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Los termómetros no engañan. Los envites climatológicos, tampoco. Con la costa española azotada por la DANA Adam, María Villalonga aprovecha para concienciar sobre los efectos del cambio climático en un grupo concreto de pacientes: los crónicos. La coordinadora del Observatorio de Medio Ambiente de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), alerta sobre cómo está transformando radicalmente la realidad asistencial de los hospitales españoles. Las cada vez más frecuentes olas de calor han provocado que los ingresos estivales por insuficiencia renal, deshidratación y problemas cardíacos en pacientes crónicos igualen o superen a los habituales picos de trabajo del invierno.

Ante esta situación, Villalonga advierte del severo impacto que suponen no solo las temperaturas extremas, sino también acerca de los graves efectos sistémicos de la contaminación y de los incendios forestales. Un escenario de catástrofes que, lejos de mejorar, dibuja un panorama nada alentador en el que la adaptación de profesionales y hospitales resultará crucial para garantizar la sostenibilidad y mejorar el abordaje de estos pacientes con patologías crónicas.

¿Hasta qué punto están notando ya los internistas españoles las consecuencias del cambio climático en las consultas y en las plantas de los hospitales?

Lo estamos notando bastante. Antes, el principal pico de trabajo en las plantas de Medicina Interna se producía en invierno debido a los virus respiratorios, mientras que en verano la carga asistencial disminuía. Sin embargo, al aumentar las temperaturas en los últimos veranos, nuestra carga de trabajo se ha igualado e incluso superado a la de las temporadas de invierno. Tenemos muchos pacientes ingresados por insuficiencias renales, deshidrataciones y problemas cardíacos derivados de dichos episodios. Aunque inicialmente pensábamos que se debía al envejecimiento de la población, existen dos estudios publicados en 2024 que demuestran que durante las olas de calor acuden más pacientes a urgencias y aumentan los ingresos hospitalarios. Uno de estos estudios, realizado en mi hospital y del cual soy coautora junto al investigador principal Bujosa, fue pionero al basarse en la movilidad.

Al hablar del impacto del medioambiente en la salud humana solemos pensar en problemas respiratorios generales, pero ¿qué efecto concreto tiene en los pacientes crónicos?

Afecta a todos los pacientes de manera integral. El error es analizarlo únicamente por sistemas aislados. La labor del internista es mantener esta visión integradora, entendiendo que el cuerpo funciona como un todo. La descompensación aparecerá en el órgano que sea más frágil o esté más afectado. Hay que remarcar que los órganos más perjudicados suelen ser el corazón, que se ve obligado a trabajar más, y los riñones, que ven reducida su capacidad de filtrado por la pérdida de agua por otras vías.

"Los órganos más perjudicados suelen ser el corazón, que se ve obligado a trabajar más, y los riñones" / Imagen Pablo Álvarez

¿Podemos hablar de una relación de causalidad en algún caso?

A nivel epidemiológico la causalidad es indudable en el golpe de calor clásico, provocado directamente por el aumento de la temperatura. En este cuadro clínico, el paciente presenta una temperatura corporal superior a los 40 grados con afectación neurológica, constituyendo una urgencia médica grave que requiere actuación rápida para evitar secuelas severas o el fallecimiento. Para el resto de órganos no existe una causalidad tan directa a simple vista, pero si analizamos la fisiopatología y los mecanismos de adaptación que el cuerpo debe activar ante el aumento de temperaturas, sí podemos establecer una relación de causalidad.

Considerando que las olas de calor disparan los riesgos cardiovasculares y cerebrales, ¿qué le ocurre al organismo de un paciente crónico con insuficiencia cardíaca ante temperaturas extremas y sostenidas?

A nivel fisiopatológico, el cuerpo humano necesita mantener una temperatura estable en torno a los 36 o 37 grados. Al superar este umbral, el organismo activa mecanismos para enfriarse, enviando un mayor flujo de sangre hacia la piel para disipar el calor mediante la transpiración y aumentando la sudoración, lo que conlleva una pérdida de agua y electrolitos. Para un corazón enfermo, este esfuerzo de redistribución sanguínea supone una sobrecarga significativa. Es comparable a un corazón acostumbrado a caminar en terreno llano al que se le exige subir una pendiente, lo que provoca que se agote ante el esfuerzo extra.

Un momento durante la entrevista en el plató de Redacción Médica.

Muchos pacientes crónicos toman diuréticos o antihipertensivos. ¿Cómo complica esta medicación la adaptación del cuerpo a las olas de calor y qué ajustes se deben valorar en verano?

En el Observatorio del Cambio Climático de la SEMI hemos creado unas infografías informativas, y una de ellas aborda precisamente los fármacos que requieren ajustes en épocas de calor. Los diuréticos, al incrementar la pérdida de líquidos junto con la sudoración, pueden empeorar la función renal. Por su parte, los antihipertensivos suponen un riesgo porque el cuerpo ya produce una vasodilatación natural en la piel para favorecer la sudoración, lo que disminuye la tensión arterial. Si a esto le sumamos el efecto del fármaco, se puede producir una hipotensión excesiva. También es crucial vigilar los fármacos neurolépticos, ya que actúan directamente sobre el sistema nervioso central, que es el encargado de regular y coordinar todos estos procesos fisiológicos corporales.

Se tiende a pensar que la mala calidad del aire o el humo de los incendios forestales solo afectan a los pulmones. Sin embargo, las partículas finas PM2.5 llegan al torrente sanguíneo. ¿Qué consecuencias sistémicas tiene esto en pacientes con patologías previas?

Las partículas PM2.5 logran llegar al torrente sanguíneo debido a su tamaño diminuto. A nivel pulmonar, atraviesan los capilares alveolares durante el intercambio gaseoso y pasan a la circulación. Desde allí, llegan al corazón y se distribuyen por todo el cuerpo, lo que explica que en autopsias se hayan encontrado estas partículas en arterias carótidas, el cerebro o los riñones. Además, dada su ligereza, estas partículas pueden desplazarse a miles de kilómetros de distancia del incendio original; por ejemplo, las emisiones de los incendios de California llegaron hasta Siberia. Por tanto, los efectos nocivos no se limitan al ámbito local, sino que afectan a todo el organismo y a regiones muy alejadas.

"Los efectos nocivos no se limitan al ámbito local, sino que afectan a todo el organismo" / Imagen Pablo Álvarez

Un estudio reciente refleja un aumento de los casos de demencia en Europa impulsado en parte por la exposición a partículas finas de la contaminación del aire...

Efectivamente, existe evidencia reciente que asocia esta exposición con problemas neurológicos. Al obstruir pequeños vasos sanguíneos, estas partículas pueden actuar provocando una demencia multivascular, un mecanismo similar al que se observa en pacientes ancianos con arteriosclerosis.

¿Cuánto tiempo persiste el riesgo de sufrir un infarto, un ictus o una descompensación en un paciente crónico tras la exposición a estos incendios?

El riesgo puede persistir durante días, semanas o incluso meses. La entrada de estas partículas actúa como detonante de una cascada inflamatoria en el organismo. Es precisamente esta inflamación la que favorece la aparición de infartos, ictus o daños orgánicos a posteriori. Esta activación no provoca necesariamente una reacción inmediata, sino que el tiempo de manifestación dependerá del estado de salud previo del paciente y de su vulnerabilidad.

"Estamos en proceso de adaptación a esta nueva realidad, que ya no es un escenario de futuro sino del presente" / Imagen Pablo Álvarez

Con este panorama, ¿están los hospitales y el sistema de salud español preparados estructural y organizativamente para absorber el incremento de ingresos que traerán unos veranos cada vez más largos y extremos?

Actualmente no. Estamos en proceso de adaptación a esta nueva realidad, que ya no es un escenario de futuro sino del presente. Las gerencias hospitalarias, las consejerías de sanidad autonómicas y el Ministerio deben tomar medidas para la resiliencia climática. La práctica habitual de disminuir el personal y cerrar camas durante los meses de verano será cada vez más inviable debido a las olas de calor y al exceso de ingresos hospitalarios que estas conllevan.

¿Cree entonces que los médicos deberían recetar medidas ambientales, como purificadores o control de la temperatura, con la misma urgencia con la que prescriben fármacos?

Debería ser un imperativo. Igual que prescribimos horarios para la medicación, debemos educar al paciente para que disponga de un termómetro y controle la temperatura real de su domicilio. En la anamnesis clínica será fundamental preguntar por las condiciones de la vivienda y su año de construcción, dado que el parque habitacional español anterior a los años 70 carecía de normativas de eficiencia térmica. Debemos saber si cuentan con aire acondicionado o alertarles de que, si usan ventiladores con temperaturas ambiente superiores a 36 grados, solo conseguirán proyectar aire caliente y empeorar la situación, por lo que deberían abandonar la casa. También es importante conocer el entorno urbano del paciente -la proximidad a zonas verdes frente al asfalto- e informarles sobre la ubicación de los refugios climáticos de su zona. Todo esto afectará con mayor dureza a las personas residentes en barrios desfavorecidos, donde hay menos zonas verdes y mayores dificultades para costear la climatización.

Un instante en el plató de Redacción Médica.