Niño comiendo dulce

Niño comiendo dulce / Imagen de Envato

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La huella del azúcar en la primera infancia: un estudio la vincula con la ansiedad en la vida adulta

Un estudio en Translational Psychiatry analiza el racionamiento histórico de los años 50 para revelar el impacto a largo plazo de la dieta temprana en la salud mental

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Lo que comemos en los primeros años de vida, incluso antes de nacer, podría dejar una huella que llega hasta la edad adulta, y no solo la salud física. Cada vez más investigaciones sugieren que ese periodo temprano, los llamados "primeros 1.000 días" que van desde la concepción hasta los dos años, es una ventana especialmente sensible en la que se moldea el riesgo de sufrir enfermedades décadas después. Ahora, un estudio apunta a que también podría influir en la salud mental, y señala a un sospechoso muy concreto: el azúcar.

La investigación, desarrollada por la Universidad de Surrey (Reino Unido) y publicada en la revista Translational Psychiatry, del grupo Nature, ha aprovechado un peculiar "experimento natural" de la historia británica: el racionamiento de azúcar que estuvo vigente durante y después de la Segunda Guerra Mundial y que terminó en 1953. Al comparar a personas que vivieron ese periodo de restricción en su primera infancia con otras que ya no lo hicieron, los investigadores han encontrado que crecer con menos azúcar en esos primeros meses se asocia a un menor riesgo de padecer ansiedad muchos años después.

De este modo, lo interesante del estudio es precisamente su método. Reproducir en un laboratorio algo así —restringir el azúcar a unos bebés y a otros no, y esperar décadas para ver qué pasa— sería inviable e poco ético. Pero la historia lo hizo por sí sola: el fin del racionamiento en 1953 dividió de forma natural a la población entre quienes pasaron sus primeros 1.000 días con azúcar limitada y quienes ya crecieron con acceso libre a ella.

Así, los investigadores analizaron los datos de 46.448 personas del Biobanco del Reino Unido (UK Biobank), nacidas entre octubre de 1951 y marzo de 1956, y las agruparon según cuánto tiempo habían estado expuestas al racionamiento durante ese periodo crítico. Después cruzaron esa información con los diagnósticos de ansiedad y depresión recogidos en sus historiales médicos.

Un 33% menos de riesgo de ansiedad

Los resultados fueron claros para uno de los dos trastornos. Las personas que habían pasado la totalidad de sus primeros 1.000 días bajo el racionamiento de azúcar presentaron un 33% menos de riesgo de desarrollar ansiedad en la edad adulta, en comparación con quienes apenas estuvieron expuestos a esa restricción. Y ese vínculo se mantuvo sólido incluso después de tener en cuenta la cantidad de azúcar que esas personas consumían ya de adultas, lo que refuerza la idea de que lo determinante fue la exposición temprana.

Con la depresión, en cambio, el panorama fue distinto. Aunque en un primer análisis también aparecía una asociación, esta se debilitó y dejó de ser estadísticamente significativa al afinar los cálculos. Es decir, el efecto protector de la restricción de azúcar se observó de forma robusta para la ansiedad, pero no para la depresión, un matiz que los propios autores subrayan.

El estudio aporta además una posible pista sobre el mecanismo. Quienes crecieron con azúcar racionada mostraron de adultos una menor preferencia por los alimentos dulces, lo que sugiere que la exposición temprana no solo deja una marca biológica, sino que también moldea los hábitos y los gustos alimentarios para el resto de la vida.

Los autores plantean que ese menor apetito por el azúcar podría formar parte de la cadena que conecta la dieta infantil con la salud mental posterior. En conjunto, el trabajo apunta a la importancia de los entornos de desarrollo tempranos a la hora de configurar la salud mental, con una asociación más fuerte para la ansiedad que para la depresión.

¿Qué implica y qué límites tiene?

La principal lectura es que los primeros 1.000 días de vida podrían ser una ventana de oportunidad para la prevención, y que reducir el azúcar en la dieta de embarazadas y bebés, algo que ya recomiendan las guías por otros motivos, quizá tenga beneficios que van más allá de lo físico y alcanzan también a la salud mental.

Conviene, no obstante, leer los resultados con cautela. Se trata de un estudio observacional que muestra una asociación y no una relación de causa y efecto: no demuestra que el azúcar "provoque" ansiedad, sino que ambas cosas aparecen ligadas. Además, se apoya en un contexto histórico muy particular (el racionamiento británico de los años cincuenta) y en una población concreta, lo que obliga a ser prudente antes de extrapolar las conclusiones. Harán falta más investigaciones para confirmar el hallazgo y aclarar por qué la dieta más temprana podría dejar una marca tan duradera en el cerebro.