En la farmacia de Villamayor de los Montes, en Burgos, no hay colas. Cuando entra alguien, Sheila Ubierna, la farmacéutica del pueblo, sabe su nombre, qué medicación toma y cómo ha pasado la semana. No hay prisas, se pregunta, se charla y, a veces, simplemente se escucha, durante un servicio que puede alargarse hasta los 20 minutos. Esta burgalesa de 30 años vive en Burgos y conduce cada día entre 20 y 25 minutos hasta este pequeño pueblo de la provincia que no llega a 160 habitantes.
Desde entonces es mucho más que la persona que dispensa medicamentos. "Eres el principal y único recurso sanitario que tienen los pacientes", explica en la entrevista con Redacción Médica. Sin embargo, su camino empezó lejos del mostrador. Tras estudiar Farmacia, hizo un máster en industria farmacéutica y trabajó cuatro años en el sector. "En la industria estaba supercontenta, en un buen puesto y bastante valorada, pero decidí dar el paso y poner mucho esfuerzo", detalla la farmacéutica.
De hecho, cuando le surgió la oportunidad de comprar una farmacia en un pequeño pueblo, a través de una amiga vinculada al Colegio Oficial de Farmacéuticos de Burgos, no se lo pensó demasiado. "A mí siempre me ha gustado mucho el trato directo con las personas". Además, la opción de volver si el proyecto no salía bien la tenía asegurada. "Voy a poner todo mi esfuerzo, porque quiero que esto salga bien, pero la vuelta atrás en la vida siempre la tienes", recuerda que pensó.
Ganarse la confianza de un pueblo en pleno invierno
El inicio no fue sencillo, pues pasó un mes junto a la anterior titular, quien le enseñó la gestión y le presentó a todos los pacientes. Aprendió pronto que una farmacia de pueblo es también un negocio que se lleva en solitario: proveedores, pedidos, cuentas. "Todo lo organizas tú". Pero no solo eso, pues además llegó en el peor momento. "Cogí la farmacia en invierno, y los pueblos en invierno se vacían. En verano tienen mucha más vida, pero en invierno hay muy poquita gente", detalla la burgalesa.
Igualmente, lo primero que hizo Sheila fue una pequeña reforma para darle "más vida", un aire más cercano y moderno sin perder la esencia rural. Pero lo difícil no fue la obra. "Al principio fue duro. Era conocer a la gente y que la gente confiara en ti", admite. Su predecesora llevaba muchos años detrás del mostrador y los vecinos la conocían bien. Sin embargo, poco a poco, Sheila se fue ganando su sitio. Hoy describe una relación "supercercana": conoce a todas las familias y hace un seguimiento personalizado de cada paciente.
"Hacemos escucha activa de personas que vienen simplemente a paliar su soledad"
Tanto es así que muchas veces la farmacia es el referente sanitario del pueblo. Esto se debe a que es el único establecimiento sanitario abierto los cinco días de la semana en el pueblo, ya que tanto el médico como la enfermera "vienen a Villamayor de los Montes solo dos días a la semana". De este modo, cualquier vecino que necesita algo se acerca a la farmacia con "cualquier pregunta, patología o necesidad de atención". "Me siento muy responsable", reconoce la burgalesa.
Es un todo en uno; en ocasiones, Sheila hace de enfermera, farmacéutica, médica y hasta de "psicóloga". Eso sí, tiene claros los límites. Si ve algo grave, deriva al paciente a un pueblo cercano y más grande donde hay servicio de guardias. Si es una dolencia leve, le pide que espere al día en que pasa el médico. "Probablemente necesiten algún medicamento que requiere receta y que yo no puedo prescribir; esa es labor del médico".
Sheila Ubierna, farmacéutica en Villamayor de los Montes, en Burgos
Un tratamiento mucho más cercano
Para Sheila, la gran diferencia con una farmacia de ciudad es el trato. En la ciudad, muchos clientes están de paso. En el pueblo, cada paciente tiene nombre, historia y rutina. Y en una población envejecida, la farmacia cumple una función vital para los vecinos. "En una farmacia rural no solo dispensamos medicamentos. También hacemos escucha activa de personas que vienen simplemente a paliar su soledad", explica. "Hay muchos pacientes mayores en el pueblo que a veces solo necesitan que alguien los escuche".
A su vez, el desabastecimiento puede ser uno de los grandes problemas de una farmacia rural, aunque menos de lo que podría pensarse. Los distribuidores le llevan pedidos dos veces al día, un servicio que califica de "muy bueno". El problema llega cuando falta un medicamento. Ahí recurre a su ventaja de vivir en Burgos: busca la medicación entre compañeros farmacéuticos de la ciudad para que sus pacientes la tengan al día siguiente.
Por otro lado, la rentabilidad económica es la parte más frágil. A diferencia de las ciudades, las ventas de una farmacia son mucho menores y durante el invierno es cuando más se nota. "Se juntan muchos gastos y pocos ingresos, porque viene muy poca gente presencialmente". La farmacia es rentable, asegura, pero hay que trabajarla. "En una farmacia de ciudad, los pacientes vienen a ti. En una farmacia de pueblo te tienes que buscar tus propios pacientes o tus propios ingresos".
Es por ello que ha empezado a mostrar su día a día a través de las redes sociales, donde hace divulgación científica, explica los productos que vende y ha empezado con la venta online. "Creo que la gente intenta apoyar al medio rural y comprarte a ti en la medida de lo posible", dice. Algunos se acercan a comprar lo que han visto en sus vídeos; otros se lo encargan.
Sin farmacia, el pueblo se apaga
La farmacia rural es mucho más que un comercio, sino que se trata de "un servicio sanitario imprescindible". Además de dispensar medicamentos, es "un punto de encuentro" para vecinos que viven solos. Cerrarla, advierte, sería un golpe más para la España vaciada. Lamentablemente, en su caso, no puede contratar a nadie más, por lo que trabaja sola de 11:30 a 17:30, y cuando se va de vacaciones, la farmacia cierra.
"Desgraciadamente, la farmacia no es tan rentable como para contratar a otra persona", lamenta. Se toma una semana a mediados de noviembre, cuando el pueblo está más vacío. Lo cierto es que para el medio rural el riesgo es real. Muchas farmacias de pueblos pequeños cierran porque nadie toma el relevo. Son negocios que exigen mucho esfuerzo y, a veces, meses perdiendo dinero, así que pocos se animan.
Es por ello que Sheila reclama ayudas para quienes, como ella, apuestan por el medio rural. "Si quitamos negocios y puntos sanitarios tan importantes como una farmacia en un pueblo, los pueblos tienden a morirse y a despoblarse. Es lo que está pasando actualmente en España". Lo resume con una idea sencilla, la misma que la llevó a dejar la industria y ponerse detrás de un mostrador en un pueblo de Burgos: "Al final todos somos personas y todos tenemos que tener los mismos servicios".
