Una experta en Cirugía Plástica revela qué factores influyen en la implantación de una intervención experimental

La supermicrocirugía contra el alzhéimer marca el límite de esta revolución
Carmen Higueras, jefa del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Germans Trias i Pujol.


La innovadora cirugía que el Hospital Germans Trias i Pujol en Cataluña está probando para intentar frenar la progresión del alzhéimer plantea una nueva forma de abordar la enfermedad. En lugar de actuar directamente sobre las proteínas que se acumulan en el cerebro, la técnica busca mejorar el drenaje de residuos cerebrales mediante una derivación linfático-venosa en el cuello. Sin embargo, si algún día esta estrategia demostrara ser eficaz, se enfrentaría a un desafío tan importante como los propios resultados clínicos: no todos los hospitales disponen actualmente de los profesionales, la experiencia y la infraestructura necesarios para reproducirla.

Así lo explica en Redacción Médica Carmen Higueras, jefa del Servicio de Cirugía Plástica de este centro y una de las responsables de las intervenciones realizadas hasta ahora dentro del estudio Alcea. Y es que la técnica "no es nueva", ya que la derivación linfático-venosa se utiliza desde hace años para tratar el linfedema, una enfermedad caracterizada por la acumulación de líquido linfático, especialmente frecuente tras determinados tratamientos oncológicos. Ahora, "lo novedoso es la indicación": utilizar ese mismo conocimiento quirúrgico para intentar mejorar el sistema de eliminación de residuos del cerebro.


Una operación que esconde complejidad


La intervención consiste en realizar dos pequeñas incisiones a ambos lados del cuello para localizar ganglios linfáticos cervicales previamente seleccionados mediante ecografía de alta frecuencia. Una vez identificados, los cirujanos conectan estos vasos linfáticos a pequeñas ramas de la vena yugular externa para facilitar el drenaje hacia el sistema venoso.

Sobre el papel puede parecer una cirugía relativamente simple. Sin embargo, la dificultad técnica es considerable. "Ya no hablamos de microcirugía, sino de supermicrocirugía", apunta Higueras. La diferencia radica en el tamaño de las estructuras que deben manipularse. Mientras que en otras reconstrucciones microvasculares los vasos tienen varios milímetros de diámetro, en este procedimiento se trabaja con estructuras extremadamente pequeñas, "por debajo de los 0,8 milímetros".

Eso obliga a utilizar "instrumental mucho más delicado, suturas extraordinariamente finas y microscopios de gran potencia" capaces de ampliar el campo quirúrgico hasta niveles muy superiores a los habituales. 

Experiencia y formación como límites


Precisamente ahí aparece otra barrera para extender esta técnica. "No todos los cirujanos plásticos realizan microcirugía y menos aún supermicrocirugía especializada en sistema linfático", dice Higueras, que asegura que para reproducir este procedimiento con garantías es imprescindible contar con "formación extensa y experiencia previa" esta patología

Pero es que la experiencia tampoco se adquiere en pocos meses. El equipo de Germans Trias lleva más de trece años realizando cirugía del linfedema y ha completado programas de formación en algunos de los países que lideran esta área de conocimiento, como Corea del Sur, Japón y China. Además, para poner en marcha el ensayo de alzhéimer, los profesionales del centro tuvieron que desplazarse a ciudades como Shanghái, Shenzhen y varios hospitales coreanos donde actualmente se desarrollan investigaciones similares.

La consecuencia inmediata es que, aunque los resultados fueran positivos, la implantación de la técnica no sería automática y, entonces, no bastaría con disponer de quirófanos o financiación. 

No es una cirugía para cualquier hospital


A mayores, la complejidad tampoco se limita al acto quirúrgico. Según explica Higueras, el estudio solo es posible gracias a una estructura hospitalaria altamente especializada que va mucho más allá del quirófano. La selección de candidatos requiere neurólogos expertos en demencias, pruebas avanzadas de diagnóstico y equipos multidisciplinares capaces de evaluar la evolución de los pacientes antes y después de la intervención.

"Necesitas un área de neurociencias potente", afirma. En el caso del Germans Trias participan neurólogos, especialistas en geriatría, neuropsicólogos, trabajadores sociales y profesionales de medicina nuclear encargados de realizar los PET amiloides utilizados para monitorizar la enfermedad. Todo ello convierte el procedimiento en una intervención compleja desde el punto de vista organizativo.

Aunque el equipamiento quirúrgico no se considera especialmente excepcional -por ejemplo, un microscopio potente, sistemas de visualización con verde de indocianina y ecografía de alta frecuencia-, la suma de todos los recursos necesarios limita considerablemente el número de centros capaces de desarrollar programas similares.

"En cualquier hospital no podría hacerse", reconoce la cirujana. A su juicio, la técnica quedaría restringida, al menos inicialmente, a hospitales terciarios con servicios de Cirugía Plástica experimentados en cirugía linfática y supermicrocirugía. Los centros sin estas unidades especializadas tendrían muy difícil incorporarla.

El reto de operar a pacientes vulnerables


A las dificultades técnicas se suma otra cuestión especialmente delicada: el perfil de los pacientes. Aunque la cirugía es poco invasiva y las incisiones apenas alcanzan unos pocos centímetros, los candidatos presentan una enfermedad neurodegenerativa que obliga a extremar las precauciones. 

Uno de los aspectos que más preocupaba al equipo antes de iniciar el estudio era el posible impacto de la anestesia general. Las personas con deterioro cognitivo tienen un mayor riesgo de desarrollar síndromes confusionales o delirios postoperatorios, una complicación relativamente frecuente tras ingresos hospitalarios o procedimientos quirúrgicos. "Muchas veces estas personas pueden sufrir un delirium por el hecho de quitarles de su entorno o por la propia anestesia", explica Higueras.

Por ese motivo, el Servicio de Anestesia diseñó protocolos específicos para minimizar este riesgo. Además, el equipo ha optado por ingresos extremadamente cortos. Las intervenciones duran aproximadamente entre tres y tres horas y media, y los pacientes permanecen ingresados una única noche antes de regresar a casa. La estrategia busca reducir al máximo la desorientación asociada a las estancias hospitalarias prolongadas.

Desde el punto de vista estrictamente quirúrgico, los riesgos son relativamente bajos. Como en cualquier intervención existen "posibilidades de infección, sangrado o complicaciones derivadas de la manipulación de estructuras vasculares cervicales", pero la especialista, de cara a un futuro donde esta intervención se pueda implantar, asegura que se trata de un procedimiento de baja agresividad. "Es una cirugía poco invasiva para el paciente", afirma Higueras.
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