En una nave agrícola cerrada durante meses aparecieron sacos de pienso roídos, excrementos en las esquinas y varios gatos de colonia con signos respiratorios leves. Poco después, uno de los trabajadores acudió al médico con fiebre, malestar y dificultad respiratoria. En la conversación familiar surgió una palabra inquietante: hantavirus. La sospecha se extendió rápidamente y el propietario de la nave comenzó a recibir reclamaciones por falta de control de plagas. El caso terminó requiriendo un informe técnico para aclarar qué podía afirmar la evidencia y qué no.
Los hantavirus se asocian principalmente a roedores y a la exposición a orina, heces o saliva contaminadas. Por eso, en un caso así, el foco no debe ponerse de forma automática en perros, gatos o ganado, sino en el entorno, la presencia de roedores y las condiciones de limpieza, ventilación y manipulación de materiales. El perito veterinario que intervino tuvo que abordar el problema desde una perspectiva más amplia que la clínica de un animal concreto.
El peritaje veterinario comenzó con una inspección del lugar. Se documentaron puntos de entrada, restos de alimento, manchas compatibles con orina, excrementos, nidos, embalajes rotos y ausencia de barreras físicas en algunos huecos. También se revisaron los registros de control de plagas, las facturas de limpieza, la fecha de reapertura de la nave y las tareas realizadas por los trabajadores en los días previos a los síntomas.
Una de las primeras conclusiones fue metodológica: la presencia de roedores no basta para diagnosticar una enfermedad humana, y un diagnóstico médico no puede ser sustituido por una inspección ambiental. El papel del perito veterinario no era confirmar la patología del trabajador, sino valorar si el entorno presentaba condiciones compatibles con exposición a roedores y si las medidas preventivas habían sido adecuadas. Esta distinción resulta fundamental para evitar que el informe invada competencias médicas.
La investigación mostró que varios trabajadores habían barrido en seco una zona con polvo y restos orgánicos sin mascarilla adecuada. También se habían movido sacos deteriorados sin humedecer previamente la superficie ni ventilar de forma suficiente. Esa actuación era relevante porque, ante presencia de roedores, las recomendaciones preventivas insisten en evitar la aerosolización de partículas contaminadas y en extremar la protección durante la limpieza.
Sin embargo, el informe fue prudente. No afirmó que el trabajador hubiera contraído hantavirus, porque no existía una confirmación analítica aportada al expediente. Sí señaló que el escenario era compatible con riesgo biológico por roedores y que la empresa no había podido acreditar un plan eficaz de control de plagas ni instrucciones documentadas para la reapertura segura de la nave. El dictamen diferenció claramente entre tres niveles: riesgo ambiental constatado, exposición laboral plausible y enfermedad humana no acreditada pericialmente por falta de documentación médica concluyente.
Este tipo de casos demuestra la utilidad del enfoque One Health. Un problema que empieza como una queja por animales en una nave puede implicar salud laboral, medicina humana, higiene ambiental, control de plagas, seguridad alimentaria y responsabilidad civil. Los roedores no son solo una molestia: pueden contaminar alimentos, dañar instalaciones y participar en ciclos de transmisión de agentes infecciosos. La gestión no puede limitarse a retirar excrementos; exige prevención estructural.
El informe también abordó la situación de los gatos de colonia. Algunos trabajadores los señalaban como posible origen del problema. El perito veterinario explicó que su presencia no convertía a los gatos en causa del riesgo; de hecho, la existencia de una colonia podía ser consecuencia de un entorno con alimento disponible y falta de control. La valoración debía centrarse en el saneamiento, el almacenamiento del pienso, el sellado de accesos y la eliminación de refugios para roedores.
La parte jurídica del caso dependía de preguntas concretas: ¿existía un deber de mantenimiento? ¿Había señales previas de infestación? ¿Se habían adoptado medidas razonables? ¿Se informó a los trabajadores? El dictamen ayudó a responder desde la técnica, sin atribuir culpabilidades penales ni laborales. Su utilidad fue ordenar hechos, pruebas y limitaciones.
Para empresas rurales, almacenes, explotaciones ganaderas y operadores alimentarios, la enseñanza es clara. El control de roedores debe documentarse, no improvisarse. Los registros de inspección, cebaderos, incidencias, limpieza, formación y reparación de accesos son parte de la seguridad sanitaria. Cuando falta esa trazabilidad, una reclamación se vuelve mucho más difícil de defender.
También hay una enseñanza para quienes reclaman: no basta con invocar una enfermedad grave para establecer responsabilidad. Hace falta probar exposición, nexo temporal, condiciones ambientales y, cuando corresponda, diagnóstico médico. Un peritaje veterinario bien planteado no exagera ni minimiza; describe qué puede sostenerse con evidencia y qué queda como hipótesis.
La relevancia del caso no estuvo únicamente en la posibilidad de hantavirus, sino en la cultura preventiva que reveló. Un almacén rural, una explotación o una nave con alimento animal necesitan protocolos antes de que aparezca una sospecha. Si el primer registro se crea cuando ya hay un trabajador enfermo, la reconstrucción técnica será siempre más débil y más discutible.
En PERIVET intervenimos en casos de riesgo sanitario ambiental, presencia de roedores, sospecha de zoonosis y reclamaciones vinculadas a explotaciones, almacenes o centros con animales. Nuestro equipo de peritos veterinarios puede valorar bioseguridad, documentación, manejo, contaminación y nexo causal desde una perspectiva One Health. Contar con un perito veterinario permite convertir un escenario de alarma en un análisis técnico útil para empresas, trabajadores, aseguradoras y letrados.
El informe incluyó una propuesta de medidas correctoras. Recomendó sellar huecos, elevar piensos del suelo, retirar materiales acumulados, contratar control de plagas documentado y formar al personal sobre limpieza segura de zonas con indicios de roedores. También propuso que cualquier reapertura de instalaciones cerradas durante largo tiempo incorporara una inspección previa y un registro de incidencias.
La dimensión económica tampoco era menor. La nave tuvo que detener actividad, desechar parte del pienso, contratar limpieza especializada y reorganizar turnos. El dictamen separó gastos directamente vinculados al riesgo ambiental de otros costes generales que no estaban suficientemente acreditados. Esa separación ayudó a evitar una reclamación inflada y permitió centrar la negociación en partidas razonables.
El lector de Redacción Médica encontrará aquí un ejemplo claro de medicina preventiva fuera de la consulta. La salud no se protege solo diagnosticando enfermedades, sino evitando exposiciones. Cuando el entorno está mal gestionado, el riesgo se desplaza de los animales a las personas, de las personas a la empresa y de la empresa al sistema sanitario.
María Fernández es Directora Veterinaria en Perivet. Graduada en Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid, Doctora (PhD) en Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid, Experta universitaria en Peritaje veterinario por la Universidad Camilo José Cela.
