16 de julio de 2018 | Actualizado: Lunes a las 08:50

Ignatius Farray: donde termina la Comedia y empieza la Medicina

Diagnosticado de miocardiopatía hipertrófica, el popular cómico explica cómo ha incorporado la enfermedad a su comedia

El cómico Ignatius Farray posa para La Revista de Redacción Médica.
Juanma Fernández
Cristina Cebrián
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Sábado, 08 de abril de 2017, a las 20:00
Nos reímos con la verdad porque nos asusta. En algún momento de su vida, Juan Ignacio Delgado Alemany entendió esta máxima y se parapetó bajo el pseudónimo de Ignatius Farray, un personaje que le ha valido para situarse como el gran referente de la comedia patria underground. Etiqueta, esta última, que no le ha impedido colocarse entre los cómicos más populares del momento sin por ello haber renunciado a una visión del mundo que, maquillada de locura, auspicia una inteligencia analítica que sabe perfectamente disfrazar de humor los rincones inconfortables que todo el mundo guarda.

Un hábito arriesgado que cabalga como un péndulo entre su vida personal, sus 'shows' en directo, su papel en 'La vida moderna' o el protagonista que interpreta en la serie 'El fin de la comedia'. Situación, además, que en los últimos meses ha tomado un cariz muy sanitario: ha incorporado su miocardiopatía hipertrófica y su insuficiencia venosa a ese espacio en el que se supone que la gente paga una entrada, enciende la radio o enchufa el televisor para reír. “Recuerdo que estaba en la consulta del doctor y pensaba: Ya tengo diez minutitos más para el show”, explica entre risas a La Revista de Redacción Médica.

El cómico canario durante la entrevista.

Una suerte de terapia de choque que el 'standupero' (así se llama en México a los monologuistas y así prefiere ser denominado en todas las partes del mundo) reconoce: “La comedia por lo menos te da esa puerta para poder hablar de eso, lo que ya es suficiente para objetivizarlo un poco y no quedártelo para ti. De hecho, hay gente en las actuaciones que levanta la mano para decirme que también tienen miocardiopatía hipertrófica; de repente eso te sirve para improvisar y socializar un poco”, comenta Farray. Una actitud ante la vida que sentencia con una reflexión demoledora no sobre los manidos límites del humor sino la frontera personal y maleable del 'Yo': “Dado a lo que me dedico, te pueden pasar muchas desgracias en la vida pero antes de sentirte desgraciado lo primero que piensas es: Esto lo meto en el show”.

Ignatius es enorme, aparatoso; probablemente todo lo contrario al calculado blanco nuclear que guarda una consulta, el mismo espacio horizontal que acostumbra a establecer el paciente con su médico. Sin embargo, la comedia, que tiene una magnífica memoria, puede batir esta muralla: “A veces noto que el médico o el enfermero me conocen y escucho risitas, o en un momento dado me lo comunica, me suelta alguna broma y surge una confianza, una complicidad, que lo convierte en algo simpático”. Claro que también se da la circunstancia del que quiere precisar: “Me pasa que puede haber un médico en la sala y me interrumpe porque igual no he explicado del todo bien lo que me pasa” (ríe). Lo dice porque a raíz de las citadas patologías (lo de la miopía vino de serie: “Yo ya nací con siete dioptrías”), ha tenido que hacer mucho más uso de la sanidad pública que antes. “Voy a menudo y de verdad que funciona muy bien; hay que cuidarla”, sentencia.

En esta rutina, Farray ha descubierto el universo paralelo de los hospitales, que califica de “lugares que le fascinan”. “Admiro a los profesionales que trabajan ahí porque vivir situaciones tan al límite conlleva un desgaste mental fuerte y admiro que puedan llevarlo tan bien”, espeta. De su existencia bajo ese nivel de estrés precisamente nació una de las grandes señas de identidad de Ignatius Farray: el grito sordo. Comenzó como un tic incontrolable en su preadolescencia que surgía en los momentos de agobio y que, por economizar lenguaje, consiste en gestualizar un grito carente de sonido pero que ofrece una estampa primitiva del caos y la desolación. “Si fuera médico estaría todo el rato con el grito sordo porque perdería los nervios seguro”, afirma.

Ignatius admite que incorporar la enfermedad a sus shows ha podido ayudar a quitarle cualquier tipo de estigma.


Su papel, en todo caso, está al otro lado: un paciente de rostro popular (imposible no identificarlo incluso entre la multitud) que ha tenido que soportar instantes peculiares, como aquella pareja que decidió hacerse un 'selfie' mientras él esperaba a ser atendido en el Hospital de La Candelaria en plena Nochebuena. “Lo integras dentro de la comedia porque no deja de ser una situación graciosa y la gente es muy amable”. Una frase que suaviza el cuadro de un tipo en medio de un pasillo, tumbado en una camilla y sin saber qué le pasa, esperando a que alguien venga a tratarle o darle un diagnóstico. Por suerte no fue nada grave (“una flebitis que afectaba a una vena superficial”), si bien le valió para irse a cenar con su familia tejiendo un hilo con el cine: “Me acordaba de la película de Scorsese que se tituló ' Al límite', en la que Nicolas Cage trabajaba en un servicio de ambulancias; todo lo que viví yo aquel día me recordaba a esa historia”.
Consejos médicos: receta para después de un show
El sanitario, convertido en su butaca en un curioso paciente, acude a los espectáculos de Ignatius Farray como uno más, si bien al cómico le ha sorprendido lo preocupados que suelen estar por su estado de salud. “Esto no es una enfermedad terminal, simplemente tengo que cuidarme más y punto, pero la gente es muy amable, se preocupa muchísimo y hay quien se me acerca a darme consejos o simplemente a animarme, y eso es bonito”, explica agradecido.


“Hay un punto en que termina la comedia y empieza la Medicina”. Es una frase recurrente en sus espectáculos porque este cómico tinerfeño entiende la ciencia médica “como algo curativo pero que roza lo chamánico”. Tal vez el puente más cercano entre su oficio y la labor sanitaria, pues, a su juicio “la comedia llevada al extremo roza con ese mundo curativo”. Y a ella incorpora cualquier rincón de su día a día, como cuando apareció en mitad del programa en el que participa en la Cadena Ser junto a Quequé y David Broncano para ponerse una inyección de heparina. “Los moratones que salen en la tripa por pincharte para mucha gente son un drama; a mí me preguntaron en la televisión si quería que me los maquillaran o ponerme una camisilla para que no se vieran, pero a mí me pareció fantástico enseñarlos, me hacía hasta ilusión”. Un peculiar atrezzo que también ayuda a desestigmatizar este tipo de asuntos: “Al ver que le doy esta visibilidad sin mayor problema, puede que te anime a no preocuparte tanto”.

No hay, en todo caso, una voluntad redentora en Ignatius, que transita por la ficción en la delgada línea férrea que nutre de realidad los peores momentos. Convertidos en mejores o, al menos, en una valiosa arma para alcanzar la verdad, avisa que continuará explotándolos en sus futuros guiones. Si existe una tercera temporada, por ejemplo, de la aclamada 'El fin de la comedia' acudirá a su baúl de historias sanitarias para nutrir el proyecto: “Nos hace ilusión continuar tratando ese tema porque además en esta segunda temporada ha quedado sin resolver”, afirma. La comedia, o su particular diosa 'Shiva', proveerá.

Ignatius Farray durante un instante del programa 'La vida moderna', acompañado de David Broncano y Quequé.