Amando Martín Zurro y Andreu Segura Benedicto
Desmedicalización y deprescripción
Amando Martín Zurro es especialista en Medicina Familiar y Comunitaria; y Andreu Segura Benedicto, epidemiólogo y especialista en Medicina Preventiva y Salud
Estos dos vocablos, de pronunciación algo enrevesada y que al coincidir en una misma frase como el título de este texto pueden ilustrar alguna polémica lingüística[1], aparecen cada vez con mayor frecuencia en muchos ámbitos, incluidas las revistas científicas y los diarios profesionales, lo que, cuando menos, refleja la importancia que los conceptos que significan estas palabras han ido adquiriendo últimamente, sobre todo en el campo de la asistencia sanitaria.
La confluencia de distintos factores de variada naturaleza, como el envejecimiento demográfico, la frecuencia de comorbilidades particularmente crónicas, la hegemonía de la cultura consumista, incluidos los servicios sanitarios, la intolerancia al disconfort y hasta la percepción de que la sociedad debe satisfacer inexorablemente un eventual derecho a la salud, entendida como un estado de completo bienestar, lo que supone que el control y la responsabilidad en el cuidado de la propia salud corresponden a la sanidad, está en el origen de la medicalización inapropiada y excesiva de los problemas que inciden negativamente sobre la autopercepción de nuestra calidad de vida y el recurso subsiguiente a la medicamentalización, mediante la demanda más o menos directa de una poliprescripción persistente.
A tales actores se les pueden sumar otros como los derivados de la orientación predominante de los sistemas sanitarios de los países desarrollados en la que predomina la fragmentación terapéutica de los problemas de salud entre distintos especialistas, a lo que hay que añadir las presiones de la propia industria farmacéutica sobre pacientes y prescriptores.
La resultante final es que nos encontramos ante un número cada vez mayor de personas, sobre todo en los grupos de edad más avanzada, cuya vida cotidiana está ligada excesivamente al sistema sanitario a través de visitas médicas, controles tecnológicos y analíticos y múltiples prescripciones farmacológicas. Esta medicalización vital y fragmentación asistencial, además de incrementar la carga de trabajo de los centros y consultas, generan un riesgo cada vez mayor de padecer problemas derivados de las propias actuaciones sanitarias y favorecen el crecimiento progresivo de la lista de medicamentos consumidos por cada persona de forma habitual.
Medicalización excesiva y polimedicación son dos problemas cada vez más relevantes de nuestros sistemas sanitarios que están ya generando una preocupación notable en distintos ámbitos clínicos, de salud pública y gestión, traducida en la necesidad de diseñar estrategias de desmedicalización y deprescripción efectivas.
Llegados a este punto nos planteamos cuales pueden ser las actuaciones a poner en marcha y, al hacerlo, nos sentimos desbordados por la enorme complejidad de un problema en el que los protagonistas relevantes son múltiples, entre ellos los políticos sanitarios, gestores, profesionales clínicos, industria farmacéutica, medios de comunicación social y los propios pacientes.
Una intrincada complicación que dificulta no solo el diseño sino incluso la concepción de una estrategia de prevención y control realmente efectiva, puesto que debería operar en el conjunto de las interrelaciones entre los distintos agentes y, como es obvio, no limitarse a la interacción entre prescriptores y pacientes.
En cualquier caso, la importancia y las consecuencias de todo tipo que generan estos problemas exigen una atención prioritaria por parte de los responsables sanitarios que cambie radicalmente la pasividad demostrada hasta hoy. En primer lugar, habría que disponer de indicadores idóneos para evaluar el grado de medicalización excesiva y polifarmacia presente en los distintos centros y servicios del sistema para posteriormente implementar intervenciones correctoras en las que quizás deberían incluirse incentivos para los centros, servicios y profesionales que logren cumplir con los objetivos señalados. Todo ello sin olvidar la necesidad de operativizar los enfoques multisectoriales de acción señalados antes.
Desmedicalizar y deprescribir son propósitos que deberían adquirir un protagonismo todavía mucho mayor que el actual en las prioridades del sistema sanitario. Sus repercusiones sobre la calidad del funcionamiento del sistema asistencial y hasta de la viabilidad misma de nuestra sanidad lo justifican y, lo que aún es más importante, sobre la propia salud de la ciudadanía, así lo exigen.
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[1] Véase el artículo de José Antonio Díaz Rojo “El prefijo des. Nociones de neología” que explica la predilección de los médicos por la forma deprescripción, un, al menos aparente anglicismo, aun cuando tal vez sea solo un matiz semántico. (https://www.tremedica.org/wp-content/uploads/n6_Neologia.pdf)