Eduardo López-Collazo.
Hace unos días, durante un café –té en mi caso—, alguien preguntó por qué los japoneses viven tantos años. Las respuestas llegaron con seguridad: comen pescado, caminan mucho, tienen buenos hospitales, obedecen al médico.
¡Faltó atribuirlo a la caligrafía!
La pregunta parecía sencilla. Pero para preguntarla desde la ciencia habría que reformularla. De hecho, no deberíamos preguntar qué hace un país para vivir más, porque cada sociedad prolonga su vida derrotando a un enemigo diferente.
La esperanza de vida tampoco es una profecía personal. Que un país alcance los 80 años no reserva a cada recién nacido ochenta velas. Es una medida calculada con las tasas de mortalidad de cada edad.
En realidad, resume cómo protege una sociedad a quienes nacen, trabajan, envejecen y enferman. Por eso parece un número limpio, mas contiene una biografía colectiva llena de cicatrices.
El pasado 22 de julio, la revista Nature publicó el estudio Mapping drivers of life expectancy change in Asia from 1990 to 2023, elaborado por los colaboradores del Global Burden of Disease 2023. En el artículo se analizan 34 países y territorios asiáticos, donde vive cerca del 60% de la población mundial, y descompone los cambios por edad, causa de muerte y factores de riesgo.
He de reconocer que el primer resultado invita al optimismo.
Entre 1990 y 2023, la esperanza de vida aumentó en todos los territorios. En el sur de Asia pasó de 58,6 a 71,2 años. En los países ricos del Asia-Pacífico subió de 77,5 a 84,1. El avance anual fue mayor donde quedaba más mortalidad evitable y menor donde ya se partía de cifras elevadas.
Hasta aquí celebraríamos una marcha conjunta hacia la longevidad. La sorpresa aparece al preguntar qué muertes dejaron de ocurrir.
En Asia central, Asia oriental y los países más ricos del Pacífico, buena parte de los años ganados procede del descenso de la mortalidad cardiovascular. Allí cuentan el control de la hipertensión, la prevención del ictus, el tratamiento del infarto y una asistencia capaz de llegar antes de que el corazón o el cerebro cierren la conversación.
En el sur y el sudeste asiáticos pesaron más la reducción de las enfermedades diarreicas y de la tuberculosis. Detrás de esos años añadidos hay agua segura, saneamiento, nutrición, vacunas, diagnóstico temprano y antibióticos accesibles.
Es decir, una tubería bien instalada puede prolongar tantas vidas como una unidad coronaria. Tiene menos épica y ningún robot para la fotografía, aunque entiende muy bien de supervivencia.
Esta comparación desmonta una idea extendida: que el progreso sanitario consiste en copiar al país que encabeza la clasificación. Japón puede necesitar afinar la prevención cardiovascular o el cuidado de una población muy envejecida. Otra nación obtiene un beneficio mayor garantizando que un niño no muera por una infección intestinal tratable.
Si el daño es distinto, la respuesta también debe serlo; ergo, aplicar idéntica receta a todos puede ser una forma elegante de desperdiciar recursos.
Quiero remarcar que el estudio no divide el continente en dos mundos inmóviles. Los países cambian de adversario. Cuando retroceden las infecciones y cae la mortalidad infantil, aparecen la diabetes, el cáncer, la enfermedad renal y las dolencias cardiovasculares. Es la transición epidemiológica: se resuelven urgencias y emergen enfermedades ligadas a la edad, la urbanización y los hábitos de vida.
Los cinco grandes factores de riesgo encontrados en todas las regiones lo muestran con claridad: presión arterial sistólica elevada, contaminación del aire, alimentación inadecuada, tabaco y glucosa alta en sangre.
Su importancia relativa varía, y algunos mejoran mientras otros ganan terreno. El desarrollo económico puede traer hospitales y vacunas, junto a bebidas azucaradas, sedentarismo y alimentos ultraprocesados. El progreso también sabe presentar facturas.
Ahora bien, la pandemia recordó que lo conquistado no queda asegurado.
Entre 2019 y 2023 varias regiones retrocedieron y, durante el primer año de la covid-19, la pérdida se acercó a dos años de esperanza de vida. Japón y Singapur recuperaron antes el terreno, señal de la importancia de disponer de sistemas sanitarios resistentes, vigilancia epidemiológica y capacidad de respuesta.
La conclusión está clara: décadas de avance pueden tambalearse en meses.
De cualquier manera, conviene leer el trabajo con cautela. Los autores utilizan estimaciones del Global Burden of Disease basadas en registros, encuestas y modelos. Allí donde los certificados de defunción o los sistemas de información son incompletos, aumenta la incertidumbre.
Además, descomponer una ganancia por causas no demuestra que una política concreta la haya producido. Las asociaciones orientan; no conceden a una intervención aislada el mérito de millones de vidas.
Aun así, la conclusión científica es sólida: la esperanza de vida mejora cuando se reduce la mortalidad prematura que realmente domina en cada lugar. Esto exige una sanidad universal con intensidad proporcional a las necesidades. Un suelo común para todos —atención primaria, vacunación, agua limpia, medicamentos esenciales, vigilancia— y prioridades ajustadas a cada territorio. Igualdad significa impedir que el código postal decida qué muerte evitable te corresponde.
También obliga a medir mejor.
Un país que desconoce de qué mueren sus habitantes administra la salud a oscuras. Fortalecer los registros civiles, publicar datos comparables y evaluar políticas no es burocracia: es parte del tratamiento. Antes de comprar la tecnología más vistosa habría que identificar qué causa roba más años y a qué edades lo hace.
Pensé de nuevo en aquella conversación sobre Japón. Buscábamos un alimento, una costumbre o un secreto exportable.
La respuesta era menos seductora y más útil. Los países no viven más porque descubran el elixir de la longevidad. Viven más cuando reconocen a tiempo la enfermedad que los está matando y deciden dejar de considerarla inevitable.
Y por cierto, tengo entendido que a Japón lo supera en esperanza de vida: Mónaco, San Marino y Hong Kong.