Llegan las ansiadas vacaciones, se cierra el portátil y, en lugar del alivio esperado de disfrutar unos días de descanso, aparecen la ansiedad, la tristeza o una irritabilidad difícil de explicar. Se trata de una situación más común de lo que parece y se le conoce con el nombre popular de 'depresión de la tumbona'. Los especialistas la conocen como síndrome de estrés vacacional, aunque "no es un diagnóstico clínico al uso, es una forma de llamar al malestar que experimentan algunas personas justo cuando por fin paran de trabajar”, señala Raquel Beraiz, psicóloga en Psicosnet (@psicosnet), en su conversación con Redacción Médica.
Lo cierto es que esta situación puede ser algo desconcertante, ya que el paciente lleva meses esperando esas vacaciones y descansar, pero sin embargo, el cuerpo lo procesa de otra manera a la deseada. “Eso no significa que las vacaciones te sienten mal, sino que muchas veces el cuerpo y la mente empiezan a procesar todo lo que se ha ido sosteniendo durante meses cuando por fin tienen un espacio para hacerlo”, explica Beraiz. En otras palabras, no fallan las vacaciones, sino que aflora todo lo que permanecía guardado.
Cansancio, culpa y una 'mochila' a cuestas
La forma de manifestar el síndrome de estrés vacacional varía según la persona, pero existe un patrón reconocible. En lo físico, es común notar mucho cansancio, dolores de cabeza y "dormir más de la cuenta o, todo lo contrario, no poder descansar", justo cuando se esperaba estar lleno de energía. En lo emocional, puede haber irritabilidad, ansiedad y tristeza, mientras que a nivel cognitivo, aparece una dificultad persistente para desconectar del trabajo que llega acompañada de un invitado incómodo: la culpa. "Aparecen muchas preocupaciones, una gran dificultad para desconectar del trabajo e incluso culpa por estar descansando en vez de hacer cosas más útiles", describe la psicóloga.
Tampoco es un fenómeno exclusivo del verano. Puede surgir en Navidad, en Semana Santa o en un simple puente, siempre que haya “una parada importante” tras un periodo prolongado de estrés. Si es más habitual durante el periodo estival, es porque el cambio de ritmo resulta “mucho más brusco y ponemos muchísimas expectativas en esas vacaciones y en descansar". Pero, ¿por qué ocurre? Como casi todo en psicología, no hay una única causa, sino una acumulación de factores.
"Esperamos que las vacaciones solucionen un desgaste que lleva meses acumulándose, y puede que eso no ocurra"
"Es como cuando cargas una mochila muy pesada durante horas: mientras caminas quizá no lo notas, pero en cuanto la dejas en el suelo eres consciente del esfuerzo que estabas haciendo y de todo lo que pesaba", explica la especialista. Mientras seguimos funcionando sin parar, las emociones quedan bloqueadas; cuando por fin frenamos, encuentran el hueco para salir. Tanto es así que la principal circunstancia que provoca esta situación es el estrés acumulado, el cual "no es malo en sí mismo, ya que todos necesitamos cierto grado de activación para afrontar el día a día".
Sin embargo, el problema llega cuando ese estado de alerta se sostiene durante semanas o meses “sin espacios reales para parar”, y es entonces cuando pasa factura al organismo. A esto se le suma la dificultad cada vez mayor de desconectar de verdad. “Hoy en día muchas personas dejan de ir físicamente al trabajo, pero el trabajo no deja de ir con ellas”, advierte Beraiz. Entre el correo que se sigue mirando, los mensajes que se contestan y la culpa por no ser productivo, la conclusión es sencilla: “Si mentalmente seguimos trabajando, es imposible que el descanso llegue a producirse del todo”.
Perfeccionistas, cuidadores y sanitarios: quién es más vulnerable
Médico con signos de estrés.
El síndrome de estrés vacacional puede pasarle a cualquiera, pero lo cierto es que existen perfiles que cuentan con un mayor riesgo. Estas son personas autoexigentes, perfeccionistas, muy responsables o con la sensación de que “siempre tienen que estar haciendo algo útil”. También quienes necesitan tenerlo todo bajo control o llevan años poniendo las necesidades ajenas por delante de las propias, "algo que les ocurre muchísimo a los sanitarios y a los psicólogos; creo que este síndrome nos afecta especialmente", afirma la especialista.
Pero no solo eso, pues la gran mayoría de pacientes son "personas que saben trabajar muy bien, pero no saben descansar". Igualmente, las redes sociales también han calado de forma negativa en este aspecto, pues "parece que las vacaciones tienen que ser lo mejor de tu vida porque están siendo lo mejor de la vida de los demás”. En caso contrario, se puede sentir que algo se está haciendo mal, pero hay que ser conscientes de que las redes "solo muestran momentos muy concretos que la gente elige, no la realidad completa", por lo que compararse con los demás "puede generar mucha frustración".
“Hay muchas personas que sienten que descansar es perder el tiempo cuando, en realidad, descansar también es cuidar nuestra salud"
Normalmente, los síntomas y la frustración suelen remitir en cuanto la persona se adapta al nuevo ritmo. No obstante, hay que darle importancia si se prolongan más de lo esperado o deseado, ya que "pueden acabar afectando al descanso y a las relaciones familiares, de pareja o sociales con las que se comparten las vacaciones, e incluso hacer que la persona vuelva al trabajo más cansada de lo que se fue", cuenta la psicóloga. De hecho, estos conflictos aparecen muchas veces porque "esperamos que las vacaciones solucionen un desgaste que lleva meses acumulándose, y puede que eso no ocurra".
Pero no solo eso, pues esta circunstancia puede ser en ocasiones la señal de algo más profundo, pues a veces "las vacaciones actúan como una lupa". Al soltar la ocupación diaria, pueden hacerse visibles síntomas de ansiedad o depresión que ya estaban ahí, camuflados por el ritmo del día a día. En ese caso, si el malestar es muy intenso o no cede con el paso de las semanas, conviene “pedir ayuda profesional en lugar de pensar simplemente que las vacaciones han sentado mal”.
Bajar el ritmo antes de parar
¿Cómo prevenir el síndrome de estrés vacacional? La clave está en no pasar “de 100 a 0 de un día para otro”, sino en preparar una transición: cerrar asuntos pendientes, asumir que no todo quedará perfecto e ir bajando revoluciones los días previos. Y revisar expectativas, porque las vacaciones “no tienen por qué ser perfectas para ser reparadoras”. Si el síndrome ya ha aparecido, "lo más importante es no entrar en pánico ni pensar que ya se han estropeado las vacaciones", detalla Raquel.
Enfadarse con uno mismo por no estar disfrutando, avisa, solo alimenta la ansiedad. Ayuda más aceptar que se necesitan unos días para adaptarse y mantener una rutina. En la práctica, esto se traduce en "horarios de sueño razonables, menos móvil, cuidar la alimentación, tiempo al aire libre, algo de movimiento cada día, contacto con la red de apoyo y, también, momentos reservados para no hacer absolutamente nada", revela la especialista. Por su parte, el trabajo terapéutico consiste en llegar a la base para que ese malestar no tenga que estallar cada verano.
“Hay muchas personas que sienten que descansar es perder el tiempo cuando, en realidad, descansar también es cuidar nuestra salud", cuenta Raquel. No conviene esperar que unas semanas reparen lo que se ha descuidado durante un año, porque “el descanso no empieza el primer día de vacaciones, sino mucho antes, en cómo vivimos el resto del año”. Si solo nos damos permiso para parar durante quince días, es lógico que al cuerpo le cueste. “Cuidar la salud mental no debería ser algo reservado para agosto, sino una forma de vivir todo el año”, concluye la psicóloga.
