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Longevidad

¿El grupo sanguíneo O ayuda a vivir más? Lo que realmente dice la ciencia sobre sangre y longevidad

Una investigación de Stanford vinculó el grupo O con la longevidad excepcional, aunque una revisión de 2026 matiza el hallazgo

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Cada cierto tiempo vuelve a circular la misma idea: quienes tienen el grupo sanguíneo O contarían con una ventaja para vivir más años. Y, a diferencia de otras afirmaciones sobre salud, esta tiene una base científica real. Parte de una investigación de la Universidad de Stanford que rastreó el ADN de cientos de personas centenarias en busca de las claves genéticas de la longevidad y encontró, entre ellas, un dato llamativo: los más longevos eran del grupo O con algo más de frecuencia que el resto de la población.

Sin embargo, la clave está en cómo se interpreta ese hallazgo. Ni el estudio es reciente —se publicó en PLOS Genetics en 2015— ni concluyó que el grupo O “alargue la vida”. Lo que detectó fue una asociación estadística, no una relación de causa y efecto. De hecho, una revisión científica de 2026 ha venido a matizar esa lectura y a situar el sistema ABO en su contexto, el de un factor más entre muchos, por detrás de otros genes y, sobre todo, de los hábitos de vida. Esto es lo que de verdad sabemos sobre la sangre y la longevidad.

¿Qué encontró el estudio de Stanford?

El equipo de Kim analizó el genoma de 801 personas centenarias del New England Centenarian Study, junto a una cohorte más amplia de mayores de 90 años, y lo comparó con el de miles de controles más jóvenes. Para exprimir los datos, los investigadores emplearon un método bautizado como iGWAS, un rastreo genómico “informado” por las enfermedades asociadas a la edad, que permite detectar señales que un análisis convencional pasaría por alto.

El resultado fue la identificación de cuatro regiones del genoma vinculadas de forma robusta a la longevidad excepcional: APOE/TOMM40 —la más potente y conocida, relacionada con el alzhéimer y el riesgo cardiovascular—, CDKN2B, SH2B3 y el locus ABO, que determina el grupo sanguíneo. Con un análisis genético estándar, de hecho, solo APOE habría alcanzado significación estadística; las demás, incluida la del grupo sanguíneo, emergieron gracias al nuevo enfoque.

Pero, ¿por qué aparece el grupo 0? La explicación más aceptada no es que la sangre del grupo 0 tenga un efecto mágico, sino que ese grupo se asocia a un perfil de salud ligeramente más favorable. La literatura científica lleva tiempo vinculando el grupo O con un menor riesgo de enfermedad coronaria, de ciertos tipos de cáncer y con niveles más bajos de colesterol y de algunos factores de coagulación e inflamación.

Dicho de otro modo: si el grupo O protege un poco frente a las principales causas de muerte, es razonable que esté algo sobrerrepresentado entre quienes llegan a los 100 años. Esa ventaja, eso sí, es modesta. El propio diseño del estudio deja claro que el grupo sanguíneo es uno más entre varios factores genéticos, y que su peso es muy inferior al de otros como APOE.

La clave que lo cambia todo

Sin embargo, hay que destacar que los centenarios sean con más frecuencia del grupo O no significa que ser del grupo O vaya a hacer que alguien viva más. Se trata de una correlación observada en una población concreta, no de una relación causal demostrada, y extrapolarla a una persona individual carece de sentido: nadie va a vivir más años por su tipo de sangre.

En esa línea se pronuncia una revisión narrativa sobre el sistema ABO y el deterioro orgánico publicada en 2026 en la revista Mechanisms of Ageing and Development, encabezada por la investigadora Carmela Balistreri. Sus autores describen el grupo sanguíneo como un modificador biológico que depende del contexto —de otros genes, del ambiente y del estilo de vida—, y no como un marcador que por sí solo prediga la longevidad. Y reclaman estudios longitudinales más amplios antes de sacar conclusiones firmes.

Sin embargo, la investigación coincide en un punto: la genética explica una parte, pero no lo determina todo. Se calcula que los factores hereditarios pesan de forma relevante solo en las edades más extremas, mientras que buena parte del envejecimiento saludable depende de aquello sobre lo que sí se puede actuar: no fumar, mantener una actividad física regular, cuidar la alimentación, dormir bien, preservar la salud mental y conservar vínculos sociales de calidad.

El grupo sanguíneo, en resumen, puede formar parte de la ecuación de la longevidad, pero ni es el protagonista ni es algo que se pueda elegir. La buena noticia es que las palancas con mayor impacto demostrado sobre los años de vida sana no están escritas en el ADN, sino en los hábitos del día a día.