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Vacuna del herpes zóster: el hallazgo inesperado que previene infartos en mayores de 60 años

Un estudio con más de 72.000 personas en EEUU revela que se asocia a un menor riesgo de infarto, insuficiencia cardiaca y, en algunos casos, de ictus

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La sustitución de la vacuna viva contra el herpes zóster por la vacuna recombinante en Estados Unidos ha dejado al descubierto un efecto inesperado. Un estudio publicado en Nature Medicine muestra que las personas mayores de 60 años que recibieron la nueva vacuna tuvieron menos problemas cardiovasculares. En concreto, los autores explican que "se asoció con una disminución del 9 por ciento en la carga de enfermedad cardiovascular a lo largo de 7 años", una diferencia que, aunque parezca pequeña, podría traducirse en miles de casos evitados si se confirma en ensayos clínicos.

Este hallazgo fue posible gracias a un cambio brusco en la práctica clínica. En octubre de 2017, EEUU dejó de usar la vacuna viva y pasó a administrar casi exclusivamente la vacuna recombinante, más eficaz contra el herpes zóster. Ese cambio permitió comparar a dos grupos de personas que habían decidido vacunarse -evitando así el sesgo habitual entre vacunados y no vacunados- pero que recibieron vacunas distintas solo por la fecha en la que acudieron al centro sanitario.

Un experimento natural y resultados claros

El estudio analizó a más de 72.000 personas mayores de 60 años. La mitad se vacunó entre abril y septiembre de 2017, cuando casi todos recibían la vacuna viva. La otra mitad lo hizo en los mismos meses de 2018, cuando la vacuna recombinante ya era la opción predominante. Al comparar ambos grupos, los investigadores vieron que quienes recibieron la vacuna recombinante tuvieron menos infartos, menos insuficiencia cardiaca y, en el caso de los hombres, menos ictus isquémicos.

La reducción del riesgo no fue enorme, pero sí consistente: un 10 por ciento menos de cardiopatía isquémica y un 12 por ciento menos de insuficiencia cardiaca. También se detectó una menor aparición de fibrilación auricular, una arritmia frecuente en personas mayores. Los autores destacan que estos resultados se mantuvieron en distintos análisis y que no se explican por diferencias previas entre los grupos, ya que ambos tenían perfiles de salud similares antes de vacunarse.

¿Por qué podría ocurrir este efecto?

Aunque la vacuna recombinante protege mejor frente al herpes zóster, esa diferencia no basta para explicar el efecto observado en el corazón. De hecho, la diferencia en casos de herpes zóster entre ambas vacunas fue mínima durante los primeros años, mientras que la protección cardiovascular apareció muy pronto.

La hipótesis más plausible es que la vacuna recombinante, que incluye un adyuvante llamado AS01, provoca una respuesta inmunitaria que reduce la inflamación de forma temporal. La inflamación crónica es un factor conocido en el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, y estudios previos han mostrado que este adyuvante puede disminuir la actividad de moléculas inflamatorias como la interleucina 6. Si la vacuna modula esa inflamación durante un tiempo, podría explicar por qué el beneficio aparece pronto y se va diluyendo con los años.

Implicaciones y próximos pasos

Los autores insisten en que el estudio no demuestra causalidad, pero sí aporta una señal sólida que merece investigarse. No se encontraron diferencias en la mortalidad no cardiovascular, ni en el uso de servicios preventivos, ni en diagnósticos que actuaron como controles negativos. Tampoco hubo indicios de que los resultados se debieran a cambios en la atención sanitaria entre 2017 y 2018.

Si futuros ensayos clínicos confirmaran este efecto, el impacto sería considerable. En un país como Estados Unidos, una reducción absoluta del 0,8 por ciento en eventos como infarto o insuficiencia cardiaca entre adultos mayores podría evitar cientos de miles de casos. Además, abriría una línea de investigación sobre cómo ciertas vacunas podrían tener beneficios adicionales más allá de su objetivo principal.