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La condena a Meta en Estados Unidos por el impacto de sus plataformas en los menores ha reabierto el debate sobre hasta dónde debe llegar la responsabilidad de las propias redes sociales en la salud mental de los adolescentes. La decisión estadounidense pone el foco no solo en el comportamiento de los usuarios, sino también en el diseño de los productos digitales y en los mecanismos empleados para mantener a los menores conectados. Un cambio de perspectiva que, para Abigail Huertas, psiquiatra de la Infancia y la Adolescencia y miembro del grupo de trabajo sobre tecnología de la Asociación Española de Psiquiatría de este grupo de población (Aepnya), es importante porque no se puede seguir planteando la protección de los menores únicamente como una cuestión de control parental: también hay que analizar cómo están diseñadas las herramientas que utilizan.

“Durante años hemos puesto muchísimo peso en las familias: controla el tiempo, mira qué ve tu hijo, pon límites… Y claro que los padres tenemos una responsabilidad, pero no podemos pedirles que compensen ellos solos productos diseñados precisamente para conseguir que permanezcamos conectados”, señala.

España puede hacerlo “de otra manera”

La sentencia y las medidas adoptadas en Estados Unidos pueden reforzar el debate internacional sobre la responsabilidad de las tecnológicas, pero Huertas cree que el contexto español es diferente. “En realidad, Europa ya está caminando en esa dirección”, recuerda. En su opinión, el Reglamento de Servicios Digitales proporciona ya herramientas para exigir a las grandes plataformas una mayor protección de los menores.

Por eso, considera que la ola generada en Estados Unidos puede acelerar "una tendencia que ya estaba en marcha" en España, aunque "de otra manera" mediante mecanismos diferentes. “No creo que haya una medida ideal ni una solución única”, apunta. A su juicio, una eventual respuesta española debería aprovechar el marco regulatorio europeo y no limitarse a reproducir un modelo basado en sanciones económicas.

“Si jurídicamente corresponde, puede haber responsabilidades económicas. Pero como psiquiatra infantil me interesa bastante más que una sanción consiga cambiar aquello que está generando riesgo”, explica, añadiendo que "una multa que una gran empresa pueda asumir como un coste más sirve de poco si todo sigue funcionando exactamente igual. "El objetivo no debería ser recaudar, sino conseguir entornos digitales más seguros para los menores”, asegura.

Del control parental al diseño de las plataformas

La especialista plantea así un cambio de responsabilidad. Las familias siguen teniendo un papel, pero no pueden ser el único mecanismo de protección frente a productos cuyo funcionamiento está orientado a mantener la atención del usuario. “Si hablamos de menores, parte de la protección tiene que venir de serie: privacidad, recomendaciones adecuadas a la edad y menos mecanismos que favorezcan un uso compulsivo”, sostiene.

Para Huertas, el debate debe dejar de centrarse exclusivamente en lo que hacen los adolescentes y empezar a mirar también qué hacen las plataformas para mantenerlos conectados. “Ya no hablamos solo de lo que los usuarios publican en una red social. Hablamos también de lo que hace la plataforma: qué te recomienda, qué te vuelve a enseñar, cómo consigue que sigas mirando y durante cuánto tiempo”, afirma.

En este terreno sitúa mecanismos como las notificaciones constantes, la reproducción automática, el scroll infinito o determinadas recomendaciones algorítmicas. Reducir estos elementos podría contribuir a que el uso sea menos automático, aunque la psiquiatra reclama prudencia a la hora de atribuirles efectos directos sobre la salud mental. “Tenemos que ser prudentes: habrá que medir qué efectos reales tienen estas medidas antes de decir que van a mejorar la salud mental de los adolescentes”, advierte.

Leyes, responsabilidad empresarial y educación digital

La psiquiatra, por lo tanto, no plantea sustituir el foco familiar por el de las plataformas. “Yo no elegiría entre una cosa y otra. Necesitamos leyes, responsabilidad de las empresas y educación digital”, afirma. El objetivo sería repartir responsabilidades: las familias deben acompañar y establecer límites: las administraciones deben fijar reglas; y las empresas deben asumir la parte que les corresponde cuando diseñan productos utilizados por menores.

“Si ponemos toda la responsabilidad en las familias, les estamos pidiendo que controlen un entorno que no han diseñado. Pero tampoco una ley va a sustituir a unos padres que acompañan, hablan y ponen límites”, señala.

La prevención antes de que el problema llegue a consulta

Este cambio de enfoque puede tener además una dimensión sanitaria. Huertas considera que modificar determinados elementos del diseño "puede hacer que una parte de la prevención ocurra antes de que el problema llegue a la familia o a la consulta”, apunta.

La cuestión resulta especialmente relevante en adolescentes que pueden tener mayores dificultades para autorregularse frente a herramientas diseñadas para captar la atención. “Algunos chicos lo tienen todavía más difícil: por ejemplo, adolescentes con TDAH, impulsividad, dificultades emocionales o que están pasando por un momento de aislamiento”, explica.

Un producto que utilizan menores no debería estar diseñado exactamente igual

Huertas también introduce un matiz frente a las respuestas basadas exclusivamente en la prohibición. Las redes sociales, recuerda, tienen funciones positivas para los adolescentes y forman parte de su vida cotidiana. “Proteger no significa simplemente prohibir”, sostiene.

La psiquiatra considera además que las medidas deberán evaluarse para evitar que los adolescentes simplemente trasladen su actividad a otros servicios. “Si cerramos una puerta y simplemente conseguimos que el mismo problema se traslade a otro sitio, no habremos solucionado demasiado”, advierte.

Por eso, más que perseguir una plataforma concreta, plantea intervenir sobre los riesgos asociados a determinados modelos de diseño. “No se trata de estar a favor o en contra de las redes sociales. Ya forman parte de la vida de nuestros adolescentes. Se trata de asumir algo bastante sencillo: un producto que utilizan menores no debería estar diseñado exactamente igual que uno pensado para adultos. En otros ámbitos esto nos parece evidente. En el digital todavía estamos aprendiendo a aplicarlo”, concluye.