El Gobierno de España ha anunciado que le retirará la Gran Cruz de la Sanidad por su rol en el franquismo

Vallejo-Nájera, el médico que convirtió al adversario político en enfermo
Antonio Vallejo-Nájera, psiquiatra y militar.


La retirada por parte del Gobierno de la Gran Cruz de la Sanidad a Antonio Vallejo-Nájera reabre una de las páginas más oscuras de la medicina española del siglo XX: la del médico militar y psiquiatra que puso su prestigio científico al servicio del franquismo, defendió una eugenesia propia de la “Hispanidad” y contribuyó a patologizar al adversario republicano como si fuera un problema biológico, moral y racial.

Antonio Vallejo-Nájera no fue un personaje marginal. Nacido en Paredes de Nava, Palencia, en 1888, se licenció en Medicina en Valladolid en 1909, ingresó después en la Academia médico-militar y desarrolló una carrera ligada desde el inicio a la Sanidad Militar. El documento biográfico incluido en la edición de Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza recoge también su paso por Marruecos, su destino en Berlín como agregado a la Embajada española en la comisión militar inspectora de campos de prisioneros y su posterior vinculación con la psiquiatría militar, hasta llegar a Ciempozuelos. Ese mismo documento señala que en 1947 ganó la primera cátedra de Psiquiatría de la universidad española, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid.

Su trayectoria científica y académica, sin embargo, quedó inseparablemente unida a una concepción política de la medicina. Antes de la Guerra Civil ya había situado en el centro de su discurso la “higiene de la raza”. En 1932 publicó en Acción Española el artículo Ilicitud científica de la esterilización eugénica y en 1933 leyó un discurso sobre “La higiene de la raza” desde el punto de vista psiquiátrico; en 1934, en la IV Semana Nacional de Higiene Mental, intervino sobre “La higiene mental de la raza”.

Ese ideario cristalizó en la ya mencionada Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza, obra publicada en Burgos en 1937, en plena Guerra Civil. En sus palabras preliminares, el propio Vallejo-Nájera explica que las galeradas del libro quedaron sobre su mesa al “abandonar nuestro hogar, el 18 de julio, para incorporarnos al glorioso Movimiento Nacional”. En ese texto presenta la guerra como una oportunidad de regeneración y contrapone la “aristocracia” de los “caballeros de la Hispanidad” a la “plebeyez moral” de los “peones del marxismo”.

La clave de su pensamiento no era solo médica, sino política y moral. En Eugenesia de la Hispanidad, Vallejo-Nájera sostiene que la política racial debía actuar sobre un pueblo que, a su juicio, había sido degradado por influencias filosóficas, democráticas y marxistas. En una de las formulaciones más claras de esa mezcla entre medicina, moral y política, defiende una “lucha higiénica” contra los “gérmenes morbosos” que, según él, carcomían la raza hispana, y compara el aislamiento de enfermos infecciosos con la necesidad de aislar a quienes contaminaban el cuerpo social con “ideas disolventes”.

El análisis Hacer Memoria (una colección de guías prácticas y pedagógicas promovida por la Secretaría de Estado de Memoria Democrática  y coordinada por Antonio La fuente y Francisco Ferrándiz, ambos investigadores del CSIC) resume esa operación ideológica con precisión: la obra de Vallejo-Nájera es presentada como uno de los mejores ejemplos de la patologización del adversario político desde la medicina y la psiquiatría del siglo XX. Según este documento, el médico convirtió a los defensores de la República en “enemigos biológicos” de la nación, elementos anormales y peligrosos que amenazaban con corromper la pureza de la raza.

Esa teoría no quedó encerrada en los libros. El mismo análisis señala que Vallejo-Nájera, como jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares, recibió autorización firmada por Francisco Franco para poner en marcha en 1938 el Gabinete de Investigaciones Psicológicas. Su material de estudio fueron prisioneros de guerra de los campos de concentración franquistas, entre ellos el de San Pedro de Cardeña, en Burgos. El objetivo era estudiar las “raíces biopsíquicas del marxismo” y probar que los marxistas y simpatizantes de la República eran, en realidad, enfermos mentales.

Experimentos médicos en busca del marxismo


El artículo 'La psicología de las mujeres republicanas según el Dr. Antonio Vallejo Nájera', publicado en la Revista de Historia de la Psicología, coincide en esa lectura. Sus autoras sostienen que, en plena Guerra Civil, Vallejo-Nájera realizó experimentos con hombres y mujeres republicanos en campos de concentración y que su intención, siguiendo órdenes de Franco, fue buscar las raíces biopsíquicas del marxismo, descritas en el texto como el intento de encontrar el “maligno gen rojo”.

Según ese mismo trabajo, el régimen franquista hizo uso institucional de las teorías eugenésicas para denigrar al bando perdedor y justificar la represión. Cárceles y campos de concentración sirvieron para recoger información con la que se pretendía demostrar “científicamente” que republicanos, brigadistas, comunistas o anarquistas eran débiles mentales, o que las mujeres antifranquistas eran “dementes ninfómanas genéticamente taradas”.

El caso de las mujeres republicanas revela además el componente misógino de su pensamiento. Vallejo-Nájera tituló uno de sus estudios Investigaciones psicológicas en marxistas femeninos delincuentes, realizado en la prisión de mujeres de Málaga junto al teniente médico Eduardo M. Martínez. Entre las presas analizadas había 33 condenadas a muerte, diez a reclusión perpetua y siete a penas de entre diez y veinte años. En ese estudio llegó a diagnosticar a 13 mujeres como “libertarias congénitas” y “revolucionarias natas”.

La mirada de Vallejo-Nájera sobre esas mujeres estaba atravesada por estereotipos de género. El artículo recoge que el médico atribuía la participación femenina en la revolución marxista a una supuesta debilidad del equilibrio mental, menor resistencia a las influencias ambientales, inseguridad del control de la personalidad, crueldad y apetencias sexuales latentes. Las autoras concluyen que esa contaminación con los estereotipos más burdos sobre el género femenino ocasionó un enorme dolor a miles de mujeres y condicionó cruelmente su presente y su futuro.

Impulsor de la separación de madres e hijos


La consecuencia más trágica de ese cuerpo doctrinal fue, según el mismo artículo, la separación de niños y niñas de sus familias. Las autoras explican que, en las prisiones, las madres solo podían estar con sus hijos hasta los tres años y que, a partir de esa edad, si no había familiares fuera de la cárcel que pudieran hacerse cargo, los menores podían acabar en un orfelinato del Auxilio Social o en una institución religiosa, donde la familia acostumbraba a perder su rastro. El texto vincula esa práctica con la legitimación “científica” derivada de los “descubrimientos” de Vallejo-Nájera sobre la personalidad de los marxistas.

El perfil que dibujan los documentos es, por tanto, el de un médico con poder institucional, formación psiquiátrica y prestigio académico que contribuyó a dotar de apariencia científica a una operación política: presentar al vencido como enfermo, al republicano como degenerado, a la mujer emancipada como desviada y a la represión como un instrumento de regeneración nacional.

Su legado no se limita a una obra doctrinal de época, pues el ya mencionado Hacer Memoria subraya que los discursos parapsiquiátricos y pseudocientíficos de Vallejo-Nájera legitimaron la represión de aquella parte de la población española que no pensaba como los vencedores. También afirma que, tras la guerra, las instituciones operaron según esa ideología y adoctrinaron en los valores de la “España eterna”, mientras mujeres y niños de los vencidos tuvieron que subordinarse para integrarse en el nuevo orden.
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