Redacción Médica
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Cómo evitar que la inmuno-oncología sea un nuevo 'caso hepatitis C'

Los especialistas apuestan por el riesgo compartido y el pago por resultados para introducirla en el sistema

Arriba: Josep Tabernero (izquierda) y Jon Guajardo. Abajo: Aitana Calvo y Miguel Ángel Calleja.
Cómo evitar que la inmuno-oncología sea un nuevo 'caso hepatitis C'
Marcos Domínguez
Viernes, 23 de diciembre de 2016, a las 09:05
La sanidad tiene sus ojos puestos en la inmunoterapia para el cáncer. En los últimos años se han ido sucediendo estudios de fármacos inmuno-oncológicos que demuestran su eficacia en cada vez más tumores (hasta ahora: melanoma, pulmón, cabeza y cuello y renal) y más pacientes, escalando posiciones en las líneas terapéuticas e incubando en la cabeza de los oncólogos la idea de una auténtica revolución en la terapia.

Sin duda, para un buen número de pacientes, sobre todo aquellos que veían pocas alternativas a tratamientos tradicionales, ha supuesto una revolución. Sin embargo, los precios con que llegaron algunos de estos medicamentos y su potencial uso en un número muy alto de pacientes levantó las suspicacias por volver a vivir un 'caso hepatitis C', cuando el coste de los nuevos antivirales y el número de pacientes potenciales aventuraban un difícil encaje presupuestario.

“Con los fármacos que ya tenemos, oncológicos y para enfermedades raras”, explica Jon Guajardo, gerente de la Organización Sanitaria Integrada Barrualde Galdakao (Vizcaya), “la sostenibilidad del sistema puede entrar en situación de riesgo. Con los nuevos medicamentos, de coste superior a algunos de los que tenemos actualmente, no hay duda de que se pone en peligro”. Ante la pregunta de si puede suponer su entrada al sistema una situación parecida a la de los antivirales contra la hepatitis C, señala: "No creo, porque en la hepatitis C existe la posibilidad de curación".

“El gran reto de estos fármacos”, continúa el también vicepresidente segundo de la Sociedad Española de Directivos de la Salud (Sedisa), “es el de la sostenibilidad, el poder saber hasta qué punto podemos, como sistema, financiar tratamientos de muchos miles de euros y que se pueden prolongar durante mucho tiempo”.

Ante este panorama, con un espectro cada vez más amplio de pacientes a los que dirigirse, no son pocas las voces sanitarias que ven necesaria una estrategia de riesgo compartido y pago por resultados para introducirla en el sistema.

“Es obvio porque son productos con un precio alto y para mantener el acceso tenemos que establecer mecanismos alternativos de pago”, sostiene Josep Tabernero, jefe del Servicio de Oncología del Vall d’Hebron y presidente electo de la Sociedad Europea de Oncología Médica (ESMO).

No obstante, ninguno de los profesionales consultados para este reportaje ha tenido constancia de que su centro u organización haya firmado hasta ahora contratos de riesgo compartido con los proveedores de estas terapias. Tabernero está convencido de que así tendrá que ser. “Si no, no hay manera de sacar esto [el SNS] adelante”.

¿Cómo medir los resultados?

Miguel Ángel Calleja, presidente de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH), ha sido uno de los principales impulsores de este tipo de acuerdos en la sanidad española desde el Hospital Virgen de las Nieves de Granada y, desde el  pasado 1 de diciembre, está al frente del Servicio de Farmacia del Virgen del Rocío de Sevilla.

“Si introducimos la inmunoterapia en los pacientes adecuados y aplicamos la desinversión en otras áreas, no se debe poner en riesgo la sostenibilidad del sistema”. El modelo de riesgo compartido idóneo es el de pago por resultados de salud: “Yo lo pondría como base para los demás, es perfectamente compatible con otros como el techo de gasto”.

Calleja señala que la inmuno-oncología produce “mejoras en la eficacia muy cuantificables, con variables fáciles de medir como la supervivencia global”. No obstante, hay que tener en cuenta que hay diferencias con otros fármacos biológicos: la supervivencia libre de progresión no es tan alta como lo que se supondría mirando las cifras de supervivencia global y “se produce la respuesta más lentamente”.

La oncóloga del Gregorio Marañón y secretaria científica de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), Aitana Calvo, explica que la eficacia de estos fármacos se mide de forma similar a otros antitumorales: “reducción del tamaño tumoral, tiempo hasta que el tumor progresa o supervivencia”.

No obstante, tardan más tiempo en hacer efecto y “dependiendo de la rapidez con la que sea preciso obtener una respuesta, el oncólogo médico podrá optar por tratamientos distintos”. Además, “en ocasiones, la infiltración por células del sistema inmune en la zona tumoral puede simular un falso crecimiento del tumor”. Por otro lado, advierte de que, aunque en general se toleren bien, “un pequeño porcentaje de pacientes pueden padecer efectos adversos muy graves”.

Preparados para el pago por resultados

Una vez resuelto el problema de cómo medir los resultados del fármaco, queda en el aire otra pregunta: ¿Están las organizaciones sanitarias preparadas para medirlos? Miguel Ángel Calleja considera que sí. “Quizá nos vendrían bien algunas herramientas, como un registro nacional de resultados en salud y priorizar la medición de estos resultados por encima de variables e indicadores intermedios”.

En opinión del presidente de la SEFH, que no se ponga en práctica no se trata de un problema económico, sino de “un acuerdo entre las diferentes comunidades autónomas”. Otro obstáculo es el tiempo que pueden dedicar los profesionales a registrar los resultados en salud, que no se está teniendo en cuenta.

Jon Guajardo, gerente de la OSI Barrualde Galdakao, opina que el sistema todavía no está preparado para un cambio de cultura de tal calibre. Dicho esto, “en Osakidetza estamos trabajando con formularios y sistemas que permiten registrar la información, y podamos cruzar con los resultados asistenciales”.

No obstante, “hay que cambiar la cultura y preparar los sistemas de información para que esto sea algo habitual”, no solamente para los medicamentos caros sino para el sistema en su conjunto. Con todo, es optimista y considera que “en dos o tres años se habrá producido un cambio muy importante en la evaluación de resultados”.