Las autoridades sanitarias han reconocido que algunas especies pueden infectarse por covid.

Las autoridades sanitarias han reconocido que algunas especies pueden infectarse por covid.

Salud animal

Covid-19, animales de compañía y miedo social: el caso que demostró que no todo contagio tiene origen en la mascota

La inquietud por la posible transmisión del virus dio lugar a conflictos muy distintos, desde dudas razonables hasta acusaciones directas contra residencias caninas, criadores o vecinos

Y además: La muerte de Nala tras una anestesia: cuando el informe pericial ordena lo que la emoción no permite ver

María Fernández
Publicada

Durante los años posteriores a la pandemia, muchas familias incorporaron a su vocabulario palabras como contagio, aislamiento, PCR o riesgo sanitario. También aumentó una preocupación concreta: si los animales de compañía podían participar en la transmisión del SARS-CoV-2 dentro del hogar. Esa inquietud dio lugar a conflictos muy distintos, desde dudas razonables hasta acusaciones directas contra residencias caninas, criadores o vecinos. Uno de esos supuestos llegó a consulta pericial cuando una trabajadora de una residencia de animales atribuyó su contagio a un perro que había estado alojado allí tras convivir con una persona positiva.

El animal, un perro mestizo llamado Bruno, no presentaba signos respiratorios relevantes. Había llegado a la residencia porque su propietaria estaba ingresada y la familia no podía hacerse cargo de él. Días después, una trabajadora dio positivo en Covid-19 y sostuvo que el centro no había adoptado medidas suficientes para evitar el riesgo. El asunto no era menor: podía afectar a la responsabilidad del establecimiento, a su seguro y a la reputación de un servicio esencial para muchas familias durante situaciones de enfermedad.

El perito veterinario que intervino no partió de una conclusión previa. La clave era reconstruir tiempos, contactos y medidas de manejo. El peritaje veterinario comenzó con una cronología: fecha de ingreso del perro, información disponible sobre la propietaria, personas que manipularon al animal, protocolos de higiene, ventilación de las instalaciones, uso de equipos de protección, síntomas de la trabajadora y otros posibles contactos laborales o familiares.

El enfoque One Health resultaba imprescindible. No se trataba solo de preguntar si un perro puede infectarse, sino de valorar la probabilidad técnica de que ese perro hubiera sido el origen del contagio concreto. Las autoridades sanitarias internacionales han reconocido que algunas especies pueden infectarse por SARS-CoV-2, especialmente tras contacto estrecho con personas infectadas, pero la investigación de un caso exige prudencia: presencia de un agente no equivale a causalidad, y la sospecha no sustituye a la prueba.

En el expediente había un elemento relevante: no se había realizado prueba diagnóstica al perro en el momento de su entrada ni durante su estancia. Tampoco existían signos clínicos específicos. La trabajadora, además, había compartido turno con otra persona que comenzó con síntomas dos días antes. En su domicilio convivía con un familiar que también había desarrollado fiebre. Estos datos no descartaban ninguna hipótesis por completo, pero debilitaban la afirmación de que Bruno fuera el origen más probable.

El informe pericial revisó los protocolos del centro. Se comprobó que los animales procedentes de hogares con personas enfermas eran alojados en una zona separada, que se reforzaba la limpieza de superficies y que el contacto directo se limitaba al personal imprescindible. Sin embargo, la cartelería y las instrucciones internas eran poco claras. El centro actuaba de forma razonable, pero no había documentado suficientemente cada medida. De nuevo, en materia sanitaria, la diligencia no solo se practica: también debe poder acreditarse.

El perito veterinario concluyó que no existían datos suficientes para atribuir el contagio al perro. La hipótesis era biológicamente posible en abstracto, pero no estaba demostrada en ese caso. Había contactos humanos alternativos, ausencia de prueba en el animal, falta de síntomas compatibles y una cronología que no permitía establecer un nexo causal sólido. El informe sí recomendó mejorar los protocolos escritos para animales procedentes de hogares con enfermedades transmisibles, incluyendo registro de procedencia, medidas de aislamiento funcional, limpieza y comunicación al personal.

Este supuesto ilustra una cuestión esencial: el miedo social puede convertir a los animales en sospechosos injustos. En salud pública, las decisiones deben basarse en evidencia y no en intuiciones. Un animal que ha convivido con una persona enferma puede requerir medidas prudentes, pero eso no significa que sea responsable de un brote. El peritaje veterinario ayuda precisamente a ordenar el riesgo, evitando tanto el alarmismo como la minimización.

También demuestra el valor del trabajo conjunto entre medicina humana, veterinaria, prevención de riesgos laborales y derecho. Cuando una enfermedad circula entre personas y puede afectar a animales, el análisis no pertenece a una sola disciplina. El veterinario aporta conocimiento sobre especies, comportamiento, manejo, bioseguridad y transmisión potencial. El médico valora la enfermedad humana. El jurista ordena la responsabilidad. Y el informe pericial permite que esa información llegue de forma comprensible a quien debe decidir.

Para residencias, clínicas, protectoras y centros de animales, la enseñanza es clara: ante episodios de enfermedad transmisible en el entorno humano, conviene disponer de protocolos escritos y adaptados. La improvisación genera inseguridad y puede abrir la puerta a reclamaciones. Para las familias, el mensaje es igualmente importante: la convivencia con animales debe gestionarse con higiene y sentido común, pero sin convertirlos en culpables automáticos.

La investigación también sirvió para diseñar un protocolo de comunicación. El centro incorporó una ficha específica para animales procedentes de hogares con enfermedades transmisibles, con instrucciones para recepción, alojamiento, limpieza, identificación de cuidadores y aviso al personal vulnerable. La medida no pretendía señalar a los animales como amenaza, sino gestionar con orden una situación sanitaria compleja.

El informe recomendó, además, evitar mensajes absolutos. Decir que “los animales no contagian” puede ser tan impreciso como afirmar que “son un peligro”. La comunicación correcta debe explicar niveles de riesgo, incertidumbre y medidas razonables. En salud pública, el lenguaje importa: una frase mal formulada puede provocar abandonos, miedo injustificado o reclamaciones innecesarias.

El caso de Bruno mostró que el perito veterinario puede ser útil incluso cuando la conclusión es negativa. Descartar, matizar o reducir una hipótesis también aporta valor. La función del dictamen no siempre es confirmar una sospecha; muchas veces es impedir que una sospecha se convierta en verdad jurídica sin datos suficientes.

Desde PERIVET elaboramos informes en situaciones donde se cruzan salud animal, salud humana y responsabilidad. Nuestro equipo de peritos veterinarios aplica criterios de peritaje veterinario y enfoque One Health para valorar zoonosis, sospechas de transmisión, protocolos de manejo y nexo causal. Si surge una duda sobre animales de compañía, centros veterinarios o riesgos sanitarios compartidos, contar con un perito veterinario permite responder con rigor, prudencia y una base técnica defendible.

María Fernández, Directora Veterinaria en Perivet. Graduada en Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid, Doctora (PhD) en Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid, Experta universitaria en Peritaje veterinario por la Universidad Camilo José Cela