Qué es un colapso sanitario y, sobre todo, qué no lo es.
Médico, gestor y exsecretario general del sindicato Amyts
"Una crisis no es simplemente un momento de presión; es el punto de quiebre donde la estructura deja de sostener el peso de la realidad."
El término "colapso sanitario" se ha convertido en una expresión recurrente, a menudo utilizada para describir situaciones de alta presión en los sistemas de salud. Sin embargo, su uso indiscriminado corre el riesgo de vaciarlo de significado, convirtiéndolo en una etiqueta alarmista que no se corresponde con la complejidad de la realidad asistencial. Los recientes acontecimientos en Ceuta, donde una crisis migratoria puso a prueba los recursos sanitarios, ofrecen un escenario idóneo para diseccionar qué es y qué no es un verdadero colapso, y para entender la delgada línea que separa la "tensión" del "caos".
Para comprender la situación en Ceuta, es esencial partir de un hecho estructural: la gestión sanitaria en la ciudad autónoma depende del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria (INGESA), una entidad gestora de la Seguridad Social que, a diferencia de la mayoría de las comunidades autónomas, no tiene las competencias de salud transferidas. Esto significa que es el Estado quien debe responder directamente ante picos de demanda, como el ocurrido tras la llegada masiva de personas migrantes, y debe hacerlo con una estructura y recursos diseñados para una población estable, no para una crisis humanitaria de esa magnitud.
Desde el inicio de la crisis migratoria en julio de 2026, los servicios de salud de Ceuta se enfrentaron a un incremento exponencial de la demanda asistencial. El primer día, se atendió a 1.149 personas inmigrantes, una cifra que desbordó la actividad habitual. Sin embargo, y este es un dato fundamental para entender la diferencia entre colapso y presión, el sistema respondió. Los datos del INGESA muestran que, en días posteriores, las asistencias descendieron de forma significativa, pasando de 463 a 305 en una sola jornada, consolidando una tendencia a la baja que refleja la "eficacia del dispositivo especial desplegado y la progresiva normalización de la actividad asistencial”. Esto es un indicio de un sistema que se tensa pero que no se rompe, que activa sus mecanismos de refuerzo y logra readaptarse a la nueva realidad.
En este contexto, las declaraciones de la ministra de Sanidad, Mónica García, son esclarecedoras. En su visita a Ceuta, la ministra fue tajante al negar que la ciudad estuviera viviendo un "colapso sanitario", prefiriendo utilizar términos como "tensión y sobreesfuerzo”. Para sustentar su afirmación, ofreció datos concretos: el hospital universitario operaba con una ocupación de aproximadamente la mitad de sus camas, habiendo ampliado su capacidad de 175 a 212 plazas. "Esto no es una situación de colapso del sistema sanitario en sí mismo", afirmó, señalando que el riesgo epidemiológico principal recaía sobre la población migrante hacinada, no sobre la población general ceutí.
Estas declaraciones nos permiten construir una definición operativa de lo que no es un colapso. No es colapso cuando un sistema, aunque sometido a una presión extrema, logra mantener sus funciones esenciales: atender urgencias, hospitalizar a los pacientes que lo requieren y seguir prestando servicio a su población habitual. Los datos de asistencias, el número de ingresos hospitalarios (con un solo paciente en UCI) y la capacidad de activar dispositivos extraordinarios apuntan a que el sistema se encontraba en un estado de "presión asistencial" severa, pero no de un colapso total. Una crisis sanitaria, como se define en la literatura, implica un "desequilibrio o déficit prestacional de la cadena asistencial" que conlleva "un consecuente aumento de riesgo de muerte de pacientes”. Si bien la situación era crítica, no se alcanzó ese umbral de fracaso sistémico y letalidad.
Un verdadero colapso sanitario se caracteriza por la incapacidad total del sistema para gestionar la demanda, llevando a una situación donde la atención médica de calidad se vuelve imposible para una gran parte de la población. Esto se traduce en la saturación de las urgencias hasta el punto de no poder atender nuevos casos, la falta de camas en UCI que obliga a derivar pacientes a otras ciudades o a tratarlos en pasillos, la escasez crítica de personal sanitario exhausto y, el indicador más terrible, un aumento en la mortalidad evitable. No es simplemente una cuestión de "estar muy ocupados"; es la ruptura del contrato social básico de la sanidad pública: garantizar la atención cuando más se necesita.
La situación en Ceuta no debe minimizarse. Fue, sin duda, una crisis humanitaria y un desafío mayúsculo para la organización sanitaria, con "áreas especialmente tensionadas" como las urgencias y ciertas plantas. La llegada de 5.800 inmigrantes en 15 días supuso un shock que reveló la fragilidad de la planificación para situaciones de emergencia. Sin embargo, la respuesta del INGESA y la capacidad del hospital para mantener su funcionalidad sugieren que, aunque al límite, no se produjo el colapso. La diferencia clave residió en la capacidad de adaptación, el refuerzo de los equipos y la posibilidad de absorber el pico de demanda sin que el sistema dejara de funcionar.
Definir qué es un colapso sanitario es tan crucial como definir qué no lo es. No es un término que deba usarse a la ligera, pues su banalización puede generar pánico injustificado y erosionar la confianza en las instituciones. El caso de Ceuta demuestra que un sistema puede estar al borde del precipicio, con profesionales trabajando al límite y enfrentando una situación de extrema complejidad, y, sin embargo, no colapsar. La distinción entre "tensión" y "colapso" no es un mero juego de palabras; es un diagnóstico preciso que determina el tipo de respuesta necesaria y la magnitud de la emergencia. La experiencia de Ceuta sirve como un recordatorio aleccionador: la resiliencia de un sistema sanitario no es infinita y la próxima vez, el margen podría ser aún más estrecho. El desafío, entonces, no es solo gestionar la crisis del presente, sino aprender de ella para que el sistema no tenga que jugar a la ruleta rusa con la salud de los ciudadanos.