Criada en el entorno rural de un pequeño pueblo de Teruel, Eva siempre tuvo claro desde niña que quería dedicar su vida a los animales. Con el tiempo, terminó convirtiendo esa vocación en su profesión. "Siempre tuve en mente ser veterinaria", asegura a Redacción Médica. Aunque en sus planes no estaba marcharse lejos de casa, "la precaria situación" en la que vive el sector la obligó a ello. "En España, los sueldos son bajos, son muchas las horas de trabajo y las guardias que están muy mal pagadas", subraya la sanitaria animal, que cuenta cómo te acaba obligando a hacer malabares para poder llegar a fin de mes.
Fue entonces cuando Irlanda empezó a aparecer como una opción cada vez más atractiva. "La capacidad de ahorro aquí es mucho más alta. Es tremenda", afirma. Eva tiene un sueño, que pasa por regresar algún día y acercar los servicios veterinarios a los pueblos que, como el suyo, sufren las consecuencias de la despoblación. "Quiero tener mi propia clínica o, por lo menos, una furgoneta ambulante como veterinaria", detalla. Un proyecto a futuro que, gracias a su estancia en el país de los paisajes color esmeralda, está cada vez más cerca.
Sin embargo, no todo es idílico. La turolense también subraya los sacrificios y el coste que tiene emigrar. El principal, reconoce, es haberse alejado de su familia y, especialmente, de sus abuelos. "Dudo cada vez que vuelvo a casa de si estoy haciendo las cosas bien...", admite la sanitaria animal, aunque asume como parte del camino para "poder volver".
Ser veterinario en Irlanda
Desde hace tiempo, Eva veía en Irlanda un destino muy cercano a su experiencia vital: naturaleza, campo y, sobre todo, oportunidades para trabajar en la clínica de rumiantes, donde se especializó. "Era un país muy rural, con poquita población, que tenía muchas ofertas laborales y unas condiciones laborales muy buenas por esa falta de veterinarios", explica.
La situación con la que se encontró nada más terminar la carrera "era difícil de mantener a largo plazo". No tanto por sus compañeros o las clínicas en las que estuvo, sino por unas condiciones estructurales que, a su juicio, impiden construir un futuro estable en la profesión. "Estamos hablando de que [...] el salario bruto anual de un veterinario generalista son 22.700 euros", señala la sanitaria. Tampoco las pequeñas subidas que contempla el convenio consiguen corregir una base salarial que, según destaca, "lleva años siendo demasiado baja".
Para poder ejercer en Irlanda, la turolense tuvo que cumplir una serie de requisitos, entre ellos acreditar un determinado nivel de inglés, homologar y traducir su título y colegiarse. El proceso no fue inmediato, pero tampoco encontró grandes dificultades para dar el salto. "En octubre comenzó a enviar currículums y apenas una semana después recibió una llamada. Tres meses más tarde, el 1 de enero", señala.
Desde entonces, continúa en la misma clínica en la que empezó, donde puede ahorrar para su futuro proyecto. "En Irlanda un recién graduado parte de los 43.500 euros", ejemplifica. Una brecha que, según explica, se hace todavía más evidente una vez descontados los gastos. "Lo que tú percibes, quitándole el alquiler y la manutención, sigue siendo aquí tres veces más de lo que me quedaba allí", afirma. Su objetivo, sin embargo, no es quedarse para siempre. Irlanda es, por ahora, el lugar desde el que prepara su regreso.
¿Cómo es el día a día de una veterinaria en Irlanda?
Eva ejerce como veterinaria mixta y dedica aproximadamente el 70% de su tiempo a grandes animales y el 30% a pequeños. Cuando le toca trabajar con ganado, la clínica se traslada con ella. Tiene una furgoneta donde lleva el material necesario para atender a los animales en las propias explotaciones y desplazarse de una granja a otra en función de las llamadas que reciba.
Sus jornadas comienzan revisando las visitas programadas y organizando las urgencias que puedan surgir. Una cojera, un ternero con diarrea o una vacunación pueden formar parte de una mañana habitual, aunque una cesárea de urgencia puede cambiar por completo sus planes. "Si en algún momento entra alguna llamada que sea una emergencia, pues ya desde la oficina nos llaman y nos dicen: 'Eva, suéltate las otras visitas, ve a esta primero'", relata.
También encuentra diferencias en la manera de ejercer la profesión. "Creo que aquí hay un mayor respeto hacia la figura del veterinario por parte de los ganaderos y propietarios", asegura la sanitaria animal, quien también añade cómo "los horarios se suelen respetar más". A nivel clínico, Irlanda también le ha mostrado prácticas diferentes. "Estar trabajando aquí me está dando una visión muy amplia de los mismos procedimientos", señala. Técnicas que ahora continúa aprendiendo y que espera poder incorporar algún día a su práctica profesional en España.
Eva durante una de sus visitas como veterinaria.
El precio de marcharse para poder volver
Pero irse ha significado también hacer muchos sacrificios, entre ellos dejar atrás a amigos y familia, "lo que más le importa". "Mi abuela tiene problemas de memoria", reconoce la veterinaria, que relata cómo en cada regreso le asalta la misma incertidumbre: "No saber cuánto tiempo podrá seguir compartiendo con ella esos momentos". Se trata de la otra cara de emigrar por motivos laborales que, a juicio de la turolense, no se tiene tan en cuenta cuando se divulga sobre ello en redes sociales.
Por este motivo, Eva evita presentar la emigración como "un camino necesariamente fácil". Incluso teniendo claro por qué se fue, reconoce que las dudas aparecen. "Si yo que he venido con las cosas tan claras, dudo cada vez que vuelvo a casa de si estoy haciendo las cosas bien...", admite. Su experiencia le ha enseñado que antes de hacer las maletas hay que valorar qué se deja atrás y por qué merece la pena marcharse. "Tenerlo muy claro", añade.
En su caso, la respuesta se encuentra en un proyecto que mira precisamente hacia el lugar del que se fue. Quiere quedarse todavía dos o tres años, ahorrar, seguir formándose y regresar con un colchón que le permita emprender sin partir de cero. "Quiero llevar los servicios veterinarios a aquellos pueblos que, por despoblación, hayan perdido la posibilidad de acceder a ellos", cuenta. Primero con una furgoneta ambulante y, si las circunstancias se lo permiten, acabar con su propia clínica. Y con esta idea quiere quedarse. "Marcharme, para mí, no significa renunciar a su tierra, sino buscar la forma de poder volver a ella", concluye.
