Ingredientes de una dieta antiinflamatoria

Ingredientes de una dieta antiinflamatoria / Envato

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No es solo la mediterránea: la dieta que protege el cerebro incluso con el Alzheimer ya en marcha

Un estudio publicado en la revista JAMA Network Open detalla cómo este tipo de alimentación reduce un 29% el riesgo de demencia y gana casi un año de autonomía cognitiva a pacientes biológicamente expuestos

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Que una alimentación saludable protege el cerebro no es ninguna novedad. Numerosos estudios llevan años vinculando la dieta mediterránea y otros patrones sanos con un menor deterioro cognitivo. Sin embargo, una de las preguntas más planteadas y a la vez más incómodas tiene que ver con el Alzheimer. ¿Sirve de algo cuidar la dieta cuando el cerebro ya ha empezado a acumular la patología propia del Alzheimer?

Dicho de otro modo, ¿puede la comida frenar o retrasar la demencia en quien ya está biológicamente en riesgo, o a partir de ahí el destino está escrito? En este sentido, un estudio publicado en la revista JAMA Network Open, liderado por investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo, aporta una respuesta esperanzadora a la par que sorprendente.

Tras seguir durante 15 años a 1.865 adultos mayores de 60 años sin demencia, el trabajo concluye que una mayor calidad de la dieta se asocia a un menor riesgo de desarrollarla y que ese efecto protector se mantiene incluso en las personas con niveles elevados de los biomarcadores que anticipan la enfermedad. El matiz clave: en ese grupo de mayor riesgo, el patrón alimentario que se muestra más útil es el de menor potencial inflamatorio.

Un seguimiento de 15 años y tres dietas a examen

La investigación se apoya en la cohorte poblacional sueca SNAC-K, que reclutó a los participantes entre 2001 y 2004 y los examinó de forma repetida hasta finales de la década pasada. A lo largo del seguimiento —de 8,4 años de media—, 240 personas desarrollaron demencia. La particularidad de este estudio es que cruzó dos tipos de información.

Por un lado, la adherencia de cada participante a tres patrones dietéticos saludables:

  • La dieta mediterránea (en su versión AMED).
  • El Índice de Alimentación Saludable Alternativo (AHEI)
  • Un índice que mide el carácter antiinflamatorio de la dieta (rEDII).

Por otro lado, los niveles en sangre de tres biomarcadores que permiten estimar el riesgo neurobiológico:

  • La proteína p-tau217, marcador específico de la patología de Alzheimer.
  • Dos indicadores de daño neuronal e inflamación (NFL y GFAP).

La dieta antiinflamatoria: el hallazgo diferencial

La edad es uno de los principales factores de riesgo del alzhéimer.

La edad es uno de los principales factores de riesgo del alzhéimer.

Aquí está lo verdaderamente novedoso. Cuando los investigadores analizaron a las personas con biomarcadores elevados, es decir, con la maquinaria del Alzheimer ya en marcha, comprobaron que la dieta seguía marcando la diferencia, pero no todas por igual. El patrón que mostró una asociación protectora consistente en ese grupo fue el antiinflamatorio.

Cada incremento de una unidad estandarizada en su seguimiento se relacionó con reducciones del riesgo de demencia del 29% en quienes tenían la p-tau217 alta, del 21% en los NFL elevados y del 27% en los GFAP altos. La dieta mediterránea y el índice de alimentación saludable, en cambio, mostraron su beneficio sobre todo entre las personas con biomarcadores bajos, esto es, con menor carga biológica de la enfermedad.

Es un resultado coherente con la hipótesis de fondo que manejan los autores: la inflamación crónica sería una de las vías por las que la dieta influye en la neurodegeneración, de modo que reducir el componente proinflamatorio de lo que comemos resultaría especialmente relevante cuando la patología ya está presente.

Por otro lado y más allá de los porcentajes de riesgo, el trabajo traduce el beneficio en algo tan tangible como el tiempo. Entre los participantes con biomarcadores elevados, quienes seguían una dieta más antiinflamatoria "perdían" menos años de vida libres de demencia. En el caso de la p-tau217, la diferencia rondó los diez meses (0,89 años) a favor de quienes comían mejor, un margen nada despreciable en una enfermedad que se mide en la capacidad de mantener la autonomía el mayor tiempo posible.

Los autores enmarcan sus conclusiones en una idea que la ciencia viene consolidando: la acumulación de patología de Alzheimer es necesaria para que aparezca la demencia, pero no siempre suficiente para que se manifieste clínicamente. Ahí es donde entran los factores modificables como la dieta, capaces de retrasar la aparición de los síntomas incluso cuando el terreno biológico ya es propicio.

¿Qué implica y qué límites tiene la investigación?

La principal lectura práctica, según los investigadores, es que las estrategias dietéticas de prevención de la demencia no deberían dirigirse solo a la población general, sino también a las personas que ya presentan un riesgo elevado, lo que refuerza la idea de establecer una prevención más especializada.

Sin embargo, conviene leer los resultados con las cautelas que impone su diseño. Se trata de un estudio observacional, que muestra asociaciones y no relaciones de causa-efecto, y con limitaciones que los propios autores reconocen.

Así, la dieta se midió mediante cuestionarios autodeclarados y la muestra estaba compuesta por personas mayores de una zona urbana de Estocolmo, con un nivel educativo y socioeconómico relativamente alto, lo que limita la extrapolación a poblaciones más diversas. Harán falta nuevos trabajos para confirmar los hallazgos y para identificar qué alimentos y nutrientes concretos están detrás del beneficio observado.