

Una razonable actualización de las competencias de protección de la salud, el ámbito y la complejidad de las cuales desborda las habilidades exigibles a los profesionales de la asistencia sanitaria, si bien no parece superfluo que sanitarios y urbanistas, compartieran sus conocimientos y experiencias, dada la influencia sobre la salud de vivienda y urbanismo. La posibilidad de acceso y disfrute de una vivienda adecuada es uno de los principales determinantes colectivos de la salud en cualquier tiempo y circunstancia.

En la comunidad de Madrid se suprimió la cédula de habitabilidad mediante Decreto 111/2018, de 26 de junio, ya que el gobierno regional consideró que los requisitos de habitabilidad e higiene quedaban plenamente comprobados por los ayuntamientos a través de otras licencias urbanísticas, haciendo innecesario este histórico documento.

El mencionado artículo del Dr. Gullón aludía también – basándose en publicaciones de la OMS-- a que las malas condiciones residenciales terminan convirtiéndose en desigualdades –inequidades-- en salud y remarcaba la influencia de la incertidumbre a la hora de poder continuar disfrutando de una vivienda sobre la salud mental, aspectos todos ellos que también han sido analizados en el curso “Vivienda, desigualdades y salud” dirigido por la Dra Carme Borrell que se acaba de celebrar en la vigente edición de la escuela de verano de salud pública de Menorca (1).

Planteamientos ambos que recalcan la dimensión salubrista -- de salud pública y comunitaria—tanto de la vivienda en particular, incluida su mera disponibilidad y seguridad -- como del urbanismo, cuya relación con la salud pública se retrotrae a los orígenes de ambas entidades, puesto que la viabilidad de las ciudades requiere indispensablemente del abastecimiento de agua, una mínima evacuación de residuos, almacenamiento y conservación de víveres y la inhumación de los cadáveres de los fallecidos, características todas ellas propias del saneamiento, esencial para la protección colectiva de la salud y supervivencia comunitarias, uno de los núcleos de la salud pública.

Una relación que el reciente sesquicentenario de la muerte de Ildefonso Cerdá permite, si cabe, acentuar, porque el Ministerio de Fomento le encargó en 1855 levantar el plano topográfico del Llano de Barcelona, la extensa zona sin urbanizar por razones militares que rodeaba la ciudad medieval. Misión justificada, entre otras razones, por su sensibilidad higienista, que le llevó a elaborar un profundo análisis estadístico sobre la mortalidad y la esperanza de vida asociada a las condiciones de vida, aspectos sociales y económicos de la población, que publicó en 1856 bajo el título de “Monografía estadística de la clase obrera” que no desmerece las obras contemporáneas de Chadwick y de Engels (2).

La anchura de las calles –de 20 metros – para mejorar la ventilación, ya que se pensaba entonces que los miasmas (emanaciones putrefactas) eran causa de las epidemias – las manzanas de casas dispuestas en una red ortogonal perfecta y orientadas para garantizar luz solar directa en las viviendas; que solo ocupaban dos de los lados de la cuadrícula de modo que el interior fuera ajardinado, etc. Aunque Cerdà también tuvo en cuenta la necesidad de evacuar los residuos a través del sistema de alcantarillado correspondiente —del que la ciudad antigua carecía, salvo el solar de Barkino—, no logró desarrollarlo adecuadamente y pasaron varios años antes de que otro ingeniero, García Faria, diseñara un proyecto resolutivo al respecto, de nuevo tras un exhaustivo estudio de la mortalidad de la ciudad.

Iniciativas que ilustran la relación entre el urbanismo y la salud pública que, desde luego merece el desarrollo de políticas públicas saludables como propugna la iniciativa Salud –que no sanidad—en todas las políticas. Sin olvidar que Cerdá murió arruinado en Santander –el gobierno le quedó a deber buena parte de su trabajo y la burguesía catalana lo despreciaba—y García Faria, jefe de saneamiento del Ayuntamiento fue expulsado del consistorio, según parece como represalia por no aceptar un soborno.

En nuestro país, los problemas relacionados con la vivienda y el urbanismo y sus repercusiones sobre la salud personal y colectiva no han merecido suficiente atención, con independencia del signo político de los diferentes gobiernos, lo que supone la práctica ausencia de verdaderas políticas de bienestar, salud y calidad de vida. Sin una priorización adecuada de los determinantes colectivos de la salud mediante estrategias intersectoriales, será imposible dar respuesta de forma efectiva y eficiente a las necesidades sociales en el ámbito del bienestar y la calidad de vida.

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(1) Desde el grupo de vivienda y salud de la Agencia de Salud Pública de Barcelona—que ha editado valiosos documentos al respecto-- se promovió hace ya unos años el documento de consenso sobre los criterios generales para un urbanismo saludable asequible en https://www.aspb.cat/documents/criteris-generals-per-un-habitatge-i-urbanismes-saludables- document-de-consens/

(2) El “Report on Sanitari Condition of the Labouring Population of Great Britain” fue un informe de Edwin Chadwick publicado en 1842 que destacaba la relación directa entre la pobreza, el hacinamiento y la propagación de enfermedades como el cólera i el tifus que propició la promulgación de la primera ley de Salud Pública en 1848. “Die Lage der Arbeitenden Klasse in England” de Friederich Engels publicado en 1845, fue traduciddo al inglés por Florence Kelley el 1885 como “The Condition of the Working Class in England”. Una de las obras básicas del marxismo.