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La preocupación por la caída del cabello ha abierto la puerta a un mercado en el que conviven avances tecnológicos, tratamientos médicos y herramientas que prometen anticipar la alopecia. El problema es que diferentes aplicaciones móviles, analizadores capilares y supuestos test genéticos ofrecen respuestas sobre la salud del pelo, en ocasiones mediante porcentajes que predicen las posibilidades de quedarse calvo. Sin embargo, no todas estas herramientas proporcionan información fiable ni cuentan con una interpretación médica. Esto provoca, advierte Gloria Garnacho, coordinadora del Grupo de Tricología y Onicología de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV), que los pacientes pueden acabar confiando en resultados que generan alarma y los conducen a adquirir productos o someterse a tratamientos sin conocer realmente qué enfermedad tienen.

La especialista sitúa esta situación en un contexto de creciente comercialización de la salud capilar, en el que la Inteligencia Artificial (IA) puede ser útil como apoyo para los profesionales, pero no sustituye el diagnóstico clínico. A ello se suma la confusión en torno a quién está cualificado para tratar las enfermedades del cabello y la proliferación de ofertas que presentan procedimientos complementarios como si fueran la solución principal al problema.

La IA no sustituye al dermatólogo

Lo que es evidente es que la llegada de herramientas de IA al ámbito capilar ha cambiado la forma en que algunos pacientes se acercan a la consulta. Cada vez es más habitual que acudan con una valoración obtenida a través de ChatGPT, aplicaciones móviles o dispositivos que analizan imágenes del cuero cabelludo y ofrecen resultados sobre el estado del cabello.

Estas tecnologías pueden medir parámetros útiles, pero sus resultados necesitan una interpretación profesional. Garnacho explica que incluso los dispositivos que se utilizan en las propias consultas médicas pueden cometer errores al analizar el cabello. Por ejemplo, un pelo nuevo y uno miniaturizado por una alopecia androgenética pueden presentar un grosor similar, lo que dificulta que una máquina los distinga correctamente.

"Es el mejor becario que puede tener un médico, pero no una herramienta para diagnóstico súper claro y fidedigno", resume la dermatóloga sobre la IA. Su utilidad, por tanto, depende de cómo se emplee y de la capacidad del especialista para contextualizar los datos que proporciona.

El riesgo aparece cuando estas herramientas se utilizan de forma aislada, sin exploración médica ni una valoración global del paciente, y sus resultados se presentan como diagnósticos definitivos.

Predicciones de calvicie que generan ansiedad

Uno de los aspectos que más preocupa a la especialista es la difusión de predicciones sobre la futura pérdida de cabello expresadas mediante porcentajes aparentemente precisos. Garnacho relata que algunos pacientes han acudido a su consulta con resultados de supuestos test genéticos basados en muestras de saliva, que les atribuyen una probabilidad concreta de quedarse calvos, por ejemplo del 98%.

La dermatóloga cuestiona que se ofrezcan estas cifras como si permitieran anticipar con certeza la evolución individual de una persona. En su opinión, este tipo de mensajes puede generar una preocupación desproporcionada, especialmente cuando el paciente desconoce las limitaciones de la prueba o no sabe cómo interpretar sus resultados.

La consecuencia no es únicamente una posible confusión médica. La preocupación por la imagen personal puede convertirse en una fuente importante de angustia y llevar a decisiones precipitadas. "Te crea una situación de ansiedad total, y en un paciente vulnerable al máximo, lo redirige a una página web donde hace locuras", advierte la especialista.

Del supuesto diagnóstico a la venta de productos

Pero el problema no termina cuando la aplicación ofrece un resultado. Según explica la dermatóloga, algunas herramientas están vinculadas a páginas web en las que el usuario puede adquirir directamente productos relacionados con la caída del cabello. De esta manera, la persona pasa de recibir una valoración automatizada a entrar en un circuito comercial sin que necesariamente haya intervenido un médico.

La expansión de estos servicios coincide con el interés económico que despierta la salud capilar. La preocupación por conservar el pelo puede hacer que los pacientes busquen soluciones rápidas y depositen su confianza en mensajes comerciales que prometen resultados, aunque no siempre dispongan de una base diagnóstica suficiente.

"Hay también mucha campaña de marketing, porque detrás del pelo hay mucho negocio, entonces a veces no es fácil encontrar la verdad absoluta", señala Garnacho. En este escenario, distinguir entre información médica, publicidad y herramientas de análisis automatizado se convierte en una tarea esencial para el paciente. La tecnología puede aportar datos, pero estos no equivalen por sí solos a un diagnóstico ni justifican automáticamente la elección de un tratamiento.

"Exija un diagnóstico, un nombre y un apellido"

Otra de las advertencias de la especialista se dirige a quienes comienzan un tratamiento capilar sin conocer el tipo concreto de alopecia que padecen. La caída del cabello puede responder a causas diferentes y no todas requieren las mismas intervenciones. Por eso, aplicar un procedimiento sin identificar previamente el problema puede conducir a una estrategia inadecuada.

Garnacho pone como ejemplo el plasma, una técnica que algunos pacientes reciben sin saber con precisión qué diagnóstico justifica su utilización. La pregunta fundamental, insiste, no es solo qué tratamiento se está aplicando, sino qué enfermedad se pretende tratar y por qué se ha elegido esa opción.

"Exija un diagnóstico, un nombre y un apellido de lo que tengo", recomienda la dermatóloga.

A partir de ese diagnóstico, explica, es necesario distinguir entre los medicamentos que constituyen el tratamiento médico y otras técnicas que pueden utilizarse como complemento. La diferencia es relevante porque los procedimientos coadyuvantes no sustituyen necesariamente a los tratamientos farmacológicos indicados para una determinada enfermedad.

La confusión sobre quién puede tratar el cabello

La proliferación de ofertas capilares también ha generado confusión sobre qué profesionales cuentan con la preparación adecuada para diagnosticar y tratar las enfermedades del pelo. Garnacho recuerda que la dermatología incluye el cuidado de la piel y sus anejos, entre los que se encuentran el cabello y las uñas.

Sin embargo, el término "tricología" se utiliza en ocasiones para describir el interés por el cabello o el cuero cabelludo sin que ello implique necesariamente una formación médica. Esta diferencia puede dificultar que los pacientes identifiquen quién está capacitado para valorar una enfermedad capilar.

La especialista señala que algunos pacientes buscan específicamente un tricólogo y no consideran que un dermatólogo pueda ser el profesional indicado para su problema. A su juicio, la confusión terminológica contribuye a que la autoridad científica se atribuya, en ocasiones, a perfiles cuya formación y competencias no están claras para el usuario.

El objetivo, subraya, es que el paciente pueda distinguir entre el cuidado cosmético del cabello y la atención médica de una enfermedad que requiere diagnóstico y tratamiento.

En definitiva, en un mercado en el que la tecnología y la oferta comercial avanzan con rapidez, la advertencia de Garnacho apunta a una necesidad fundamental: que las decisiones sobre la salud capilar partan de un diagnóstico médico y no de una predicción automatizada, una promesa publicitaria o un tratamiento elegido sin conocer la causa de la caída del cabello.