Los
virus tienen una virtud desagradable: llegan antes que nuestros comités. Cuando la
medicina empieza a redactar
protocolos, ellos ya han saltado a una nueva especie, han encontrado una vía de transmisión distinta y se hacen con un territorio donde no los esperábamos.
Tenemos claro que no piensan, no conspiran, ni tienen voluntad. Pero les basta con replicarse. Y, para eso, el mundo que hemos construido es casi perfecto. Basta con mirar alrededor.
El gran ejemplo: la
gripe aviar A(H5) sigue extendida en aves silvestres, provoca brotes en aves de corral y ganado lechero, y ya ha producido casos humanos esporádicos en trabajadores expuestos.
El riesgo general se considera bajo, pero bajo no significa inexistente; dice que todavía estamos a tiempo de mirar bien. En Estados Unidos se habían notificado 71 casos humanos desde febrero de 2024, según los CDC.
La
mpox, que algunos quisieron archivar como una rareza africana o como una crisis pasajera de 2022, ha seguido dando avisos. Uno de los clados circula en varios países y, desde otoño de 2025, se han comunicado casos de una variante en Europa occidental sin antecedente de viaje internacional documentado.
El
dengue, mientras tanto, ha dejado de ser una postal tropical.
En 2024, las Américas registraron más de 13 millones de casos, un récord histórico. En 2025 bajaron las cifras, pero siguieron siendo enormes: más de 4,4 millones de sospechosos, más de 1,6 millones confirmados y 2.207 muertes. En 2026, a finales de marzo, ya se habían notificado más de 500.000 casos de dengue en el mundo.
Y luego están los nombres que aún suenan exóticos hasta que dejan de serlo: Oropouche, Nipah, Lassa, fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, MERS, Marburgo,
Ebola y un etcétera cada vez más largo.
En 2024, la OMS notificó 11.634 casos confirmados de
Oropouche en las Américas, con expansión geográfica, muertes y preocupación por posible transmisión vertical. No es que sea la próxima pandemia; es algo más pedagógico: una advertencia escrita en letra pequeña.
De hecho, el problema no es que existan virus. Existen desde antes de que tuviéramos nombre para el miedo. El problema es que hemos reducido la distancia entre sus reservorios y nuestras camas.
Deforestamos, urbanizamos, fragmentamos bosques, desplazamos especies, calentamos territorios, movemos ganado, importamos animales,
viajamos con fiebre, comerciamos con alimentos y vivimos pegados a mascotas que, a veces, se convierten en puentes biológicos.
La vieja
separación entre salud humana, animal y ambiental ya no resiste un brote bien diseñado por el azar.
Los CDC estiman que más de seis de cada diez
enfermedades infecciosas conocidas en humanos pueden transmitirse desde animales, y que tres de cada cuatro enfermedades nuevas o emergentes tienen origen animal.
Dicho sin retórica: la
medicina del futuro tendrá que contar con lo que ocurre en las pezuñas, las alas, los mosquitos, los murciélagos y las fronteras ecológicas rotas.
Incluso nuestras mascotas pueden entrar en la ecuación. En mayo de 2026 se publicó
evidencia serológica compatible con transmisión de H5N1 desde gatos domésticos infectados a una profesional veterinaria.
Los gatos habían consumido leche sin pasteurizar, carne cruda o comida para mascotas sin control. No fue una película de catástrofes. Fue algo más inquietante: una escena doméstica.
Por eso hablar de
virología como especialidad del futuro es llegar tarde. La virología es una especialidad del presente, aunque todavía la tratemos como un pasillo técnico entre la
microbiología, la
medicina interna, la
salud pública, la
veterinaria y la
epidemiología.
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"Un virus emergente no pregunta si tenemos presupuesto, protocolo o especialidad reconocida. Simplemente aparece. Y cuando lo hace, la improvisación sale carísima"
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Necesitamos virólogos clínicos con pensamiento traslacional. No únicamente profesionales que sepan interpretar una PCR, sino
médicos y científicos capaces de entender la
biología del virus, la respuesta inmunitaria del huésped, la cinética de transmisión, la vigilancia genómica, la utilidad real de un antiviral, el valor de una
vacuna, el riesgo en embarazadas, inmunodeprimidos, ancianos, neonatos y pacientes oncológicos.
La
pandemia de la COVID nos enseñó algo que olvidamos con rapidez: un virus puede desordenar una UCI, una economía, una residencia de mayores, un ensayo clínico, una consulta de primaria y una sobremesa familiar.
Sin embargo, seguimos actuando como si los virus fueran catarros con currículum.
Muchas
infecciones virales se tratan aún de manera inespecífica. Fiebre, mialgias, exantema, tos, diarrea, cefalea. Hidratación, antitérmicos, observación, aislamiento si acaso, y una frase resignada: “será un virus”.
Pero ¿cuál? ¿Con qué riesgo? ¿En qué paciente? ¿Con qué capacidad de transmisión? ¿Con qué tratamiento disponible? ¿Con qué protocolo para el hospital, la familia, el veterinario, el colegio, el aeropuerto o la residencia?
Ahí está una de nuestras grandes pobrezas clínicas. Para las bacterias tenemos cultivos, antibiogramas, resistencias, algoritmos y una
tradición terapéutica robusta, aunque amenazada.
Para los virus, fuera de territorios muy concretos —VIH, hepatitis B y C, herpes, influenza,
SARS-CoV-2 en determinados pacientes—, muchas veces tenemos diagnóstico tardío, tratamiento sintomático y buenas intenciones.
La desproporción es brutal.
Se conocen más de 270 virus capaces de infectar humanos, pero los antivirales clínicamente aprobados cubren sólo una pequeña fracción: alrededor de diez virus humanos. La mayoría de fármacos disponibles se concentran en
infecciones persistentes o latentes, como VIH, herpesvirus y hepatitis, con la influenza como gran excepción histórica.
Mientras tanto, el viroma desconocido nos mira desde la sombra.
Se ha estimado que existen alrededor de 1,7 millones de virus aún no descubiertos en mamíferos y aves, y que entre 540.000 y 827.000 podrían tener capacidad de
infectar humanos.
No todos causarán enfermedad, ni todos saltarán a nuestra especie, ni mucho menos podrán transmitirse entre humanos. Pero basta con que uno adquiera cierto “talento” evolutivo y encuentre una ruta aérea para recordarnos nuestra fragilidad.
La virología que necesitamos no puede vivir encerrada en el laboratorio ni diluida en organigramas. Debe estar en el hospital, en la vigilancia ambiental, en la consulta del inmunodeprimido, en pediatría, en urgencias, en salud pública, en las granjas, en los biobancos, en la
secuenciación genómica y en la conversación con la ciudadanía.
No se trata de crear miedo. El miedo, por sí solo, es una mala política sanitaria. Se trata de crear competencia. De
formar especialistas capaces de ver antes, nombrar mejor y actuar con más precisión.
Un virus emergente no pregunta si tenemos presupuesto, protocolo o especialidad reconocida. Simplemente aparece. Y cuando lo hace, la improvisación sale carísima.
La
medicina del siglo XXI no debe seguir tratando a los virus como visitantes ocasionales. Son parte de nuestra biografía biológica, de nuestra relación con los animales, de nuestra manera de destruir paisajes y de nuestra arrogancia como especie viajera.
Ergo, la
virología no es una rama menor de la medicina. Es una de las lenguas en las que el futuro nos está hablando. Conviene aprenderla antes de que vuelva a gritarnos.