María, pediatra y paciente con migraña crónica.

María, pediatra y paciente con migraña crónica.

Medicina

La realidad de ser pediatra y convivir con migraña crónica: "Ahora sé lo que es estar al otro lado"

En el Día de Acción contra la Migraña, María comparte su experiencia después de años de síntomas, incertidumbre y tratamientos y explica cómo ha aprendido a adaptar su vida a una enfermedad que todavía sigue siendo poco comprendida y que reclama mayor visibilidad, también dentro de la profesión sanitaria

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Los episodios de vómitos llegaron cuando María tenía nueve años. Eran tan fuertes que terminaban llevándola al hospital sin que nadie supiera muy bien por qué se repetían. "Yo seguía con mi vida, sin sentirme especialmente limitada, los había normalizado", recuerda esta pediatra a Redacción Médica. Pero aquel primer síntoma era solo el principio de una enfermedad crónica que tardaría años en tener nombre. Con el tiempo, los episodios se hicieron más frecuentes, hasta aparecer cada semana, y a ello se sumaron dolores de cabeza, auras y dificultades para hablar o moverse. "Fue durante mi residencia cuando ya no pude más y tuve que parar", señala la sanitaria, quien llegó a sufrir una desnutrición severa y tuvo que ser ingresada.

Hasta que finalmente llegó el diagnóstico de migraña crónica. "Sentí mucho alivio", reconoce. Hoy, pese a sus limitaciones, esta pediatra convive con el dolor y los vómitos prácticamente a diario y sigue necesitando varios tratamientos preventivos. Pero también subraya cómo ha conseguido adaptar su vida a la enfermedad y a su trabajo. "Ahora sé lo que es estar al otro lado", afirma. Mira hacia un futuro en el que su realidad, como la de muchas otras personas con migraña crónica, sea cada vez más visible y comprendida, incluso dentro de la propia profesión sanitaria.

Cuando el cuerpo habla: "A veces parece tu enemigo, pero es el que te está protegiendo"

Durante años, María aprendió a convivir con las señales de su cuerpo sin detenerse demasiado a escucharlas. Los vómitos aparecían, desaparecían y volvían a formar parte de su rutina. Mientras, ella continuaba con sus estudios, con sus planes y con su vida cotidiana. "Estaba muy acostumbrada a tener dolor, a vomitar y a seguir", explica.

Pero la situación empeoró cuando llegó a la residencia en Pediatría. Cuenta cómo el aumento de la frecuencia de los episodios hizo cada vez más difícil mantener las guardias y el ritmo de trabajo. "Yo iba a trabajar aunque no me encontrara bien. No sé ni cómo lo logré sacar hacia delante, supongo que por vocación", admite. Incluso llegaba a pasar días con dificultades para hablar o caminar con normalidad. Su cuerpo le estaba diciendo que "algo no iba bien", pero ella reconoce que "no lo escuchaba".

Hasta que llegó un momento en el que ya no pudo seguir ignorándolo. Los vómitos eran cada vez más frecuentes y comenzó también a tener dificultades para comer, hasta el punto de que su estado nutricional se deterioró de forma grave. Aquella situación terminó obligándola a ingresar y a apartarse durante meses de su formación. "El cuerpo a veces parece tu enemigo, pero también es el que te está protegiendo", reflexiona la sanitaria, que lo recuerda como uno de los momentos más duros.

"Yo iba a trabajar aunque no me encontrara bien. No sé ni cómo lo logré sacar hacia delante, supongo que por vocación"

Ser pediatra y paciente al mismo tiempo

El diagnóstico llegó después de años de incertidumbre y con un debut bastante tardío. "Sentí mucho alivio y que se terminaba el miedo de no saber lo que ocurre", relata. A partir de entonces comenzó también otra etapa: la de aprender a convivir con ella como paciente. Su migraña es crónica y refractaria, por lo que necesita varios tratamientos preventivos y ha recibido, entre otras terapias, toxina botulínica. Ahora está a punto de comenzar también un tratamiento biológico con la esperanza de conseguir un mayor control de los síntomas. "Tengo que estar continuamente con medicación", detalla.

Vivir al otro lado de la consulta también ha transformado su manera de ejercer la Pediatría. María conoce lo que significa esperar una respuesta, no encontrarla durante años, depender de un tratamiento o tener que explicar que algo duele aunque desde fuera no se perciba. "Ahora sé lo que es estar al otro lado. Miro a mis pacientes de una manera diferente", afirma la sanitaria, aunque a veces corra el peligro de llevárselo al terreno más personal. "Las situaciones te pueden afectar más", explica. Ser médica, asegura, "no le ha hecho vivir el proceso de una forma más sencilla", pero sí le ha dado herramientas para poder entenderlo.

La migraña también le ha enseñado a escuchar su cuerpo y aceptar sus propios límites. En su caso, ha tenido que adaptar su vida laboral, reducir su jornada y buscar una mayor flexibilidad para poder continuar trabajando. "He aprendido a que no todos los días puedo hacer lo mismo", señala la sanitaria, que también agradece las facilidades del centro de salud donde trabaja y la comprensión de sus compañeros. Para ella, seguir siendo pediatra mientras convive con una enfermedad crónica es también una manera de demostrar que ambas facetas pueden convivir: la de quien cuida y la de quien, en ocasiones, necesita ser cuidado.

"Sentí mucho alivio y que se terminaba el miedo de no saber lo que ocurre"

Dar voz a una enfermedad crónica todavía invisible

Para María, uno de los principales problemas de la migraña crónica sigue siendo que "no se ve". Hay días en los que puede parecer que todo está bien, mientras por dentro el dolor, los vómitos o el cansancio hacen que incluso lo más sencillo cueste. "Es una lucha interna constante", destaca. Esa falta de signos visibles puede hacer que la enfermedad se minimice y que quienes la padecen tengan que justificar una y otra vez por qué algo les resulta imposible.

La pediatra considera que todavía existe un importante desconocimiento, incluso entre los profesionales sanitarios. "A veces se piensa que una migraña es solo un dolor de cabeza y no es así", señala. Por eso reivindica que se hable más de la enfermedad y de su impacto real en la vida de los pacientes. En este sentido, señala cómo los testimonios en redes sociales y en los medios "están ayudando a que más personas puedan reconocerse en esas experiencias". Que una enfermedad que durante años ha permanecido en segundo plano empiece a tener rostro y voz.

Convivir con la migraña ha cambiado su manera de mirar la vida. María ha aprendido a detenerse en momentos que antes daba por sentados: una conversación, un paseo, una comida, una llamada o un abrazo. "Me ha enseñado a valorar mucho más las pequeñas cosas", cuenta. Y desde esa experiencia quiere lanzar un mensaje a quienes atraviesan una situación similar: "No estamos solos, no somos menos y no somos raros". Tener migraña crónica, reivindica, no debería impedir aspirar a una vida digna, independiente y feliz.