Olga, enfermera y futura especialista en Familia y Comunitaria.
Tres años encadenando contratos de días como enfermera: "Me ducho con el móvil al lado por si me llaman"
Olga lleva tres años encadenando contratos temporales sin generar vacaciones ni saber cuándo volverán a llamarla, una realidad que comparten miles de enfermeras en España
Hace tiempo que Olga olvidó lo que es poder irse de vacaciones. Desde que se graduó en Enfermería hace tres años, sus veranos son siempre iguales. "Al estar encadenando contratos de corta duración muchas veces no te da tiempo a generar días de vacaciones o de libre disposición", afirma a Redacción Médica. Reconoce que echa de menos, aunque sea, tener una semana libre. "Y sin que eso signifique tener que doblar turnos a mis compañeras para poder cogérmela", añade.
Si hay algo que no le gusta nada en esta vida son las comparaciones, aunque inevitablemente peque de ellas. "Me pasa mucho con mis amigas o mi novio. Veo que desde que terminaron su carrera han tenido contratos estables y vacaciones. Pueden organizarse su día a día con antelación", afirma la enfermera, que también señala lo frustrante que es no saber si tendrás trabajo la semana que viene. La historia de Olga no es un caso aislado, sino la realidad de muchos profesionales de la Enfermería que, pese a la falta de profesionales en el Sistema Nacional de Salud, continúan encadenando contratos de días o semanas, junto con una incertidumbre que acaba condicionando todos los aspectos de su vida.
Olga vive pendiente del siguiente contrato
Tras graduarse como enfermera en 2023, Olga comenzó a trabajar en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) con un contrato al 100% de jornada que se prolongó hasta finales de septiembre. Pero aquella estabilidad duró apenas unos meses. Desde entonces, ha ido encadenando una sucesión de contratos temporales, muchos de ellos con reducciones de jornada del 16 o del 33%.
"Muchas veces tenías que ir preguntando a compañeras de trabajo o a través de grupos de WhatsApp o supervisores si les faltaba personal en su servicio para poder intentar conseguir un 100% de jornada", recuerda. Aunque reconoce que, al vivir con sus padres, no se veía obligada a buscar jornadas completas por razones económicas, sí asegura que ha visto de cerca la situación de compañeros con hijos o hipotecas que sí dependían de enlazar contratos para llegar a fin de mes. "No imagino lo mal que lo habrán tenido que pasar hasta poder llegar a tener un contrato estable", lamenta.
En la actualidad trabaja en un centro de salud, donde lleva dos años y medio de forma discontinua. Allí llegó a través de la bolsa de empleo con un contrato de apenas una semana y, desde entonces, la supervisora la llama para cubrir vacaciones, incapacidades temporales o permisos de formación. "Aunque llevé aquí un año seguido, no genero vacaciones ni días libres", señala. Sus contratos continúan siendo de días o semanas, ya que dependen de la ausencia puntual de otros compañeros.
La incertidumbre laboral la obliga a vivir pegada al teléfono por miedo a perder una oferta o ser penalizada. "Ha habido ocasiones en las que me he ido a caminar por la sierra y, al volver, pensaba en qué habría pasado si me hubieran llamado. Incluso me duchaba con el móvil conectado a un altavoz para no dejar de escucharlo", relata.
"Muchas veces tenías que ir preguntando a compañeras de trabajo o a través de grupos de WhatsApp o supervisores si les faltaba personal en su servicio para poder intentar conseguir un 100% de jornada"
La temporalidad también pasa factura en el hospital
Cada nuevo contrato suele implicar también un nuevo servicio, nuevos compañeros y protocolos diferentes, siendo la otra cara de empezar constantemente de cero. "Llegar a un servicio donde nunca has trabajado y donde no conoces a nadie se vuelve un lugar hostil", reconoce. A esa sensación se suma la presión de tener que adaptarse en pocos días y el temor a no ofrecer a los pacientes la atención que merecen. "Sientes que retrasas al resto del equipo y que no le estás brindando a los pacientes los cuidados con la calidad que se merecen", añade Olga.
El desgaste que esta situación genera en los propios profesionales que enseñan a la gente nueva es otra de las consecuencias. "Ponen todo su empeño en enseñar los protocolos, el manejo de la medicación o los cuidados de enfermería y, cuando por fin empiezas a desenvolverte, te cambian de servicio o te finalizan el contrato", lamenta. Una dinámica que, en su opinión, acaba generando "una sensación de frustración desmedida" en los que se van y en los que se quedan.
Olga asegura que esta frustración también llega a los pacientes, especialmente en Atención Primaria. La sanitaria critica que la continua rotación dificulta crear un vínculo de confianza y dar continuidad a los cuidados. "Muchos pacientes te preguntan esperanzados si te vas a quedar en esa plaza y, cuando les dices que no, agachan la cabeza, cansados de no tener una figura de referencia", añade. Además, advierte de que incorporar constantemente a profesionales que desconocen la dinámica de cada servicio también puede repercutir en la seguridad del paciente.
"Muchos pacientes te preguntan esperanzados si te vas a quedar en esa plaza y, cuando les dices que no, agachan la cabeza, cansados de no tener una figura de referencia"
El EIR, una oportunidad para buscar estabilidad
En medio de la incertidumbre laboral, Olga también ha encontrado un objetivo que le permite mirar al futuro, preparar el EIR. Y, en ese camino, reconoce que el apoyo de sus compañeros y de su supervisora ha sido fundamental. "Fueron los que, desde el minuto 0, me animaron a hacerlo", comenta agradecida.
Para facilitarle el estudio, su supervisora reorganizó sus turnos y la dejó trabajando de tardes durante el verano. De esta forma, puede aprovechar las mañanas para preparar el examen y llegar al trabajo con la sensación de haber cumplido con ambas responsabilidades. Aun así, reconoce que compaginar los contratos temporales con el estudio exige renunciar a buena parte de su tiempo libre y que, durante buena parte del tiempo, echa de menos.
Quiere conseguir una plaza en la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria, preferiblemente en Madrid, aunque no descarta trasladarse si no hay alternativa. Tampoco Olga quiere olvidarse de quienes se enfrentan al mismo reto en condiciones más difíciles. "Hay miles de compañeros que tendrán que mantener sus jornadas a tiempo completo y estudiar a la vez para poder pagar las facturas", asegura. En ese sentido, Olga se siente una privilegiada.
Faltan enfermeras, sobran contratos precarios
Olga no pide una plaza caída del cielo nada más terminar la carrera, pero sí critica que, si faltan 100.000 enfermeras en España para alcanzar la ratio que marca la Unión Europea y la falta de personal es una constante en los servicios donde ha trabajado, "es difícil comprender cómo hay tantos compañeros que mantienen contratos de un día o un mes, en vez de intentar cubrir esas vacantes que faltan".
A su juicio, el problema no radica únicamente en la escasez de profesionales, sino en las condiciones con las que se les contrata. "Ahora tenemos la 'suerte' de que la disponibilidad de contratos es mayor, pero las condiciones siguen siendo deplorables", denuncia. Lo ejemplifica en la obligación de vivir pendiente del teléfono las 24 horas del día o aceptar un contrato sin conocer siquiera el servicio al que te destinan.
También critica prácticas como rescindir contratos los viernes para volver a dar de alta a los profesionales los lunes y evitar así el pago del fin de semana. Una situación de precariedad que, según subraya la enfermera, empuja a muchos compañeros a buscar oportunidades fuera de España. "Todos conocemos a algún compañero que decidió irse a otro país porque le ofrecían mejores condiciones", afirma. Aun así, ella ha optado por quedarse y seguir trabajando en la sanidad pública, convencida de que el sistema solo mejorará si quienes creen en él siguen luchando por cambiarlo.