Maricarmen fue desahuciada este miércoles. Tras meses de lucha, a sus 87 años, ha perdido la que llevaba siendo su vivienda los últimos 70 años. No es un caso aislado. Es una realidad. La situación que existe en nuestro país respecto a la vivienda abruma a todos los colectivos, tanto jóvenes como adultos.
"Para las personas mayores, perder su casa es perder su biografía", explica a Redacción Médica Roberto Martín, coordinador del Área 'Psicología del envejecimiento' del Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Occidental (COP-AO). Más allá del 'drama habitacional' que puede suponer para la persona desahuciada, el experto profundiza en el impacto en la salud mental que puede llegar a ocasionar este tipo de situaciones, especialmente en la tercera edad. Y es que los efectos son incalculables. Martín subraya que un desalojo de estas magnitudes supone un "duelo" profundo y la pérdida del control total sobre sus vidas.
"Los problemas derivados de la vivienda se han convertido en un factor bastante destacado en los últimos años. Vemos que se realizan desahucios a todo tipo de unidades familiares y a cualquiera nos puede suceder, pero la necesidad de estabilidad de la población mayor es completamente diferente", señala Martín. Según el experto, mientras los jóvenes tienen otra capacidad para afrontar cambios repentinos, una persona anciana da por segura la tranquilidad en su última etapa vital. Quebrar esa premisa sobre la marcha genera "una incertidumbre y una vulnerabilidad masivas".
El trauma psicológico y el "duelo" por el hogar
El caso de Maricarmen ilustra a la perfección lo que Roberto Martín define como una "pérdida de control percibido", un elemento íntimamente relacionado con el bienestar. "Para estas personas, la pérdida de su domicilio reside al margen de su capacidad de influencia, lo que genera una enorme impotencia", señala el psicólogo.
A nivel clínico, este cambio tan abrupto desencadena respuestas inmediatas como alteraciones del sueño, disminución del apetito y una elevación crítica de los niveles de estrés. Sin embargo, el mayor riesgo a medio plazo es que el desahucio actúe como factor desencadenante de trastornos depresivos y de ansiedad. "La vivienda simboliza mucho más que seguridad; es toda su vida, su biografía. Siempre hay recuerdos asociados y, al perderla, la persona atraviesa un verdadero duelo", detalla Martín, quien añade que a esto se suma el grave "aislamiento social por el desarraigo del barrio en el que ha vivido durante décadas".
Agravamiento de patologías y riesgo en el deterioro cognitivo
El impacto es aún más severo si existen problemas de salud mental previos. Martín advierte que, en el caso de la tercera edad, la depresión a menudo no se manifiesta tanto como desánimo, sino de forma somática a través de dolores físicos. Asimismo, los trastornos de ansiedad, las crisis de angustia, las fobias o las conductas de evitación tienden a exacerbarse.
Especial cuidado requieren las personas mayores con deterioro cognitivo o demencia. Desde el campo de la gerontología, el psicólogo recuerda que mantener entornos estables y familiares es vital para facilitar su adaptación. Un desalojo y un cambio repentino de entorno "provocan incrementos en la desorientación, mayor agitación y graves alteraciones conductuales", aunque no aceleren biológicamente el proceso de neurodegeneración.
Cómo abordar una crisis estructural
La inseguridad habitacional está cambiando la forma en la que la sociedad forja su identidad. "Siempre hemos pensado que terminabas tu carrera y te comprabas tu piso, pero las circunstancias han cambiado. Es duro asumir que, independientemente de tu nivel adquisitivo o perfil, ya no hay una seguridad de poder establecer un hogar", reflexiona Martín.
Ante esta situación, que el psicólogo califica de "problema estructural", los profesionales de la salud mental están recurriendo a corrientes como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) o el mindfulness para ayudar a los pacientes a gestionar la incertidumbre y aceptar aquellos cambios sobre los que no tienen control. De hecho, el impacto de la crisis de la vivienda es tal que Roberto Martín vaticina un cambio en su propia profesión: "No me extrañaría que en los próximos años surja una vertiente profesional en la psicología especializada exclusivamente en el afrontamiento de estas situaciones".
