"Las personas con obesidad no son conscientes del riesgo al que se exponen"

La vicepresidenta segunda de la SEMI, Juana Carretero, detalla los problemas relacionados con la nutrición

Juana Carretero, vicepresidenta segunda de SEMI.
"Las personas con obesidad no son conscientes del riesgo al que se exponen"
vie 27 diciembre 2019. 09.15H
Jaime Recarte
La obesidad, la desnutrición, los anunciados como 'alimentos saludables' y el correcto etiquetado de los productos son algunos de los temas que más preocupan a los profesionales sanitarios. Concretamente, el hecho de que en zonas desarrolladas puedan presentarse personas con desnutrición, o que se haya normalizado la obesidad por el hecho de ser metabólicamente sana, son algunas de las cuestiones que Juana Carretero, vicepresidenta segunda de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI) y jefa del Servicio de Medicina Interna del Hospital de Zafra ha abordado para Redacción Médica. En su opinión, "los pacientes no son conscientes de que es una enfermedad" y de los riesgos que supone.

¿Qué efectos tiene o puede tener la nutrición desequilibrada en la salud?

La nutrición desequilibrada, tanto por exceso como por defecto (por exceso, la obesidad y por defecto, la desnutrición), puede tener graves problemas en la salud. La obesidad es la gran epidemia del siglo XXI. Cada día vamos consiguiendo más concienciación, pero en cambio tenemos el problema de la desnutrición tanto en el mundo desarrollado como en zonas menos desarrolladas.

El problema de la desnutrición es que es el gran desconocido en este ámbito. Hay personas que no comen bien, que tienen mucha dificultad para el acceso a una dieta equilibrada y sana. En medio de la gran abundancia de nutrientes y alimentos, en el mundo hay muchas personas que están desnutridas y que no saben por qué, con los problemas que supone. Por ejemplo, en el caso de las enfermedades, hay una peor recuperación y mayor propensión a padecer algunas de ellas.

Las personas, ¿son conscientes de la espiral de problemas que se derivan de la obesidad?

Juana Carretero habla sobre los "supuestos" alimentos saludables.

Para nada. Según el último estudio llevado a cabo por el Ministerio de Sanidad y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), el estudio 'Aladino' de 2015, hay una proporción de niños con problemas de sobrepeso y obesidad que supera el 40 por ciento. Es decir, un 20 por ciento de sobrepeso y más de un 18 por ciento con problemas de obesidad. Si lo trasladamos a adultos, más del 60 por ciento de la población tiene problemas de sobrepeso (40 por ciento sobrepeso y entre un 22 y un 26 por ciento, obesidad).

Se está normalizando este problema. No hablamos ya de obesidades extremas, que todo el mundo considera patológicas. Sin embargo, tenemos una masa corporal entre 32 y 35 que se está normalizando. Cada vez más la gente asume que si este año tiene una talla, el año que viene quizá tenga un poco más, y al siguiente otra. Solo cuando hay una enfermedad asociada, una apnea del sueño, una enfermedad cardiovascular, o un problema articular, las personas toman conciencia de esa enfermedad. Sin embargo, cada vez más se presenta un tipo de obeso, que se da más frecuentemente en la mujer, que es el obeso metabólicamente sano, el gran problema de la obesidad.

Las personas no tienen conciencia de una enfermedad declarada como tal por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2013, como una enfermedad crónica. Y salvo que aparezca un problema asociado a esa obesidad, tanto metabólico, como diabetes o la dislipemia, el obeso metabólicamente sano vive feliz con su obesidad. Igualmente, niños y adolescentes de los que se dice que "están un poco gorditos o que están creciendo", no son conscientes del problema que eso supone en el desarrollo de diabetes o enfermedades metabólicas.

¿Qué alimentos son más 'peligrosos' al no ser percibidos como poco saludables?

Hoy tenemos una gran avalancha de supuestos alimentos saludables. Todos los alimentos que son light, 'bajos' en calorías o 'sin', que se consideran saludables, parece que el mensaje que transmiten es que se puede tomar sin ningún tipo de control porque no engordan. Ese tipo de alimentos tienen algún tipo de nutrientes disminuido pero siguen teniendo otros que aumentan el contenido calórico de la dieta. Otro tipo de alimentos que no son percibidos como no saludables son los precocinados. Son un gran problema por tener un alto contenido en grasas y en azúcar para mantener el sabor, la palatabilidad, y para conservarlos. Y todos los snacks 'saludables' aumentan el contenido calórico de la dieta. Por ejemplo, ahora que llegan las navidades, todo mundo compra turrón o polvorones sin azúcar. Y estos productos 'aptos para diabéticos' no llevan azúcar, pero llevan grasa, aceite, manteca, y otros tipos de nutrientes que quizás son más peligrosos que el propio azúcar para el paciente con diabetes.

Ese tipo de productos 'para diabéticos' o 'para el colesterol' son muy peligrosos y hay que tener mucho cuidado con el mensaje que transmitimos sobre ellos. Por ejemplo, en los hospitales, a los pacientes diabéticos por las tardes se les ofrece un dulce para diabéticos. Lo normal es ponerles una fruta o un yogur, pero no un dulce para diabéticos por el hecho de que no tenga azúcar.

La jefa del Servicio de Medicina Interna del Hospital de Zafra durante su entrevista con Redacción Médica.


¿Qué recomiendan las guías sobre consumo de azúcar tanto en población pediátrica como en población adulta?

La OMS, en las últimas recomendaciones de 2015 sobre el consumo de azúcar y otros alimentos en población infantil y adulta, señala que el consumo total no debe superar el 10 por ciento del volumen calórico total de la dieta. Y, de ese 10 por ciento, que menos de un 15 sea en forma de azúcares añadidos. La última encuesta realizada por el Ministerio y la Aesan, ('Enalia' y 'Enalia 2', cuyos resultados completos están a punto de publicarse) señala que los niños entre seis meses y nueve años de edad consumen más de un 21 por ciento del volumen total de calorías de su dieta en forma de azúcares. Y de este porcentaje, el 10 por ciento viene en forma de azúcares añadidos a los yogures, a la leche y al cacao. En adultos y en ancianos ese volumen asciende aproximadamente al 19 por ciento y un 8 por ciento en forma de azúcares añadidos, incluidas las embarazadas, que es un riesgo importante por problemas metabólicos.


"El consumidor no tiene que estudiar para poder ir a comprar"


Luego hay que concienciar y trabajar en todos los niveles: niños, colegios, empresas de restauración y fabricantes. Todo para conseguir disminuir poco a poco esa carga de azúcar, y adaptarnos a las recomendaciones de la OMS.

¿Son fiables los datos que proporciona la industria alimentaria sobre el contenido de azúcares, sal y otros nutrientes de sus productos? ¿Son suficientes?

El cuanto al etiquetado o la información que proporciona la industria, hay dos partes. Hay un etiquetado regulado por la normativa de consumo de 2011, sobre todo para los productos transformados, que obliga declarar en la etiqueta la cantidad de energía total que presenta el producto, diferenciando la cantidad de grasa y de proteínas. Además esa cantidad de nutrientes se debe diferenciar referida a una parte, no a la cantidad entera. Y luego se pueden hacer referencia a otro tipo de componentes, fibras, proteínas, y algunas vitaminas. El problema es que hay otro tipo de etiquetado que es voluntario en el cual la empresa decide lo que quiere transmitir, algún componente que genere una mayor atracción en el consumidor.

Hay otro tipo de alimentos que son los que se venden sin envasar, en los que no hay una ninguna normativa sobre cuál es la información que se debe transmitir. Normalmente, reflejan la posibilidad de que incluya alérgenos pero el resto está referido al producto entero.

Con la información voluntaria, normalmente las empresas tratan de transmitir aspectos beneficiosos. Lo que ocurre es que alguien que no tenga conocimientos en nutrición va a un supermercado, encuentra los productos y no tiene por qué saber elaborar una dieta saludable en base a esa información. Por eso, al igual que el informe de alta es para el paciente y tiene que poder entenderlo, el etiquetado tiene que ser para el consumidor. El consumidor no tiene que estudiar para poder ir a comprar, tiene que ser fácil, asequible y visual y que además permitirle comparar ese producto con otros.


"Es más caro comprar una bolsa de ensalada que una bolsa de patatas fritas"


Además, hay productos que llevan el mensaje de 'alimento beneficioso para la salud en general'. Hay productos que anuncian que su consumo previene la aparición de determinadas enfermedades. Por ejemplo, los esteroles vegetales que se toman para bajar el colesterol. Este producto puede ser bueno para la salud porque el colesterol elevado favorece la aparición de enfermedades cardiovasculares. Eso es lo que debe figurar de forma completa: no es que el citesterol prevenga una enfermedad cardiovascular, sino que, a través de la reducción del colesterol, la previene. 

Es bueno que las empresas potencien ese tipo de mensaje porque conciencia al consumidor, pero hay que regular y legislar más para que toda la información esté disponible y sea asequible, tanto la favorable como la desfavorable.

Existe un plan de reformulación de la industria para reducir el contenido de azúcares, grasa saturada y sal de sus productos. ¿Es un paso en el buen camino? ¿Está avalado por las sociedades científicas?

El Ministerio de Sanidad, a través del programa NAOS, en línea con la Unión Europea y la OMS, anunció hace unos años un plan de mejora y de promoción de la calidad de los productos de consumo, que se llamó Plan 2020, en el que están implicados fabricación, comercialización y consumidores, para reformular determinados tipos de alimentos con vistas a mejorar la dieta.

Hay que intentar entre todos que los consumidores, sobre todos los niños y los adolescentes, tengan una dieta sana y equilibrada para evitar problemas posteriores. Tenemos que tener claro que es un Plan desde todos los niveles y que el consumidor que se tiene que adaptar a esas nuevas reformulaciones, comprar cosas que quizás no le gusten tanto, sean menos palatables, y que ahora mismo influyen de forma negativa en su cesta de la compra y en su bolsillo. Por ejemplo, es más caro comprar una bolsa de ensalada que una bolsa de patatas fritas. Todos sabemos la situación económica en la que nos encontramos y a veces comer sano es más difícil que comer mal.

¿Se pueden sustituir grasas o azúcares por otros compuestos más saludables? ¿Debería existir un etiquetado específico y regulado para productos que lo hayan hecho?

De hecho, dentro de ese Plan de lo que se habla es de la reformulación de los alimentos. Reformular un alimento quiere decir modificar un tipo de nutriente que viene por defecto y sustituirlo o cambiarlo por otro siempre que no suponga un aumento en el contenido calórico de ese alimento o un aumento en otro nutriente que no sea beneficioso.

Efectivamente, eso se está haciendo y es fácil de hacer. Podemos reducir, por ejemplo, el contenido de azúcares hasta un 10 por ciento, incluso en productos que no sabemos que están enriquecidos con azúcar. Es decir, todo el mundo sabe que yogures, lácteos, o flanes tienen mucho azúcar. Pero quizás no sepamos que los embutidos también tienen mucho azúcar añadido.

Es lo que hablábamos antes de los alimentos saludables, mucha gente come pechuga de pavo o queso para cenar. Pero eso solo es saludable porque tiene pocas calorías, poca grasa, pero nada más. Podemos y debemos reducir la sal de los snacks, de las patatas fritas, de los productos que se utilizan para aderezar y de todos los saborizantes que se ponen en la comida

Carretero señala que "los embutidos también tienen mucho azúcar añadido".


También hay convenios del Ministerio con varias empresas, por ejemplo con la Asociación de Fabricantes de Pan, para reducir la sal. Desde 2013 hasta el año pasado se redujo progresivamente la cantidad de sal en el pan; de hecho, la última bajada ha sido de 18 gramos de cloruro sódico por cada kilo de harina.

Debemos fomentar eso. Podemos cambiar el azúcar que añadimos a los alimentos por miel, que en el contenido calórico no se diferencia mucho pero aporta otra serie de vitaminas. Cambiar la sal o los saborizantes, aderezando la comida con limón, con ajo, hierbas aromáticas… Esa es la línea del Ministerio a la que las sociedades de consumo y científicas debemos incorporarnos.

La Sociedad Española de Arteriosclerosis, por ejemplo, ha hecho muchas recomendaciones dietéticas, y de hecho pronto sacaremos, en colaboración con la Sociedad Española de Diabetes, recomendaciones sobre estilo de vida en pacientes con diabetes.

Ahora que hablamos de cambio climático, también podemos hablar de la dieta planetaria, un régimen que la OMS está tratando de implantar: una dieta sostenible para todo el planeta, no solamente para la dieta mediterránea. Esa dieta se basa fundamentalmente en los alimentos que da la tierra, alimentos de origen vegetal, fruta o cereales integrales, con los que evitaremos la gran epidemia de la obesidad, de desnutrición y de contaminación.

Tenemos que disminuir la ingesta de carne, sobre todo las carnes rojas y los lácteos. Con esta dieta planetaria se puede prevenir hasta 11 millones de muertes por enfermedades cardiovasculares. La idea de la OMS es tener esa dieta aplicada para 2050 para intentar frenar el abismo al que nos acercamos con el calentamiento global y la falta de equidad en el acceso a una dieta sana entre unas partes del mundo y otras.

Aunque pueda contener afirmaciones, datos o apuntes procedentes de instituciones o profesionales sanitarios, la información contenida en Redacción Médica está editada y elaborada por periodistas. Recomendamos al lector que cualquier duda relacionada con la salud sea consultada con un profesional del ámbito sanitario.