Si durante su Erasmus en Praga le hubieran dicho que acabaría siendo dermatóloga, Marta Prieto no se lo habría creído. La experiencia que vivió con la asignatura estuvo muy lejos de ser positiva. "Me quisieron suspender", reconoce. Sin embargo, cuando terminó el examen MIR y quedó entre los 90 primeros números, esta opción se volvió cada vez más atractiva. "Mi padre, también médico, me dijo que era preciosa", recuerda. Ahora, ocho años después de la residencia, asegura que tomó la decisión correcta y que "no se arrepiente en absoluto".
En casa, Prieto ha estado rodeada de profesionales sanitarios desde niña. Su abuelo y su padre son médicos, y su madre, enfermera. No es de extrañar que, cuando se presentó a la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), decidiera seguir los pasos familiares. "Nunca me forzaron a entrar a Medicina", ha admitido. Fue un proceso "muy natural".
Relación de amor-odio con la Dermatología
Su relación de amor y odio con la Dermatología comenzó en Erasmus en Praga. Allí se imparte la asignatura en un bloque que dura tres semanas, y los estudiantes solo pueden faltar tres días para no suspender. "Es otro sistema muy diferente al de España", ha relatado. Tras terminar la parte teórica, los alumnos se presentan a un examen oral en el departamento de Dermatología del hospital con el que tienen convenio.
Cuando Prieto se presentó al examen oral, la jefa de Servicio de Dermatología quiso suspenderla alegando que había faltado más de tres días a clase. "No era cierto. No sé si fue un fallo de comunicación o qué ocurrió. Ella no sabía hablar bien inglés ni yo checo, así que no nos entendíamos con claridad", ha reconocido.
Examen de Dermatología en Praga
Recuerda esa experiencia negativa como si fuese ayer mismo. Al final, tras rogar a la médica que le hiciera la prueba, logró que aceptara su petición. "Me lo había estudiado muy bien", ha incidido. La prueba consistía en sacar tres bolas -cada una con un tema de Dermatología- y responder a las preguntas de la especialista.
Sin embargo, ella insistía en que Prieto había faltado más de tres días a clase, así que endureció la prueba a modo de castigo. "Me quería suspender", pero como yo me lo sabía muy bien, respondí a todas sus preguntas correctamente. El examen de un compañero que fue conmigo duró solo 20 minutos. El mío más de una hora y sacó seis bolas en vez de tres", se ha sincerado. La examinadora, sorprendida por sus respuestas, le preguntó sobre la especialidad a la que quería dedicarse y le ofreció una plaza de Dermatología en su servicio.
De odiar la Dermatología a enamorarse de ella
Cuando escuchó esa oferta, Prieto no se la tomó en serio. "En ese momento pensaba que haría cualquier especialidad, menos esa", ha recordado, y no volvió a pensar nunca en esta especialidad. Hasta que llegó el momento de decidir qué plaza hacer en el MIR. Con el número de orden cercano al 90, las posibilidades eran infinitas; podía elegir cualquier disciplina sanitaria.
Al hablar con su padre, este le recomendó escoger Dermatología. Aunque al principio estuvo algo reticente por su mala experiencia en Praga, visitó varios hospitales y terminó por elegirla. En la actualidad, ejerce como dermatóloga en la sanidad privada y reconoce que tomó la decisión "acertada". "No me arrepiento de nada", ha enfatizado, añadiendo que la vida lleva a las personas por caminos que jamás se esperaría.
