Hace unos días, un equipo de Redacción Médica tuvo la oportunidad de visitar el Hospital Universitario de Ceuta (HUCE) y el cercano Centro de Salud de Otero. Surgieron conversaciones con profesionales con los que había agendadas citas, principalmente gestores, pero también hubo libertad para poder preguntar a otros asistenciales que estaban desempeñando su labor cotidiana.

La visita dio también para comprobar in situ la situación de la playa del Trampolín, con miles de personas hacinadas, y de algún campamento cercano al propio hospital.

Nadie puede negar que la situación humanitaria que atraviesa Ceuta es extraordinaria, y la población local lo vive lógicamente con desasosiego, preocupación y miedo.

Pero la situación que el equipo de este diario presenció en el HUCE y en Otero no era de colapso, ni mucho menos. Nos encontramos con gestores comprometidos, que sí han sacrificado sus vacaciones y sus ratos de ocio y familia para afrontar la situación. Con especialistas de Urgencias, Medicina Familiar y Comunitaria (y en buena medida también Medicina Interna), que han notado la lógica presión asistencial que conlleva una avalancha humana de estas características, y que una de sus mayores tristezas es que compañeros de otros servicios hospitalarios no han sido capaces de echar una mano, aunque se les solicitara incluso de forma oficial.

Médicos y enfermeros que han mirado a la cara lo que se les venía encima, y que lo han afrontado arriesgando su propia salud mental. Ellos y ellas han reconocido a este diario que existe un déficit de dotación de plantillas que no es nuevo, y que ha agravado más aún la situación. Pero esos profesionales de a pie no hablaron de huelgas, sino de pedir más recursos humanos en su día a día y de que el Ministerio de Sanidad tenga en cuenta a Ceuta como zona de difícil cobertura para poder atraer a profesionales de forma más sencilla: "En la península se ríen de nosotros cuando les decimos a cuánto cobramos la hora de guardia".

La Urgencia del HUCE que presenció Redacción Médica dista mucho de la imagen apocalíptica que se vende en parte de la opinión pública acerca de la asistencia sanitaria en esta ciudad autónoma. Dos circuitos diferenciados trían por un lado a la población ceutí y por otro a los migrantes que cruzaron la frontera en julio. Sí, hay soldados del Ejército y seguridad privada vigilando la situación, pero no se respira un clima de tensión. En los boxes se trabaja con la normalidad propia de una especialidad tan compleja como es la de urgenciólogo. En el Centro de Salud de Otero también existe un triaje específico para los migrantes que lo requieren, y el resto del gran edificio sigue con su quehacer de consultas, rehabilitaciones y demás asistencias con los pacientes habituales.

La asistencia en la playa del Trampolín es más peliaguda, y allí se enfrentan a ella Cruz Roja, ONG's y voluntarios (algunos del propio sistema sanitario ceutí que 'doblan' turno de manera altruista). Atienden sobre el terreno y derivan si es preciso al hospital o al centro de salud, siempre en coordinación con el propio Ingesa.

Ceuta es un lugar especial, eso es obvio también. Una ciudad con una maravillosa luz propia, que pertenece al primer mundo pero está enclavada en un continente que vive otras realidades sociales y políticas. Un punto geoestratégico en la entrada al mar Mediterráneo, frente al Peñón de Gibraltar británico. Aquí confluyen de forma habitual diplomacia, estrategias trazadas en despachos remotos e influyentes, y una convivencia a pie de realidad que se palpa en las propias infraestructuras sanitarias públicas, donde una urgencióloga o un TCAE tienen raíces a ambos lados de la frontera y afectos en las dos culturas.

Ceuta necesita ayuda, es innegable. Su sanidad seguramente también un refuerzo más constante, aunque esa misma cuestión será respondida de manera parecida en cualquier servicio hospitalario o centro de Atención Primaria donde preguntemos en la España peninsular.

A la sanidad ceutí se le ayuda contando la verdad, y aportando soluciones, no más problemas.