Uno de cada cuatro españoles sufrirá un ictus a lo largo de su vida y más del 30 por ciento de quienes sobreviven queda con secuelas que causan algún grado de discapacidad o dependencia, como limitaciones en la movilidad.
Solo en nuestro país, cada año se registran más de 90.000 casos y más de 23.000 muertes. "El cerebro en condiciones normales manda una orden a los brazos y las piernas para que tengamos un patrón de marcha. Cuando alguien sufre un ictus, esa orden no llega, pero el sistema de ejecución no tiene problema". Es decir, "el rango articular está funcionante" explica en declaraciones a Redacción Médica Manuel Murie, miembro del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología (SEN).
Limitaciones en la movilidad
Uno de los principales efectos de esta enfermedad recae sobre la movilidad, que en numerosos casos se ve reducida o limitada. Gracias al avance de la tecnología, herramientas como los "dispositivos robóticos suplen la falta de patrón de marcha", lo que permite "sustituir el impulso nervioso que activa la musculatura y las vías de la marcha", por lo que el trabajo lo acaba realizando el robot.
"Desde el punto de vista de la recuperación del ictus es importante porque el cerebro se recupera porque hace". Es decir, mientras "más repeticiones se hagan, mejor es la recuperación". En este punto hay que tener en cuenta que "el patrón de marcha no solo va del cerebro a las piernas, sino también al revés", por lo que "al caminar mandamos información al cerebro sobre ese patrón de marcha para recuperar esas vías que de otra forma no podríamos hacerlo".
La recuperación en fases
Preguntado sobre las fases que marcan la recuperación del paciente, Murie pone sobre la mesa tres etapas: la fase aguda, la subaguda y la cronicidad. Durante la primera, en cada minuto se pierden millones de neuronas, por lo que se debe llegar "cuanto antes al hospital por si se puede aplicar un tratamiento para que dejen de fallecer neuronas y tratar que la inflamación sea la menor posible".
Después llega la fase subaguda, cuando comienza la neurorrehabilitación y el cerebro activa mecanismos que favorecen la recuperación, un periodo que puede durar alrededor de seis meses. Por último, la cronicidad, aunque esto no significa que el paciente deje necesariamente de mejorar. Como explica Murie, la neuroplasticidad permite al cerebro adaptarse a los cambios y continuar con la recuperación.
Impacto de herramientas robotizadas
Los robots también cumplen su papel en la recuperación tras la enfermedad. Estos dispositivos son empleados "dentro de un proceso de neurorrehabilitación cuando el paciente está médicamente estable". Esto ocurre tras "los primeros siete días después del ictus hasta que termine el proceso". Aunque son utilizados "como una herramienta más", los dispositivos robotizados "permiten realizar más repeticiones", haciendo que "la recuperación pueda ser más eficaz".
"Lo que marca la recuperación es hacer versus no hacer"
Manuel Murie, miembro del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la SEN
Aun así, advierte que "tener o no tener un robot no marca la recuperación", dado que es importante complementarlo con otras técnicas rehabilitadoras: "Lo que marca la recuperación es hacer versus no hacer. Si somos capaces de dar intensidad de fisioterapia el paciente se recuperará, pero si no lo hacemos y le ponemos en el robot una hora, no va a mejorar". En cualquier caso, admite que se trata de herramientas "cada vez más frecuentes" y que no dejan de ser un valor añadido: "Nos permite hacer cosas que sin robot no podríamos".
