Detrás del 13,83 con el que Irene ha conseguido entrar en Medicina hay un camino marcado por el esfuerzo, la incertidumbre y la perseverancia. La estudiante madrileña llegó a quedarse a solo 0,02 puntos de obtener una plaza y estuvo cerca de abandonar definitivamente el objetivo que perseguía desde pequeña. "Siempre tuve claro que quería ser médica. Cuando ves que las notas de corte son cada año más altas y que tienes que rozar prácticamente la excelencia, empiezas a pensar que no te va a dar. Eso fue lo que me pasó a mí", explica a Redacción Médica.
Al comprobar que su nota no sería suficiente para acceder, Irene buscó en la Formación Profesional una vía para mejorar su expediente. Su primera estrategia fue matricularse en el grado superior de Anatomía Patológica y Citodiagnóstico. Sin embargo, la calificación obtenida todavía no le permitía acceder a Medicina, por lo que decidió cursar un segundo ciclo de Formación Profesional. "Antes de presentarme por primera vez a la PAU intenté subir la media todo lo posible, pero no lo conseguí. Decidí hacer otro, el de Laboratorio Clínico y Biomédico, y ahí sí conseguí subir la media de la fase general, que se me quedó en un 10".
La primera PAU llegó al terminar este segundo ciclo. Los exámenes no le salieron mal, pero la nota fue insuficiente para Medicina. Irene descartó entonces volver a presentarse porque consideraba que podía convertirse en "un año perdido" y comenzó a buscar una alternativa. Veterinaria siempre había sido su segunda opción. Para estudiarla, abandonó Madrid y comenzó una nueva vida en Zaragoza. Aquella decisión pretendía ayudarla a aceptar que Medicina no iba a ser posible, pero el cambio de ciudad y de carrera no consiguió apartar por completo su primera vocación. "Me mudé de ciudad y empecé Veterinaria porque tenía muy claro que Medicina no iba a salir y que cuanto antes lo asumiera, mejor. Siempre me había gustado y la tenía como segunda opción, pero, una vez dentro, aunque me gustaba, no era la carrera que yo quería. Por una parte o por otra, Medicina seguía apareciendo", resume.
Dejar Veterinaria sin tener asegurada una plaza
La decisión de abandonar esa alternativa no fue inmediata. Irene pasó varios meses valorando las consecuencias de renunciar a una carrera ya iniciada, regresar al punto de partida y preparar de nuevo una prueba cuyo resultado no podía controlar. Además del miedo a equivocarse, tuvo que afrontar las dudas de parte de su entorno. "Estaba dejando una carrera que ya había empezado por algo que ni siquiera sabía cómo iba a salir. Tuve bastante miedo porque me estaba jugando mucho, pero sabía que, si no lo intentaba, me iba a arrepentir", añade.
Frente a quienes no veían clara la decisión, encontró el respaldo necesario en su familia y sus amigas. "Me dijeron que siguiera, que, aunque no iba a ser fácil, tenía que intentarlo porque era lo que siempre había querido. Tengo una familia, especialmente mi padre, y unas amigas maravillosas. Han sido quienes más me han apoyado con todo lo relacionado con Medicina", apunta.
A 0,02 puntos de entrar en Medicina
Irene volvió a presentarse a la PAU después de su primer año de Veterinaria. El resultado la situó a solo 0,02 puntos de entrar en Medicina. La estudiante siguió los últimos llamamientos mientras se encontraba de viaje en Tanzania, confiando en que alguna renuncia permitiera que las listas avanzaran hasta su posición. "Estaba convencida, en parte, de que iba a entrar. Ver que no y quedarme a esa diferencia me sentó bastante mal. Dije que los días que me quedaban de viaje no me los iba a arruinar y que, cuando regresara a España, ya vería qué hacía".
Al volver, su primera reacción fue abandonar definitivamente el objetivo. Interpretó aquellas dos centésimas como una señal de que debía olvidarse de Medicina y buscar otro camino. También pesaba el cansancio acumulado después de años de cambios, estudio e incertidumbre. "Ahí fue cuando dije: 'Lo dejo, no voy a seguir'. Pensé que, si me había quedado a una diferencia tan ridícula, sería una señal de que Medicina no era para mí. Por una parte quería continuar, pero por otra estaba ya cansada".
Su entorno volvió a animarla a presentarse una última vez. La cercanía de la plaza demostraba que el objetivo no era inalcanzable, aunque Irene ya había entrado en un proceso de dudas que afectaba directamente a su confianza. "Había asumido que no me daba, que no lo iba a conseguir y que tenía que olvidarme. Entré en un bucle bastante malo porque sentía que estaba arriesgando muchísimo por algo que quizá no iba a llegar nunca".
La tercera PAU y una nota de 13,83
Cada convocatoria modificó su forma de preparar las pruebas. En el segundo intento centró una parte mayor del estudio en los exámenes de años anteriores. Para la tercera PAU, la experiencia acumulada le permitió afrontar los ejercicios con más tranquilidad. "No fui tranquila porque supiera que iba a aprobar, sino porque había hecho todo lo que podía. Más no podía dar. Pensé que los exámenes saldrían como tuvieran que salir y que yo ya no podía hacer otra cosa".
Irene rechaza que alcanzar un 13,83 requiriera estudiar durante jornadas interminables. En su caso, la diferencia estuvo en la organización, el aprovechamiento del tiempo y la práctica con modelos de convocatorias anteriores para detectar los contenidos más habituales y sus propios errores. "No hay ningún secreto para sacar esa nota. No he estado estudiando 12 horas diarias ni me he pegado una matada. Hay que saber aprovechar el tiempo, organizarse y centrarse en exámenes de otros años para saber cómo es la prueba y dónde sueles fallar", apunta. De hecho, la preparación tampoco desplazó por completo su vida personal. Ir al gimnasio y pasear con sus perros continuaron formando parte de su rutina, precisamente porque le permitían desconectar de la presión asociada a la nota de acceso.
Objetivo entrar en Medicina
Cuando recibió la calificación definitiva, Irene comenzó a llorar. La cifra, asegura, nunca fue el verdadero objetivo. Cualquier nota que le hubiera permitido acceder a Medicina habría tenido el mismo valor, porque lo importante era la plaza y no el número con el que la había alcanzado. "El 13,83 nunca fue mi objetivo. Si hubiera sido un 13,50 o un 13,90 me habría dado exactamente igual mientras me permitiera conseguir una plaza. Muchas veces se pone el foco en la nota y se olvida todo lo que hay detrás".
Después de comprobar cómo dos centésimas podían determinar el acceso, Irene cuestiona que la calificación permita anticipar el tipo de profesional que llegará a ser un estudiante. Esta experiencia también ha marcado la manera en la que quiere afrontar, dentro de varios años, el examen MIR. "Una nota no define el profesional que vas a llegar a ser. Un examen puede ir mal ese día por muchos motivos y no mide el médico que vas a ser. Es algo que quiero tener muy claro de cara al MIR: independientemente de cómo vaya, un número no va a definir la médica que seré".
El recorrido le ha enseñado a aceptar que no alcanzar un objetivo al primer intento no implica carecer de capacidad para lograrlo. Aunque todavía debe comenzar el grado, ya siente interés por Angiología y Cirugía Vascular y por Anestesiología, con preferencia inicial por la primera. "Estos tres años me han enseñado a ser más paciente y a entender que, aunque algo no salga a la primera, no significa que no valgas ni que el camino sea incorrecto. Hace un año decía que iba a olvidarme de Medicina y, pocos días después, decidí intentarlo una última vez. Menos mal que lo hice".
