La cirugía de afirmación de género no termina cuando acaba el quirófano. Tras ello comienza un complejo proceso de recuperación, tanto física como emocional, en el que la Fisioterapia puede desempeñar un papel fundamental, especialmente en el trabajo del suelo pélvico. "La Fisioterapia es un seguimiento y una seguridad también para la paciente en sí misma", explica Sara Giol a Redacción Médica. Es fisioterapeuta especializada en esta zona y sexóloga, lleva más de una década acompañando a mujeres trans en el proceso.
Gracias a la asociación Ivaginarium, esta especialista trata de enseñar cómo la recuperación va mucho más allá de la cicatrización de las heridas. "Hablamos de necesidades como la dificultad con las dilataciones, el miedo a retomar las relaciones sexuales y, sobre todo, el miedo a que algo se rompa o se estropee tras la cirugía", detalla. Multitud de factores a los que, además, se añade la escasa presencia de estudios en torno al colectivo y unos protocolos específicos.
Una situación de invisibilidad que también sufre la propia Fisioterapia, según denuncia la experta, la cual continúa prácticamente ausente del circuito de la atención pública. "Si formase parte del circuito de la sanidad pública o al menos del circuito de las cirugías, por lo menos sabrías que existe", señala Sara, quien añade que su labor es conocida hoy en día más por el boca a boca. Para ella, incorporar esta atención permitiría no solo mejorar la recuperación, sino también garantizar que las pacientes sepan que cuentan con "una herramienta fundamental" más durante el postoperatorio.
Una rehabilitación todavía sin protocolos
La Fisioterapia enfocada en el suelo pélvico puede tener un papel importante en la recuperación tras una cirugía de afirmación de género, pero todavía queda mucho por construir. Cuando empezó a trabajar con mujeres trans, Sara recuerda que apenas tenía referencias a las que recurrir. "La evidencia que hay es muy limitada", explica. Los primeros estudios específicos, recuerda, se publicaron hace ya varios años y desde entonces tampoco se ha avanzado demasiado.
A esto se suma la falta de unas pautas comunes para los profesionales sanitarios. "No hay tampoco ni unos protocolos de actuación ni nada así, más allá de los protocolos de dilatación que mandan los equipos quirúrgicos", detalla. Esto explica por qué buena parte de su manera de trabajar se ha ido construyendo a partir de escuchar a las propias pacientes y de ver qué problemas aparecían en consulta. "Empecé escuchándolas mucho, viendo cuáles eran sus necesidades y adaptándome", relata.
La especialista explica que el acompañamiento puede empezar incluso antes de la operación. Una valoración previa permite conocer cómo está el suelo pélvico y detectar otras cuestiones que puedan influir después, como estreñimiento, incontinencia o problemas de sensibilidad. También puede servir para preparar los tejidos en aquellas pacientes que han pasado mucho tiempo con la testosterona suprimida. Pero Sara reconoce que no siempre es fácil. "Hay pacientes que tienen mucha disforia genital y que no quieren que las explores", afirma. En esos casos, explica, también se puede empezar de otra manera y respetar los tiempos de cada persona.
"Empecé escuchándolas mucho, viendo cuáles eran sus necesidades y adaptándome"
Dilataciones, cicatrices y vuelta a la sexualidad
Tras la cirugía llega una de las partes que más dudas genera: las dilataciones. Sara empieza a trabajar con las pacientes cuando las heridas ya están cerradas y los puntos han caído. Primero aborda las cicatrices, sobre todo las de la entrada vaginal, y trabaja la capacidad del suelo pélvico para contraerse, relajarse y hacer ese movimiento de "empujar" que puede facilitar después la dilatación. "Antes de dilatar, hacemos respiración, relajación y ese gesto de empujar para que sea más fácil", explica.
El objetivo durante los primeros meses es que la paciente pueda mantener las dilataciones y evitar que se pierda profundidad o aparezcan problemas como la estenosis. "La cicatriz puede hacer que pierdas profundidad, que pierdas elasticidad, que esté más rígida", señala. Y ahí, insiste, la Fisioterapia no consiste simplemente en decirle a una paciente que haga unos ejercicios en casa, sino "enseñarle a conocer esa musculatura y acompañarla en un proceso que puede generar bastante miedo".
Porque al miedo a las dilataciones se suma otro muy habitual, volver a tener relaciones sexuales. "Sobre todo, el miedo a que algo se rompa o se estropee de la cirugía", añade Sara. Muchas pacientes llegan a consulta con el temor de que la penetración o incluso la estimulación del clítoris pueda dañar el resultado de la cirugía. Con el tiempo, según explica, el trabajo puede centrarse también en la sensibilidad, el tacto, la vibración o el placer. "Hay pacientes que han estado años evitando todo lo genital por la disforia", explica, por lo que recuperar la sexualidad puede requerir bastante más que superar una dificultad física.
"Es importante enseñar a conocer esa musculatura y acompañarla en un proceso que pue
de generar bastante miedo"
Aprender a habitar un cuerpo nuevo
En ese sentido, la recuperación no pasa solo por el cierre de una herida o conseguir una dilatación. También se vuelve necesario acostumbrarse a un cuerpo que ha cambiado y que "el cerebro tiene que aprender sobre él". Una cuestión que trabaja en los talleres por medio de un equipo multidisciplinar y pequeños ejercicios como mirarse al espejo, moverse, tocarse o simplemente empezar a reconocer esa zona de una manera diferente.
Cada mujer vive ese momento de una forma distinta. Algunas sienten alivio desde el principio y otras se encuentran con una imagen que les cuesta reconocer. "Hay mujeres que te dicen que al principio lo ven como una herida, como una amputación", cuenta. No significa necesariamente que estén rechazando la cirugía, sino que necesitan tiempo para asimilar un cambio corporal tan grande.
Por eso Sara insiste en que la operación no supone el final del proceso. "La cirugía, al final, no es la panacea, no es como... de repente paso de una cosa a la otra y ya es todo maravilla", apunta. Hay una parte física, pero también otra emocional y de adaptación que necesita su propio espacio. "Es un proceso", resume, y la Fisioterapia puede servir también para acompañar esa transición y dar herramientas para que la paciente vaya sintiendo ese cuerpo como suyo.
Más allá del tratamiento: sentirse segura en consulta
El problema, según Sara, es que ese acompañamiento todavía no está integrado de forma habitual en el circuito de la sanidad pública. En Cataluña, donde reside, los centros públicos que realizan estas cirugías no cuentan de forma generalizada con Fisioterapia especializada en suelo pélvico para este proceso. Incluso, ella misma ha ofrecido formación a profesionales, aunque en la práctica se ha encontrado más con peticiones puntuales de asesoramiento que con una incorporación real al circuito.
Por eso muchas pacientes llegan a ella a través de la asociación Ivaginarium, del boca a boca o buscando información por internet. "Me conocen por la asociación, no por otros equipos quirúrgicos", subraya. Y ahí está, para ella, una de las claves: "Si formase parte del circuito de la sanidad pública o al menos del circuito de las cirugías, ya sabes que existe".
Para Sara, además, contar con este seguimiento supondría algo más que añadir una consulta al proceso quirúrgico. "La Fisioterapia es un seguimiento y una seguridad también para la paciente en sí misma", defiende. En este sentido, habla de un espacio donde preguntar, contar un miedo, revisar una dificultad con las dilataciones o hablar de sexualidad, y que puede marcar la diferencia cuando las consultas con otros profesionales son más breves. "Lo importante es mostrar que podemos atender a este perfil de pacientes", concluye. Y, para ello, considera fundamental que la atención no dependa de que la paciente tenga que descubrir por su cuenta dónde acudir.
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