En Estados Unidos, la cuna de muchísimos avances científicos sanitarios de nuestro tiempo, la opinión pública vive atenta estos días a la polémica política y mediática por las supuestas dos primeras muertes por sarampión en el país durante este 2026.

En la ecuación están metidos los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, los hasta ahora prestigiosos CDC; la propia Administración Trump (que gestiona estos centros de vigilancia epidemiológica); y el gobierno de un estado, Pennsylvania, donde se han producido ambos decesos.

La comunidad científica estadounidense lleva tiempo advirtiendo del peligro que supone llevar las instituciones sanitarias a la arena política, y de los coqueteos del presidente Donald Trump y de su secretario de Estado de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., en torno a los postulados antivacunas. Ahora la discusión se ha simplificado en si los republicanos buscan que estos dos fallecimientos no sean atribuibles al sarampión (y estén presionando a los CDC en este sentido), y en si los demócratas del gobernador de Pennsylvania Josh Shapiro, que suena como próximo candidato presidencial, creen que se deben contabilizar en esa estadística.

En noviembre los estadounidenses votan en las llamadas elecciones de mitad de mandato, un termómetro de popularidad política muy importante en el país, y lo triste es que una circunstancia meramente sanitaria, científica, se ha convertido en algo electoral, despojando al asunto de la objetividad que da el conocimiento. Médicos, farmacéuticos, enfermeros, veterinarios o estadísticos estudian, observan y constatan durante años con el fin de hacer avanzar al ser humano y a su organización social, y todo queda empañado con una duda sembrada en una red social o en una intervención en sala de prensa.

La realidad es que Estados Unidos ha superado ya a mediados de este 2026 los mismos casos de sarampión que registró en 2025, el peor año desde que en 2000 se declarase al país libre de este virus. Un estatus que muchos especialistas creen que le será arrebatado en noviembre por la Organización Panamericana de Salud, a la vista de las estadísticas actuales (roza los 3.000 diagnósticos, con múltiples brotes).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calculó en 2026 que la vacunación ha evitado más de 154 millones de muertes en los últimos 50 años, una cada diez segundos. Es una evidencia monumental que sin embargo personajes sin formación específica se atreven a poner en duda o a elucubrar acerca de ella.

En este embrollo de la discusión 'acientífica' también se van deteriorando los nombres de instituciones que deberían ser intocables, como estos CDC, o la propia OMS, a la que Trump ha decidido recortar fondos, y ha instado a que otros países lo hagan igualmente. Las consecuencias no solo se están viendo en Estados Unidos. En la República Democrática del Congo se lucha contra el que ya se considera el peor brote de ébola de la historia, que ronda las 3.000 muertes y amenaza a otros países por la dificultad para controlarlo, entre otros motivos, por falta de fondos de cooperación internacional.

El mensaje debe ser claro: la discusión científica tiene su ámbito y sus protagonistas muy bien definidos por el conocimiento, y desde luego no es el ruedo político-mediático ni son quienes andan buscando votos debajo de las piedras para soportar sus intereses.

La vacunación es un bien innegable para el ser humano y para la salud animal (el concepto 'One Health' siempre presente, por el bien de todos). Hay que observarla solo con la lupa de la evidencia científica clara y nítida.

No demos pábulo a circos que solo están provocando que vuelvan a golpearnos enfermedades que ya creíamos superadas, y que además ponen en riesgo el avance ante otras que estamos tratando de vencer.