España cuenta con zonas de riesgo sísmico moderado-alto, especialmente en el sur del país. Esto significa que no es imposible que tenga lugar un terremoto en el territorio nacional. Prueba de ello es lo ocurrido en Granada hace pocos días o en Lorca en 2011. Aun así, existen estructuras preparadas ante este tipo de episodios. Un ejemplo de ello son los hospitales.
Ante la duda de si una infraestructura sanitaria podría soportar una sacudida, Rubén Horcajo, vocal de la Comisión de Ingeniería Médica y Sanitaria del Colegio de Ingenieros Industriales de Madrid, asegura que, aunque es un debate complejo para especialistas, "en España gozamos de una buena posición en cuanto a la seguridad de nuestros edificios". Aun así, si hay un país que se caracteriza por sus normativas antisísmicas es Chile.
Se trata de uno de los Estados con mayor riesgo sísmico del mundo debido a que se encuentra en el Cinturón de Fuego del Pacífico y en la zona de subducción donde la placa de Nazca se introduce bajo la placa Sudamericana. Esta interacción tectónica ha provocado miles de sismos cada año. Bien lo sabe Consuelo Menéndez, subgerente de Infraestructuras de Clínica Santa María, ubicada en el país sudamericano.
“Chile ha aprendido de grandes terremotos y dispone de estándares sísmicos robustos. Hoy el desafío no es solo proteger la estructura, sino asegurar que el hospital mantenga su capacidad de atención inmediatamente después de un evento mayor. La preparación real debe evaluarse establecimiento por establecimiento, considerando la antigüedad, el mantenimiento, las intervenciones realizadas y la redundancia de sus servicios críticos”, explica a Redacción Médica.
Por su parte, Horcajo asegura que nuestro país tiene en cuenta los efectos de un seísmo "en el diseño estructural desde el año 1974". Estas normativas han evolucionado hasta la versión de 2002 (NCSE-02) y se complementaron con la entrada en vigor del Código Técnico de la Edificación (CTE) en 2006. Hoy en día, los arquitectos calculan los edificios con programas que adaptan los coeficientes a cada región, "evitando que existan puntos susceptibles de colapso" y trabajando siempre con un "margen amplio de seguridad".
Además, España ha aprendido de acontecimientos como el de Lorca en 2011. Aun así, Horcajo pone encima de la mesa dos aspectos en los que todavía se debe mejorar. En primer lugar, considera que es necesario "una mayor actualización de las normas sísmicas (tienen 24 años de antigüedad)" ante la aparición de nuevas variables y cambios en los mapas. Asimismo, propone "establecer revisiones periódicas del parque de edificios".
Desde mantener la red eléctrica de un hospital a los gases medicinales
Y es que estar preparados para un seísmo es imprescindible, sobre todo, en el caso de un hospital. Si un terremoto tumba la red eléctrica, los hospitales garantizan el suministro de las áreas críticas y de soporte vital mediante grupos electrógenos y Sistemas de Alimentación Ininterrumpida (SAIs), alcanzando "una autonomía media de entre 24 y 48 horas sin realizar recargas de gasoil".
Sin embargo, Horcajo pone sobre la mesa una advertencia crítica. Para que un quirófano mantenga su asepsia (temperatura, renovación de aire y presiones), equipos como las unidades de tratamiento de aire o los sistemas de refrigeración también deben estar conectados al grupo electrógeno. "Esto lamentablemente no suele ser tan común y será un punto interesante para poner encima de la mesa por cada ingeniero responsable del hospital", advierte el experto.
Frente a estos retos eléctricos, la normativa chilena no establece una única cantidad de horas de autonomía aplicable a todos los hospitales, sino que exige que las cargas críticas cuenten con sistemas de alimentación de emergencia y respaldo adecuados para garantizar la continuidad operacional. De todas formas, para Menéndez, es más importante la secuencia de respaldo que la duración del grupo electrógeno desde la perspectiva de infraestructura hospitalaria.
"Los UPS y bancos de baterías mantienen energizados los equipos críticos durante los primeros segundos. Transferencia automática detecta la pérdida de red y el grupo electrógeno toma la carga crítica del hospital. La autonomía posterior depende principalmente del combustible disponible y de la estrategia de reposición", explica la arquitecta hospitalaria.
"En Chile los hospitales de alta complejidad disponen de sistemas eléctricos redundantes y grupos electrógenos que permiten mantener operativas las áreas críticas ante una caída total de la red"
Sumado a ello, apunta que "en Chile los hospitales de alta complejidad disponen de sistemas eléctricos redundantes y grupos electrógenos que permiten mantener operativas las áreas críticas ante una caída total de la red". "La autonomía real depende del diseño de cada establecimiento, pero habitualmente se considera un rango de 18 a 24 horas de funcionamiento continuo para los servicios esenciales, con planes de reabastecimiento de combustible para eventos prolongados", anota.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que las tuberías de oxígeno y vacío son el soporte vital del edificio. Para asegurar su resistencia, según Horcajo, "suelen ser ejecutadas en tubería rígida de cobre para garantizar una mejor estanqueidad", ya que las fijaciones flexibles no ofrecen garantías. Si se produjera una fuga parcial, las llaves de corte sectorizadas permiten anular esa zona. Si la fuga fuera general, se cortaría el colector principal.
Al otro lado del Océano Atlántico, la subgerente de Infraestructuras indica que en Chile los hospitales de mediana y alta complejidad disponen de redes de gases medicinales diseñadas con criterios de seguridad y continuidad operacional. "Estas redes suelen contar con válvulas de sectorización, sistemas de alarma y elementos de fijación que buscan mantener la integridad de las tuberías durante un sismo. Más que depender exclusivamente de cortes automáticos, la estrategia se basa en la redundancia de los sistemas, la capacidad de aislar sectores dañados y la rápida evaluación por parte de los equipos de infraestructura clínica. El objetivo es evitar tanto fugas como la interrupción del suministro de oxígeno y vacío a las unidades críticas", afirma.
De hecho, añade que "la experiencia chilena después de terremotos importantes ha demostrado que el desafío no es solo que el edificio resista, sino que los sistemas no estructurales (gases clínicos, agua, electricidad, climatización y equipamiento médico) sigan operativos, ya que son los que determinan si el hospital puede continuar atendiendo pacientes tras el evento".
Los falsos techos, el punto débil que nadie conoce
De todas maneras, insiste en que uno de los problemas más frecuentes durante los terremotos no suele ser la falla estructural del edificio, sino "el comportamiento de los elementos no estructurales". Un ejemplo muy habitual son "los cielos falsos o cielos americanos", lo que en España se conoce como 'falso techo'. Actualmente, existen en el mercado sistemas antisísmicos que incorporan clips, tensores diagonales y arriostramientos especiales, diseñados para evitar que los paneles se desprendan y colapsen durante una sacudida. Estos sistemas permiten que el falso techo conserve su estabilidad y evitan el efecto 'naipes', que es "una de las fallas más frecuentes observadas tras un sismo".
Tal y como alerta Menéndez, el problema es que estos sistemas "no son visibles para el usuario final, aumentan el costo de instalación y requieren más tiempo de ejecución, por lo que no siempre se incorporan en todos los proyectos". Y es que, cuando esto ocurre, un terremoto puede provocar la caída de techos, luminarias o elementos suspendidos sin que necesariamente exista daño estructural en el edificio.
"Muchas veces la percepción es que el edificio se está derrumbando, cuando en realidad el daño corresponde a componentes secundarios"
Desde el punto de vista de la operación hospitalaria, "esto es muy relevante porque, aunque la estructura principal permanezca intacta, la caída de elementos no estructurales puede dejar un servicio inoperativo, obligar a evacuar áreas clínicas y generar una fuerte sensación de inseguridad en pacientes y funcionarios". "Muchas veces la percepción es que el edificio se está derrumbando, cuando en realidad el daño corresponde a componentes secundarios. Aun así, las consecuencias operacionales y psicológicas pueden ser muy importantes. Por eso, en hospitales modernos, la protección sísmica ya no se enfoca únicamente en que el edificio no colapse, sino también en asegurar que los sistemas no estructurales permitan mantener la continuidad de la atención después de un terremoto", argumenta.
En cuanto a la inutilización de ascensores y montacargas -algo que solo ocurriría por colapso total-, los planes de autoprotección ya contemplan soluciones logísticas. "Algunos hospitales en España ya están adquiriendo camillas portátiles para poder transportar a los pacientes más críticos a través de las escaleras", señala Horcajo.
¿Cómo actúa un hospital minutos después de un terremoto?
Al final, una evacuación masiva de pacientes inmovilizados es una de las situaciones más complejas que puede enfrentar un hospital. "Tras un terremoto, los ascensores quedan fuera de servicio hasta verificar que son seguros para operar. En ese contexto, la prioridad inicial es evaluar la integridad estructural del edificio y asegurar la continuidad de los sistemas críticos, como energía, agua, gases clínicos y comunicaciones", explica la arquitecta hospitalaria del centro chileno.
Si la estructura se mantiene operativa, lo habitual es realizar un confinamiento seguro de los pacientes en sus unidades mientras se inspecciona el edificio. Evacuar a cientos de pacientes críticos por escaleras puede representar "un riesgo mayor que mantenerlos temporalmente en un entorno controlado".
Si la evacuación fuera imprescindible, ésta se realiza de forma priorizada, comenzando por los sectores de mayor riesgo. Para ello se utilizan equipos clínicos y de apoyo especialmente entrenados, camillas de evacuación, sillas de rescate y procedimientos previamente definidos para el traslado por escaleras. Los pacientes críticos requieren además apoyo de oxígeno portátil, monitoreo y equipamiento de soporte durante el desplazamiento.
"Desde la experiencia hospitalaria, el verdadero desafío no es solo la capacidad de mover pacientes, sino evitar llegar a esa situación. Por eso, en los hospitales modernos se trabaja intensamente en la protección sísmica de los elementos no estructurales y de los sistemas de soporte vital, de manera que el edificio pueda seguir funcionando después de un sismo y no sea necesario evacuarlo. En otras palabras, el mejor plan logístico es que el hospital mantenga su operatividad. Cuando esto se consigue, los pacientes permanecen en un entorno seguro y se evita una evacuación que, especialmente en unidades críticas, siempre implica riesgos clínicos significativos", añade Menéndez.
Actuación en tiempo real ante un terremoto
En los instantes posteriores al sismo, en un hospital español se activa el plan de autoprotección, revisado cada tres años. "El equipo de mantenimiento suele ser el equipo de primera intervención, por su presencia permanente y conocimiento", explica Horcajo. Estos profesionales evalúan los daños in situ y el ingeniero revisa las instalaciones críticas (electricidad, gases, agua, incendios y ascensores).
Toda esta información vital se traslada al jefe de emergencia (normalmente la gerencia). Es esta figura, con "conocimiento profundo de la parte asistencial", quien tiene la autoridad para ordenar una evacuación total o parcial. Bajo su liderazgo se forma inmediatamente un comité de crisis -con direcciones médica, de Enfermería, ingeniería, servicios generales y atención al paciente- para ejecutar el plan de contingencia antes incluso de que lleguen los bomberos.
Según la profesional residente en Chile, lo primero que se hace en su Clínica es activar al equipo de infraestructura y mantenimiento para realizar una evaluación rápida de las condiciones del edificio y de los sistemas críticos: "En nuestra experiencia, muchas veces la estructura del edificio resiste adecuadamente el terremoto y los principales daños se producen en los elementos no estructurales. La caída de un cielo falso, una luminaria o un ducto puede bloquear una circulación, generar una sensación de colapso y dejar un área completamente inoperativa, aunque la estructura continúe siendo segura".
Una vez concluida la inspección inicial, se informa a la dirección del establecimiento qué áreas pueden seguir funcionando normalmente, cuáles deben operar con restricciones y cuáles requieren aislamiento o evacuación mientras se realizan evaluaciones más detalladas. Eso sí, en los primeros minutos posteriores a un terremoto, la dirección del establecimiento activa el comité de emergencia o centro de operaciones de emergencia del hospital. Desde el punto de vista técnico, el equipo de infraestructura, mantenimiento y prevención de riesgos realiza una evaluación rápida para identificar daños que puedan comprometer la seguridad de pacientes y funcionarios.
"Como arquitecta hospitalaria, mi responsabilidad es aportar la evaluación inicial respecto del comportamiento del edificio y de los sistemas críticos. Lo primero que revisamos es si existen daños evidentes en la estructura, como grietas relevantes, desplazamientos, deformaciones o posibles cortes estructurales en elementos resistentes", explica. Si se detectan indicios de daño estructural que puedan comprometer a la seguridad del inmueble, el equipo de Menéndez se comunica inmediatamente con el ingeniero calculista responsable del edificio o con un especialista estructural acreditado para evaluar el nivel de riesgo: "Son ellos quienes cuentan con el conocimiento técnico para determinar si la estructura ha perdido capacidad resistente y si es seguro continuar ocupando el edificio".
Es decir, "la dirección del hospital es quien toma la decisión final, pero dicha decisión debe estar respaldada por la evaluación técnica de infraestructura, mantenimiento, prevención de riesgos y, cuando existen dudas sobre el comportamiento estructural, por el criterio del ingeniero calculista del edificio".
