Montaje fotográfico: Lucía Sancho.
La democratización de los
teléfonos inteligentes y en consecuencia de las
redes sociales, ha cambiado por completo la forma en la que el ciudadano accede a la información.
Lo que antes requería ir a un establecimiento especializado, a una biblioteca o buscar en la enciclopedia de casa, ahora se resuelve acercando la boca al smartphone y preguntando directamente. Así se sale de dudas en 2026. Pero, ¿de dónde 'bebe' esa inteligencia cuando se trata de dar
respuestas relacionadas con la salud? ¿Y quién está detrás de esos sitios que respaldan esas respuestas exprés a los usuarios?
En este dónde y en este quién nos estamos jugando como sociedad la
educación para la salud de una inmensa mayoría de ciudadanos, que no es otra cosa que el primer escalón educativo que repercute indefectiblemente en nuestro sistema sanitario. Por ejemplo: que un personaje público con miles de seguidores en su perfil social, pero sin formación en
Dermatología, generalice acerca de las bondades de tomar el sol sin protección solar puede desembocar en cientos de casos de cánceres cutáneos. Un perverso efecto mariposa.
Aunque en España se legisló hace pocos años acerca del
rol de los llamados influencers, el vacío sigue siendo tan ancho y profundo como lo es el océano de Internet. Un adolescente puede encargar
online un alineador invisible para sus dientes movido por el algoritmo de una red que le ha mostrado a un influencer que afirma que lo ha probado y funciona. Sin necesidad de que un profesional de la
Odontología le haya explorado ni diagnosticado, en unos días llamará a la puerta de su casa un repartidor con un paquete expedido en el otro lado del mundo, donde las salvaguardas sanitarias además no son las de nuestro país. Una cadena de malas noticias para la salud servida en bandeja a un potencial paciente.
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"Las instituciones de la salud están llegando tarde a los nuevos espacios en los que se está disputando ese mix de conexión emocional y racional que transforma a un ciudadano en un paciente bien informado en salud o en uno mal influido"
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Ante casos así, que son la punta del iceberg de la realidad diaria en España, cabe preguntarse: ¿qué se puede hacer, en qué estamos fallando? Las regulaciones y las prohibiciones seguro que tienen un efecto y un valor necesario, pero su 'jurisdicción' se acaba en el terreno en el que el influencer no cualificado gana
la batalla de la confianza y derrota a la
evidencia científica. Esto sucede seguramente porque las instituciones de la salud están llegando tarde a los nuevos espacios en los que se está disputando ese
mix de
conexión emocional y racional que transforma a un ciudadano en un paciente bien informado en salud o en uno mal influido.
Por ahora buena parte de esa pelea la están venciendo los influencers no cualificados, aventajados en el arte de la
creación de contenidos para conseguir que los
algoritmos les premien con más visibilidad. Por eso influyen, porque están ganando el relato comunicando de una forma más novedosa, atractiva y directa.
Por el momento solo son la resistencia los propios profesionales de la salud, que de forma individual están parando el golpe divulgando con sus medios al alcance, de una forma casi amateur en cuanto a comunicación se refiere, movidos en la mayor parte de los casos por un
afán científico y social.
Y ante este panorama entra en liza la responsabilidad de
Ministerio y Consejerías de Sanidad,
Colegios Profesionales,
Sociedades Científicas y demás corporaciones sanitarias; parte ineludible de su quehacer debe ser 'personarse' en este escenario virtual y ganar la confianza del ciudadano. Ya no vale con campañas puntuales que se ponen circunstancialmente en las marquesinas de los autobuses para cubrir el expediente. Tienen que estar de verdad en los
entornos digitales donde ahora se genera influencia, con mensajes adaptados al lenguaje actual que capta la atención. Solo así se desterrará a esos impostores que en realidad no aconsejan, buscan exclusivamente monetizar el
like.
Este es
el reto de la educación para la salud que nos toca vivir; y si no se atiende, lo pagaremos con la enfermedad y sus nefastas consecuencias.
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