Especialistas alertan de las consecuencias clínicas y sociales del refuerzo de supervisión sobre este tipo de fármacos

Esperanza Sánchez, Johanna Villalobos y Omar Suárez.


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El aumento en el control sobre determinados fármacos para el tratamiento del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), como la lisdexanfetamina, ha abierto un nuevo escenario clínico y asistencial en España.

La medida, de carácter regulatorio, pone el foco en el equilibrio entre garantizar un uso adecuado de estos medicamentos y evitar barreras que puedan afectar al acceso de los pacientes. En este sentido, Redacción Médica ha hablado con especialistas que coinciden en que el impacto a medio y largo plazo dependerá, en gran medida, de cómo se implemente esta supervisión.


Más control, pero con riesgo de retrasos en el tratamiento


Desde una perspectiva clínica, la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (Senep) subraya que la regulación responde a criterios de control farmacológico más que a un cambio en la práctica asistencial. Johanna Villalobos, neuropediatra y portavoz de la sociedad científica, explica que "esta medida no implica un cambio en su indicación clínica ni en su eficacia, y el fármaco sigue teniendo un papel terapéutico bien definido en el tratamiento del TDAH".

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión está en el acceso. "Si el aumento de la supervisión conlleva dificultades en la prescripción o dispensación, podría comprometer la continuidad terapéutica y, en consecuencia, la calidad de vida de los pacientes", advierte Villalobos. En este sentido, los expertos insisten en que el TDAH es un trastorno con un impacto funcional relevante, especialmente en edades tempranas.

"El tratamiento farmacológico, cuando está bien indicado y supervisado, contribuye de manera relevante a mejorar el rendimiento académico, la adaptación social y el bienestar global del paciente", añade la especialista. Por ello, el riesgo no se limita al posible abuso de estos fármacos, sino también a las consecuencias de un infratratamiento. "Los niños con TDAH que no reciben un abordaje adecuado pueden presentar una mayor repercusión funcional, dificultades académicas, problemas emocionales y sociales", señala.


El impacto del TDAH no tratado: más allá del ámbito académico


En la práctica clínica diaria, la introducción de mayores controles administrativos ya empieza a percibirse como un factor que puede ralentizar el acceso a determinados tratamientos. Así lo apunta Esperanza Sánchez, neuropediatra del Hospital Quirónsalud Infanta Luisa de Sevilla, quien reconoce que "eso va a dificultar que los pacientes puedan tener más trámites administrativos a la hora de poder tomar el fármaco".

Aunque matiza que la lisdexanfetamina no es un tratamiento de primera línea (ya que habitualmente se recurre antes al metilfenidato), sí advierte de posibles efectos indirectos. "A lo mejor ahora eso se va a alargar un poco, porque entre trámites administrativos no se puede usar con la misma facilidad", explica, en referencia a los casos en los que es necesario escalar el tratamiento.

Este retraso potencial en el acceso puede tener implicaciones relevantes en la evolución del paciente, especialmente en perfiles más complejos o con mayor afectación conductual. "Hay un sobrediagnóstico y una sobredosificación de fármacos cuando a lo mejor el primer escalón en el TDAH es la psicoterapia", afirma Sánchez. En su opinión, el aumento del control puede contribuir a corregir esta tendencia, aunque insiste en la necesidad de no generar un efecto contrario que limite tratamientos necesarios.


Seguridad, eficacia y uso a largo plazo


En paralelo al debate regulatorio, los especialistas coinciden en que los tratamientos farmacológicos para el TDAH cuentan con un perfil de seguridad consolidado cuando se emplean correctamente. Omar Suárez, pediatra en el Hospital Vithas Granada, destaca que el metilfenidato "es un medicamento muy seguro", aunque subraya la importancia de una adecuada selección de pacientes.

"El TDAH no es solamente un tratamiento farmacológico", recuerda, insistiendo en la necesidad de combinarlo con intervenciones psicoeducativas y apoyo familiar. En cuanto a los efectos adversos, señala que "lo más común es algo de insomnio o pérdida del apetito", mientras que "riesgos a largo plazo normalmente no se describen con frecuencia".

No obstante, el debate sobre el potencial de abuso sigue presente, especialmente en adolescentes. Los especialistas coinciden en que el impacto real dependerá de la capacidad del sistema para implementar estos controles sin afectar a la práctica clínica.

"Es fundamental mantener un equilibrio entre el potencial de abuso y el riesgo de dejar sin tratamiento a quienes lo necesitan", resume Villalobos. En última instancia, el objetivo compartido pasa por asegurar una prescripción individualizada, basada en la evidencia y acompañada de un seguimiento clínico adecuado.
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