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"Sentía que nunca era suficiente, que siempre podía estudiar una hora más o hacerlo mejor". De esta forma, Carla describe una de las etapas más duras de su vida. Durante meses, esta médica vivió convencida de que el éxito dependía de no bajar nunca el ritmo. La pandemia truncó el viaje a Australia que había planeado tras terminar la carrera. Un año después comenzó a preparar el MIR, mientras intentaba sostener la enfermedad de su abuelo, la presión de un examen que parecía decidir su futuro y una ansiedad que se abría paso en silencio. "La ansiedad no era mi enemiga, sino la forma que tenía mi cuerpo de decirme que había cosas que no estaba haciendo bien y que necesitaba parar", reconoce a Redacción Médica. Le costó tiempo y parte de su salud darse cuenta.

Años después, Carla ha terminado la residencia de Medicina Familiar y Comunitaria y su formación en Medicina Estética. Actualmente compagina ambas disciplinas y le gustaría orientar su carrera hacia el área de la calidad de la piel, un campo que descubrió también a raíz de su propia experiencia como paciente. Hoy comparte su historia para que otros no recorran el mismo camino en silencio. Porque, como ella misma resume, "una nota no define quién eres, pedir ayuda no te hace menos válida y cuidarte está por encima de todo".

Carla siempre quiso estudiar Medicina

Su vocación por la Medicina nació casi de manera natural durante su infancia. "Mi abuela trabajaba como administrativa en un centro de radiología en Mataró y al salir de la escuela, algunas tardes iba con ella", recuerda. Adoraba enfundarse en una bata blanca y, en cuanto podía, ayudaba como una más a los médicos a imprimir y colocar las radiografías. "Siempre les preguntaba el porqué de todo y me decían que era muy curiosa", afirma.

Una vez en la facultad, los dos primeros cursos fueron, en sus palabras, "muy duros". Pero la situación cambió a partir de tercero, cuando comenzaron las prácticas hospitalarias. "Éramos una gran familia. Ese sentimiento de pertenecer a un grupo, en el que todos nos apoyábamos en las épocas más duras, me ayudó muchísimo", recuerda. La especialista cuenta cómo el contacto con los pacientes y el apoyo de sus compañeros le devolvieron la motivación que había perdido.

Sin embargo, bajo esa aparente normalidad, poco a poco comenzó a gestarse una presión que acabaría pasándole factura con el paso del tiempo.

"Ese sentimiento de pertenecer a un grupo, en el que todos nos apoyábamos en las épocas más duras, me ayudó muchísimo"

El MIR y el despertar de la ansiedad

Carla estaba decidida a que, antes de presentarse al examen, quería tomarse un respiro "después de toda la ansiedad acumulada durante la carrera". Tenía las maletas, el visado y todo preparado para poner rumbo a Australia, pero la pandemia truncó sus planes y su sueño se quedó en pausa. "Ese año fue duro. No me sentía realizada, veía que mis amigos estudiaban y yo no", relata.

Un sentimiento de "no llegar" que se acentuó desde que comenzó, un año más tarde, la preparación en la academia. "Los simulacros de los sábados, de cuatro horas, me desmotivaban muchísimo porque la mayoría de las veces estaba en percentiles bajos", detalla. A esto se sumó el diagnóstico de cáncer de su abuelo, un segundo padre para ella, con el que tuvo que volcarse mientras continuaba su estudio. "Me encargaba de gestionar todas sus citas y de estar pendiente de las llamadas y las pruebas", explica la médica, que también subraya que no poder acompañarle tanto como le hubiera gustado a causa del MIR era "lo que peor llevaba".

Pronto, la ansiedad no tardó en trasladarse a su día a día. Muchas veces, de camino a la biblioteca, lloraba sin un motivo aparente y, al llegar, se obligaba a aparcar todo lo que sentía para seguir estudiando. "Me decía a mí misma: 'Ya has llegado, ahora tienes que estar bien'. Fue un año de evitación total de lo que sentía", señala.

Cuando el cuerpo empezó a pedir ayuda

Poco a poco, los síntomas comenzaron a hacerse cada vez más evidentes. Primero, empezó a dormir mal, luego llegó el sentimiento de faltarle el aire a la hora de cenar y desarrolló un acné persistente que ningún tratamiento conseguía controlar. Durante mucho tiempo, la sanitaria lo achacó a que era una consecuencia de la mascarilla, hasta que entendió que el estrés también estaba dejando huella en su piel.

La situación se agravó todavía más cuando terminó el MIR y eligió la residencia de Medicina Familiar y Comunitaria. "El primer año de residencia, lejos de casa, fue con diferencia el peor a nivel de ansiedad y tristeza", admite. Aunque trabajaba en un hospital donde los residentes estaban bien supervisados, la autoexigencia, el peso de la responsabilidad, la elevada carga asistencial y la falta de descanso tras las guardias alimentaban una intensa ansiedad anticipatoria.

A ello se sumó el impacto de descubrir las condiciones en las que muchas veces trabajan los médicos de Atención Primaria. Recuerda ver a sus adjuntas sin apenas levantarse de la silla durante toda la mañana y haciendo un enorme esfuerzo por atender bien a cada paciente pese a disponer de apenas diez minutos por consulta. "Eso me hizo vivir una pequeña crisis porque sentía que era imposible ejercer la Medicina como yo la había imaginado", reflexiona ahora.

"El primer año de residencia, comparado con el resto, fue con diferencia el peor a nivel de ansiedad y tristeza"

De la ansiedad a una nueva forma de ejercer la Medicina

Salir de esa espiral no fue cuestión de un día. Carla necesitó aprender a pedir ayuda, apoyarse en profesionales y en las personas que la acompañaron durante el camino. Retomó hábitos que había abandonado, como el ejercicio físico, y encontró el apoyo de una tutora que la ayudó a recuperar la ilusión. Además, a partir de tercer y cuarto año de residencia, el programa permitió repartir las mismas horas de guardia en turnos de 12 horas en lugar de 24. Un cambio que le ayudó mucho a controlar las migrañas. "Pero el cambio más importante fue entender que la ansiedad no era una debilidad, sino una señal de que algo no iba bien", afirma.

En tercer año de residencia llegó otro golpe inesperado: el diagnóstico de un carcinoma en el labio. Aunque el pronóstico era favorable, aquella experiencia la obligó a pasar al otro lado de la consulta y cambió por completo su manera de entender la Medicina. Los años conviviendo con el acné y la cicatriz le hicieron comprender el impacto que los problemas de la piel pueden tener en la autoestima de los pacientes. "Afectó mucho a mi autoestima. Me di cuenta cuando intentaba llevar la mascarilla puesta el mayor tiempo posible en el hospital, incluso para hablar de cerca con mis compañeros", recuerda. Incluso llegó a cancelar planes con sus amigas porque no quería que la vieran así.

Aquella experiencia despertó en ella su interés por estudiar Medicina Estética, donde descubrió otra forma de ejercer la Medicina, con más tiempo para escuchar al paciente y comprender el impacto que un problema cutáneo puede tener en su bienestar emocional. "No se trata solo de mejorar el aspecto físico; también consiste en tratar cicatrices, secuelas de acné, mejorar la calidad de la piel y ayudar a personas cuya autoestima se ha visto afectada por un problema en la piel", explica.

Hoy, años después, Carla mira aquella etapa con otra perspectiva. Durante mucho tiempo creyó que el MIR iba a decidir su futuro, pero ahora tiene claro que "una nota solo determina el orden para elegir plaza; no define tu vocación, tu capacidad ni el médico en el que acabarás convirtiéndote". Ese es el mensaje que le habría gustado escuchar entonces y el que hoy quiere compartir con quienes están preparando el examen: "No pasa nada por no poder con todo". Cuidarte, según subraya, también forma parte de cuidar a los demás.

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