Opinión de Félix Rubial Bernárdez, médico y gestor sanitario

Félix Rubial Bernárdez
Montaje fotográfico: Lucía Sancho.


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Opinión de Félix Rubial Bernárdez, médico y gestor sanitario


La otra infraestructura sanitaria: del conocimiento a la confianza



Cuando hablamos de infraestructuras sanitarias solemos pensar en hospitales, centros de salud, quirófanos, laboratorios o tecnología. Sin embargo, existe otra infraestructura menos visible que influye de forma decisiva en el funcionamiento de todo lo demás: la confianza.

Durante décadas, buena parte del debate sanitario se ha centrado en la financiación, la incorporación de tecnología, la innovación terapéutica o las listas de espera. Son cuestiones relevantes. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos años han situado en primer plano otro elemento que influye cada vez más en la relación entre los ciudadanos y los sistemas de salud.

Diversos estudios internacionales, y la propia realidad del día a día, vienen señalando una evolución que merece toda nuestra atención. Una parte creciente de la población toma decisiones relacionadas con su salud guiándose por factores que trascienden la evidencia científica o la recomendación profesional. Redes sociales, líderes de opinión, comunidades digitales o entornos ideológicos participan cada vez más en la construcción de percepciones sobre vacunas, tratamientos, hábitos de vida o instituciones sanitarias.

La salud pública siempre ha convivido con esta realidad. Lo novedoso es la velocidad con la que circula la información y la capacidad de amplificación que ofrecen las plataformas digitales. Una recomendación basada en evidencia puede tardar años en consolidarse. Una percepción errónea puede extenderse globalmente en cuestión de horas.

La cuestión trasciende el ámbito de la comunicación. La confianza influye en la utilización de los servicios sanitarios, en la adherencia a los tratamientos, en la aceptación de las estrategias preventivas y en la relación cotidiana entre profesionales y pacientes. En cierta medida, funciona como un multiplicador de valor. Un sistema sanitario puede disponer de excelentes profesionales, recursos tecnológicos avanzados y capacidad diagnóstica de primer nivel. La confianza permite que todo ello alcance su máximo potencial. Cuando desaparece, aparecen fricciones que afectan a la experiencia asistencial y a la relación entre ciudadanos e instituciones.

Mucho más que comunicación


La pandemia mostró con claridad esta realidad. Los países que lograron mayores niveles de adhesión a las medidas de salud pública compartían un elemento común. Más allá de las diferencias organizativas o económicas, existía una relación de credibilidad entre instituciones, profesionales y ciudadanía.

Ese aprendizaje conserva plena vigencia. Los sistemas sanitarios afrontan hoy retos de enorme magnitud. El envejecimiento de la población, la cronicidad, la escasez de profesionales en determinadas áreas, la incorporación de la inteligencia artificial, la gestión de datos de salud o el crecimiento de la demanda asistencial exigen transformaciones organizativas continuas. Y cada una de esas transformaciones necesita algo más que recursos o planificación. Las personas deben comprender por qué se producen, qué beneficios persiguen y cuál será su impacto en la práctica diaria. La legitimidad de las decisiones forma parte de su capacidad para generar valor.



"Ya no basta con disponer de conocimiento. También resulta necesario comunicarlo, explicarlo y hacerlo comprensible para la ciudadanía"




Por eso resulta interesante ampliar la mirada. Con frecuencia hablamos de gobernanza clínica, transformación digital o innovación organizativa. Quizá también convenga hablar más de confianza institucional. Al fin y al cabo, los avances científicos generan mejores resultados cuando encuentran un entorno social dispuesto a incorporarlos, y la confianza facilita ese encuentro entre conocimiento y práctica.

La falta de confianza perjudica seriamente la salud


Durante años hemos considerado la confianza como una consecuencia deseable de los sistemas sanitarios. Cada vez disponemos de más evidencia de que también actúa como un factor capaz de influir directamente sobre los resultados en salud.

Las personas que confían en los profesionales sanitarios participan con mayor frecuencia en programas preventivos, siguen más recomendaciones clínicas, presentan una mejor adherencia terapéutica y utilizan los recursos sanitarios de forma más adecuada. Del mismo modo, las campañas de vacunación, los programas de cribado o las estrategias de promoción de hábitos saludables alcanzan una mayor efectividad cuando existe una relación sólida entre ciudadanía e instituciones.

Cuando esa relación pierde consistencia aparecen fenómenos que trascienden la esfera individual. La búsqueda de información en fuentes poco fiables, la difusión acelerada de mensajes contradictorios o la dificultad para diferenciar evidencia científica de opinión generan un entorno más complejo para pacientes y profesionales.

Nunca habíamos tenido tanta información sanitaria al alcance de la mano. Al mismo tiempo, distinguir entre evidencia, opinión y desinformación resulta cada vez más difícil. Las redes sociales han democratizado el acceso al conocimiento sanitario, pero también han reducido las barreras de entrada para mensajes simplificados, interpretaciones parciales o afirmaciones carentes de evidencia. La consecuencia no es únicamente la circulación de información incorrecta. También asistimos a la aparición de múltiples relatos que compiten entre sí por la atención y la credibilidad de las personas.

Los sistemas sanitarios desarrollan su actividad en este nuevo escenario. Un escenario en el que la autoridad científica convive con influenciadores digitales, comunidades virtuales y algoritmos capaces de amplificar mensajes a gran velocidad. Por ello, construir confianza exige hoy un esfuerzo adicional. Ya no basta con disponer de conocimiento. También resulta necesario comunicarlo, explicarlo y hacerlo comprensible para la ciudadanía.

Una tarea compartida


Los profesionales sanitarios desempeñamos un papel especialmente relevante en este ámbito. Diversos estudios siguen mostrando que médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud figuran entre los colectivos con mayor credibilidad social. Cada consulta y cada decisión compartida contribuyen a fortalecer ese vínculo.

También las organizaciones sanitarias tienen una responsabilidad creciente. La transparencia, la accesibilidad de la información y la participación de pacientes y ciudadanos forman parte de una cultura institucional orientada a generar confianza. Esta se construye mediante la competencia profesional, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, la transparencia, la capacidad para reconocer incertidumbres y la disposición para escuchar las preocupaciones de los ciudadanos. No surge de campañas puntuales. Se desarrolla a través de relaciones continuadas en el tiempo.

La innovación sanitaria suele asociarse a nuevas terapias, dispositivos avanzados o herramientas digitales cada vez más sofisticadas. Todas ellas seguirán transformando la asistencia durante los próximos años. Al mismo tiempo, existe otra innovación igualmente valiosa. La capacidad de construir organizaciones que generen confianza en entornos cada vez más complejos.

Probablemente una de las preguntas más relevantes para la sanidad del futuro no sea únicamente cuánto podemos diagnosticar o tratar. También importa cómo fortalecer la relación entre los sistemas sanitarios y las personas a las que sirven.

La confianza no aparece en los presupuestos anuales, en los balances contables ni forma parte de los planes de infraestructuras. Sin embargo, acompaña cada decisión clínica, cada estrategia de salud pública y cada transformación organizativa.

Tal vez por eso convenga considerarla como lo que realmente es: la otra infraestructura sanitaria.
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