Hay algo paradójico en nuestra profesión. Nos preocupa que las redes sociales estén llenas de consejos sanitarios sin fundamento, falsos expertos y tratamientos milagrosos. Sin embargo, cuando un médico decide dedicar parte de su tiempo libre a divulgar conocimiento científico en esas mismas plataformas, no siempre encuentra el apoyo de sus compañeros.

A veces encuentra exactamente lo contrario: críticas, comentarios despectivos y la sospecha de que quien se pone delante de una cámara busca más protagonismo que ayudar a sus pacientes.

¿Desde cuándo explicar medicina a miles de personas es menos respetable que hacerlo en un congreso ante un centenar? Y hay otra pregunta que deberíamos hacernos: ¿por qué nuestros hospitales reconocen la investigación y la docencia, pero todavía ofrecen tan poco respaldo a la divulgación sanitaria dirigida a los ciudadanos? El problema no son las redes, sino lo que hacemos con ellas.

Como cardiólogo, he decidido dedicar parte de mi tiempo a divulgar información sanitaria a través de redes sociales. No porque considere que un vídeo de treinta segundos pueda sustituir una consulta médica, sino precisamente porque conozco la importancia de que las personas sepan reconocer determinados síntomas y comprendan mejor sus enfermedades.

Explicar cuándo unas palpitaciones pueden ser benignas, qué síntomas deben hacernos sospechar un infarto o qué significa tener el colesterol elevado puede ayudar a tomar mejores decisiones. Un vídeo no permite diagnosticar a un paciente. Pero sí puede conseguir que una persona consulte cuando debe hacerlo, que entienda por qué necesita determinado tratamiento o que deje de creer en soluciones milagrosas. Y eso también es prevención.

La ciencia tiene un problema de comunicación Vivimos en un entorno digital en el que los mensajes sencillos, contundentes y emocionales suelen captar más atención que las explicaciones complejas. Es mucho más fácil conseguir visualizaciones prometiendo que un alimento limpia las arterias que explicando los mecanismos de la aterosclerosis y la importancia de controlar los factores de riesgo cardiovascular.

La medicina, sin embargo, está llena de matices. No siempre podemos responder con un sí o un no. Con frecuencia, la respuesta correcta es "depende". Y ese "depende" resulta difícil de transmitir en un vídeo de pocos segundos. Pero no podemos permitir que la dificultad de explicar la ciencia se convierta en una excusa para renunciar a comunicarla. Quien más sabe de salud no siempre es quien mejor la explica. Y quien mejor la explica no siempre sabe de qué está hablando. Nuestro reto consiste en acercar ambas cosas: conocimiento y capacidad de comunicación. Cuando las críticas vienen de nuestros propios compañeros

Esa paradoja no se limita a los mensajes que circulan por internet: también se aprecia en la forma en la que a veces juzgamos a quienes deciden divulgar.

Quienes dedicamos parte de nuestro tiempo libre a divulgar medicina en redes sociales no solo debemos enfrentarnos a los algoritmos, la desinformación o la dificultad de explicar conceptos complejos. En ocasiones también tenemos que soportar la incomprensión y las críticas de nuestros propios compañeros de profesión. Parece que todavía existe cierto prejuicio hacia el médico que decide ponerse delante de una cámara para explicar cuestiones relacionadas con su especialidad. A veces se interpreta como una búsqueda de protagonismo, una actividad poco seria o una forma de autopromoción incompatible con la medicina tradicional.

Y convendría preguntarnos por qué.

Una conferencia ante cien personas suele asociarse al prestigio profesional; un vídeo educativo que llega a miles, en cambio, todavía puede despertar recelos. ¿No deberíamos revisar ese doble rasero?

¿Por qué valoramos la publicación de artículos científicos, la participación en congresos y la docencia universitaria, pero en ocasiones despreciamos la divulgación dirigida a la población general?

Naturalmente, no toda la divulgación es buena. Existen contenidos médicos superficiales, alarmistas o claramente interesados. Y deben ser criticados, especialmente cuando comprometen la seguridad de los pacientes. Pero una cosa es cuestionar el rigor de un contenido y otra muy distinta desacreditar a un profesional simplemente por decidir comunicar. La crítica científica es imprescindible. El desprecio hacia quien intenta acercar la medicina a la sociedad, no. Quizá deberíamos preguntarnos si nuestro problema es realmente que algunos médicos aparezcan en redes sociales o que todavía no hemos aprendido a valorar esa forma de ejercer nuestra responsabilidad profesional.

¿Y qué responsabilidad tienen los hospitales?

Esta reflexión tampoco debería limitarse a los profesionales individualmente. Los hospitales y las administraciones sanitarias tienen una responsabilidad que, a mi juicio, merece una discusión mucho más profunda. La docencia y la investigación son reconocidas como pilares fundamentales de la actividad médica. Se promueve la participación en congresos, la publicación científica y la formación continuada.

Pero ¿qué ocurre con la divulgación sanitaria dirigida a los ciudadanos? ¿No debería también formar parte de la misión de nuestros centros sanitarios?

Un profesional que dedica tiempo a explicar cómo reconocer un infarto, prevenir enfermedades cardiovasculares o utilizar correctamente determinados tratamientos está realizando una actividad con evidente potencial educativo y preventivo.

Sin embargo, esta labor continúa dependiendo, en gran medida, de la iniciativa individual, del tiempo libre y de los recursos personales de quienes deciden realizarla.

Tal vez haya llegado el momento de que los hospitales dejen de considerar la divulgación sanitaria como una afición personal y empiecen a reconocerla como una actividad profesional que también merece apoyo. No hablo de convertir a los médicos en creadores de contenido por obligación, ni de sustituir la asistencia sanitaria por campañas de comunicación. Hablo de facilitar formación, ofrecer recursos audiovisuales, establecer procedimientos claros para desarrollar estas actividades respetando la confidencialidad y la ética profesional, y reconocer aquellas iniciativas que realmente aporten valor a la sociedad.

La comunicación institucional es importante, pero también lo es permitir que los profesionales sanitarios puedan acercar su conocimiento a la población con rigor y responsabilidad. Un hospital no solo mejora la salud de sus ciudadanos cuando los atiende dentro de sus instalaciones. También puede contribuir a protegerlos cuando les ayuda a comprender mejor su salud antes de que necesiten acudir a ellas. No necesitamos más influencers. Necesitamos mejores referentes

La Organización Médica Colegial ha impulsado iniciativas para facilitar la identificación de profesionales médicos en redes sociales y combatir la desinformación sanitaria. Es un paso en la dirección adecuada. Pero verificar quién es médico constituye solo una parte del problema. También necesitamos que el conocimiento llegue a la sociedad de manera comprensible y atractiva, sin perder su fundamento científico.

La divulgación debe estar sometida a los mismos principios que nuestra actividad asistencial: rigor, honestidad, prudencia, transparencia y respeto por los pacientes. Nunca debería utilizarse la confianza que genera nuestra profesión para difundir mensajes alarmistas, ofrecer diagnósticos individualizados a través de comentarios o promocionar productos sin suficiente respaldo científico.

Sin embargo, exigir responsabilidad es muy diferente de desanimar a quienes deciden participar en esta nueva realidad. No necesitamos médicos que quieran ser influencers. Necesitamos médicos capaces de influir positivamente en la salud de las personas. Y quizá debamos empezar por reconocer algo incómodo: mientras dentro de nuestra profesión seguimos debatiendo si un médico debería aparecer en Instagram, otras personas, con mucha menos formación sanitaria, llevan años ocupando ese espacio sin demasiados complejos.

La conversación sobre salud ya está teniendo lugar en las redes sociales. La pregunta no es si los médicos deberíamos estar allí. La pregunta es si podemos permitirnos no estar.