"¿Cuánto tiempo más voy a vivir?" ha dejado de ser la única pregunta que debe responder la Oncología. Para los expertos y pacientes que este lunes han participado en la presentación del informe 'Vivir más y mejor. La incorporación de la calidad de vida en los criterios de evaluación de fármacos y su impacto en los pacientes', promovido por AstraZeneca en colaboración con la Alianza frente a la Metástasis: Innovación y Apoyo (Almia), la cuestión debe completarse con la perspectiva más dinámica del paciente.
El documento, que se presenta hoy también al Congreso de los Diputados, plantea incorporar la calidad de vida de forma estructurada en la investigación clínica, la práctica asistencial y la evaluación y financiación de medicamentos oncológicos.
“No podemos hablar de excelencia oncológica sin tener en cuenta la calidad de vida del paciente”, ha defendido Pilar Fernández, presidenta de Almia. A su juicio, hablar de calidad de vida supone abordar “autonomía, emociones, acompañamiento, dolor físico y emocional y también integración social”. Por ello, ha subrayado que “la calidad de vida importa más que la propia supervivencia”.
Los datos recogidos en el informe respaldan el cambio de perspectiva. Una encuesta realizada a cerca de diez mil personas de siete países europeos muestra que, ante una enfermedad grave como el cáncer y con un tiempo de vida limitado, solo entre un 2 y un 6 por ciento consideraría más importante prolongar la vida. Entre el 57 y el 81 por ciento, dependiendo del país, priorizaría mejorar su calidad de vida frente a prolongar la supervivencia.
Del dato clínico a la experiencia del paciente
La propuesta no plantea sustituir las variables clínicas por la calidad de vida, sino hacer convivir ambas dimensiones. “La investigación ha conseguido muchos avances en los últimos tiempos, pero medir variables básicas como la supervivencia ya no es suficiente si no se tiene en cuenta la calidad de vida de los pacientes y cómo influyen los tratamientos y efectos secundarios de los fármacos”, ha señalado Fernández.
Ruth Vera, jefa del Servicio de Oncología Médica del Hospital Universitario de Navarra, ha incidido en que esta información puede resultar especialmente relevante cuando las alternativas terapéuticas presentan resultados similares. “Esto es especialmente importante cuando los resultados en variables tradicionales, como la supervivencia global o la supervivencia libre de progresión, son similares entre alternativas terapéuticas o el beneficio clínico es marginal, como ocurre en pacientes con enfermedad avanzada”, ha explicado.
El informe propone para ello un marco de medición estructurado en tres niveles: criterios generales de calidad de vida, síntomas y limitaciones específicos de cada tipo de tumor y un módulo específico de toxicidad. El objetivo es obtener datos comparables, clínicamente relevantes y sensibles también a efectos secundarios tardíos o con impacto funcional.
Vera ha defendido además la necesidad de establecer “un umbral mínimo” que permita interpretar cuándo un deterioro o una mejoría de la calidad de vida resulta suficientemente relevante como para modificar una decisión terapéutica. El documento plantea indicadores como el tiempo hasta el deterioro de calidad de vida o la proporción de pacientes con una mejoría sostenida.
El paciente, también en la evaluación
Uno de los elementos centrales de la propuesta es que el paciente no participe únicamente como fuente de datos, sino también en la definición de qué debe medirse y en la interpretación de los resultados. “La voz del paciente debe incorporarse de manera estructural”, ha reivindicado Fernández, que considera necesaria su presencia en órganos de gobernanza y comisiones de adopción “no solo como observador, sino como actor decisorio”.
Para hacerlo posible, el informe plantea integrar los resultados comunicados directamente por los pacientes en la historia clínica digital, junto con alertas ante deterioros relevantes, síntomas no controlados o toxicidades emergentes. La falta de soporte tecnológico adecuado aparece, precisamente, como una de las principales barreras para incorporar estas mediciones a la práctica clínica. “No es un problema tecnológico, el problema es cómo integrarlo en las historias clínicas”, ha resumido Vera, que ha defendido un trabajo a múltiples niveles y una implantación progresiva.
El documento plantea también que organismos como la EMA y la Aemps establezcan estándares para la presentación de datos de calidad de vida en los ensayos clínicos y propone, a futuro, un órgano central de gobernanza que facilite herramientas comunes y supervise su integración en autonomías y hospitales.
La propuesta llega además en un momento de cambios en la evaluación de tecnologías sanitarias, tanto por el reglamento europeo de HTA como por el nuevo marco español, que incorpora, junto a los aspectos clínicos y económicos, dimensiones sociales, éticas, organizativas y jurídicas y contempla la perspectiva del paciente.
“No basta con medir cuánto vivimos; tenemos que medir cómo vivimos”, resumen desde AstraZeneca. El reto ahora pasa por convertir esa demanda en una metodología común que permita que la experiencia del paciente tenga un peso efectivo en cómo se investigan, evalúan, financian y utilizan los tratamientos oncológicos.
