Las redes sociales están repletas de fórmulas para frenar el envejecimiento. Suplementos milagrosos que prometen rejuvenecer, ayunos extremos, inyecciones de plasma de donantes jóvenes o dispositivos para medir la edad biológica son algunos de ellos. Es por ello que la longevidad está prácticamente en boca de todos y se ha convertido en uno de los principales temas de abordaje en el ámbito sanitario.
Sin embargo, este interés también ha disparado un mercado que mezcla mensajes útiles con otros que van muy por delante de lo que la ciencia puede demostrar. La pregunta, para quien quiere vivir más y mejor, es tan sencilla de formular como difícil de responder entre tanto ruido: ¿qué funciona de verdad?
Para separar el grano de la paja, Redacción Médica se ha puesto en contacto con Jesús Santianes Patiño, médico de familia y coordinador del Grupo de Trabajo de Cronicidad y Dependencia de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen), y Pilar Rodríguez Ledo, presidenta de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) e impulsora del proyecto Renace (Registro Nacional de Centenarios).
Ambos valoran que el fenómeno de la longevidad haya puesto la prevención en el centro del debate y coinciden en un punto de partida, aunque con algunos matices. "Mucho de este interés se ha desviado hacia intervenciones muy 'llamativas' pero poco probadas en lugar de hacia intervenciones probadas y con respaldo científico", resume Santianes.
Rodríguez Ledo lo formula desde el sentido contrario. De este modo, el problema aparece al "convertir la longevidad en un producto de consumo, en una promesa de rejuvenecimiento o en una medicina de élite basada en pruebas, suplementos, dispositivos y tratamientos no siempre validados". Ahí es donde se genera ruido".
Las promesas de la longevidad, ¿qué evidencias tienen?
La gran mayoría de las promesas 'antiaging' se apoya en pilares como la restricción calórica, la suplementación o el uso de determinadas sustancias. Estos factores cuentan con una base científica que, según ambos médicos, es más frágil de lo que se difunde. "La evidencia científica es mucho menor de lo que se nos quiere hacer creer desde determinados perfiles", sostiene Santianes.
El ejemplo más citado, el ensayo CALERIE (publicado en The Lancet en 2019), mostró mejoras en biomarcadores metabólicos, pero con letra pequeña. Se hizo "con reducción calórica moderada, no extrema, en pacientes previamente sanos y bajo supervisión clínica estrecha". Sobre esa mejora metabólica, apunta, se extrapolan después efectos sobre la esperanza de vida que el estudio no midió.
"La salud no puede convertirse en una carrera permanente de optimización"
Por otro lado, Rodríguez Ledo reclama distinguir "entre evidencia experimental, evidencia en biomarcadores y evidencia clínica sólida". La restricción calórica es de las intervenciones más estudiadas en animales, y en humanos CALERIE aportó "señales de enlentecimiento de ciertos marcadores epigenéticos del ritmo de envejecimiento", pero eso "no significa que debamos recomendar restricción calórica extrema a la población general", explica la especialista.
De igual modo, en el caso de la metformina ocurre algo parecido. Se trata de un fármaco seguro y eficaz en la diabetes tipo 2, y el ensayo TAME estudia si podría retrasar enfermedades ligadas a la edad en personas no diabéticas, pero "mientras no existan resultados concluyentes, no puede recomendarse de forma generalizada como tratamiento antienvejecimiento", cuenta Rodríguez Ledo.
Santianes añade a la lista el ensayo PEARL, con rapamicina, "sin resultados que respalden su uso". Y sobre los suplementos, la presidenta de la SEMG marca la frontera: son útiles ante un déficit demostrado —vitamina D, B12, hierro—, pero eso "no justifica el consumo indiscriminado en personas sin déficit".
Los posibles riesgos de la longevidad
Suplementos
Lo cierto es que perseguir la eterna juventud no está exento de riesgos. "Los principales riesgos van a ser la iatrogenia y la pérdida de oportunidad", detalla Santianes. Añadir fármacos fuera de indicación o productos de venta libre a pacientes que ya arrastran enfermedades crónicas y tratamientos "aumenta el riesgo de secundarismos e interacciones farmacológicas". Además, quien invierte tiempo y dinero en intervenciones no demostradas termina, a menudo, descuidando el seguimiento de lo que sí funciona.
Pero no solo eso, pues en el caso de una restricción calórica sin seguimiento profesional puede favorecer la "pérdida de masa muscular, déficit nutricional, alteraciones menstruales, fragilidad, trastornos de la conducta alimentaria o deterioro funcional", sobre todo en mayores, detalla la presidenta de SEMG. A su vez, el perjuicio también es psicológico y social, ya que "se medicaliza la vida cotidiana, se genera ansiedad por cada marcador biológico y se culpabiliza a las personas por envejecer". Todo ello lleva a la conclusión de que "la salud no puede convertirse en una carrera permanente de optimización".
"La longevidad no puede ser solo una medicina privada para personas sanas con alto poder adquisitivo"
Ante todas estas promesas y los riesgos que pueden suponer, la pregunta que uno se hace es: ¿cómo se puede distinguir al experto real de un gurú? Una de las claves es que "la divulgación científica rigurosa respeta el nivel de certeza", diferencia lo demostrado de lo prometedor y lo especulativo, y "acepta la posibilidad de que la aparición de nueva evidencia" la desmienta, cuenta Santianes. La pseudociencia, en cambio, "usa expresiones vagas, se apoya en el sesgo de confirmación y en la anécdota personal" y tolera mal que se la rebata.
A la certeza se le suma la incertidumbre, pues "la ciencia convive con ella y la reduce progresivamente", mientras que "la pseudociencia la oculta o la sustituye por promesas", detalla Ledo. A esto hay que sumar un componente comercial recurrente donde se exageran beneficios, minimizan riesgos, se apela al miedo a envejecer y se presenta la medicina convencional "como atrasada o interesada" mientras se ofrecen soluciones no validadas como si fueran revolucionarias.
Lo que de verdad funciona para vivir más y mejor
Frente al catálogo de modas, las intervenciones con respaldo real son, admiten ambos, mucho menos espectaculares. La primera es el ejercicio. Santianes prescribe actividad física "multicomponente", donde se realice trabajo de fuerza combinado con ejercicio aeróbico y ejercicios de equilibrio y flexibilidad, por su efecto sobre la capacidad funcional y la prevención de la sarcopenia y la fragilidad. Por su parte, Rodríguez Ledo subraya especialmente el entrenamiento de fuerza, porque la pérdida de masa muscular "se relaciona con fragilidad, caídas, dependencia y mortalidad".
A partir de ahí, ambos dibujan un mismo mapa donde la protagonista es una alimentación saludable basada en patrones como la dieta mediterránea o la atlántica y no en la suplementación aislada. A esto se le suma el control de los factores de riesgo cardiovascular (presión arterial, diabetes, dislipemia, obesidad), el abandono del tabaco y el alcohol, la vacunación y la prevención de infecciones.
Tampoco hay que olvidarse de cuidar "el sueño, la salud mental, los vínculos sociales y el propósito vital", porque la soledad no deseada y el aislamiento "tienen impacto real en salud y supervivencia", destaca Rodríguez Ledo. La especialista reivindica además el papel de la Atención Primaria en la detección precoz de la fragilidad.
Sin embargo, ambos coinciden en que, para que el campo de la longevidad gane credibilidad, debe madurar a nivel científico. De este modo, se debe separar la etiqueta de "experto en longevidad" de la biología del envejecimiento, ya integrada en la formación de geriatría, medicina de familia o medicina interna, y apelar a la investigación de calidad liderada por las sociedades científicas. "Cuanta mayor sea la evidencia disponible, menor será el nicho comercial y mediático para estas figuras", afirma Santianes.
Igualmente, según la presidenta de SEMG, la longevidad "debe evolucionar desde el entusiasmo hacia la evidencia". Eso exige ensayos con resultados relevantes para los pacientes —menos dependencia, menos deterioro cognitivo, mejor calidad de vida—, biomarcadores validados que den sentido clínico a conceptos como la "edad biológica" y transparencia sobre los conflictos de interés. "La longevidad no puede ser solo una medicina privada para personas sanas con alto poder adquisitivo": su meta debería ser reducir desigualdades, no ampliarlas. "No basta con mejorar un biomarcador si no sabemos qué significa clínicamente", concluye Rodríguez Ledo.
