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La seguridad del paciente lleva años ocupando un lugar destacado en la agenda sanitaria, pero Antonio Burgueño Jerez considera que todavía existe una asignatura pendiente. No es otra que definir con claridad cuál es el papel que corresponde a quienes dirigen las organizaciones sanitarias. Esa es la idea que vertebra El equipo directivo ante la seguridad del paciente, una publicación en la que el director de Enclave Salud y Proyecto Venturi traslada al ámbito de la gestión más de dos décadas de experiencia trabajando junto a equipos directivos de hospitales.

Según explica en una entrevista con Redacción Médica, el libro nace como resultado de una evolución profesional más que como una iniciativa puntual. Burgueño Jerez recuerda que, desde hace años, su trabajo ha estado ligado a la implantación de modelos de seguridad del paciente en diferentes organizaciones sanitarias. Ese recorrido le permitió detectar una carencia común: los hospitales conocían las medidas que debían aplicar para reducir riesgos asistenciales, pero seguían sin disponer de un marco que definiera quién debía asumir cada responsabilidad dentro de la organización.

A su juicio, durante este tiempo se han desarrollado protocolos e indicadores sobre gestión de riesgos, seguridad quirúrgica o prevención de eventos adversos. Sin embargo, la función de los equipos directivos ha permanecido dispersa entre recomendaciones internacionales, modelos de acreditación y normas técnicas, sin una referencia que concretara qué debe hacer realmente un gerente, un director médico o una dirección de Enfermería para impulsar la seguridad del paciente. Esa ausencia es precisamente la que pretende cubrir la publicación.

Definir responsabilidades antes que nuevas estructuras

Para Burgueño Jerez, el principal error consiste en identificar la seguridad del paciente con una única figura dentro del hospital. Explica que, con frecuencia, toda la responsabilidad termina recayendo sobre el responsable de seguridad del paciente o la unidad de gestión de riesgos, cuando se trata de una tarea que debe repartirse entre distintos niveles de la organización.

Por ello, sostiene que el primer paso no consiste en elaborar nuevos planes o fijar nuevos objetivos, sino en delimitar con precisión las funciones de cada actor implicado. El responsable de seguridad del paciente, el comité específico, los jefes de servicio, las direcciones asistenciales o la propia gerencia deben conocer exactamente cuál es su papel para evitar duplicidades y asegurar que ninguna responsabilidad quede sin asumir.

En este sentido, el autor defiende que la principal función del equipo directivo no es ejecutar personalmente todas las actuaciones relacionadas con la seguridad clínica, sino construir una estructura organizativa capaz de coordinar el trabajo del conjunto de profesionales. La prioridad, resume, es "organizar la orquesta" para que cada integrante sepa qué debe hacer y cuándo hacerlo.

Ese planteamiento constituye el eje central del libro, que identifica diez grandes funciones del equipo directivo relacionadas con la planificación, el liderazgo, la gestión de riesgos, la comunicación, la formación o la incorporación de nuevas tecnologías, entre otros ámbitos. El objetivo no es añadir nuevas obligaciones a los gestores, sino ofrecerles una guía que les permita ordenar responsabilidades que, en muchos casos, ya forman parte de su actividad diaria.

La seguridad del paciente como parte del plan del hospital

Burgueño Jerez también cuestiona que la seguridad del paciente continúe tratándose en algunas organizaciones como un proyecto paralelo a la gestión cotidiana del hospital. En su opinión, uno de los principales cambios pendientes pasa por incorporarla plenamente a la estrategia institucional y entenderla como un elemento inseparable de la calidad asistencial.

Desde esa perspectiva, considera que la seguridad clínica no puede limitarse a comprobar si se cumplen determinados protocolos o indicadores. También incluye aspectos relacionados con la organización asistencial, la continuidad de los procesos o la capacidad del sistema para atender a los pacientes en el momento oportuno.

Como ejemplo, cita las listas de espera. A su juicio, suelen analizarse exclusivamente desde la óptica de la gestión, cuando también representan un elemento de seguridad del paciente. Más que el número total de personas pendientes de atención, considera relevante valorar cuánto tiempo lleva esperando cada paciente concreto, cuál es su situación clínica y hasta qué punto esa demora puede afectar a su evolución.

El liderazgo directivo, motor de la cultura de seguridad

Para Burgueño Jerez, la cultura de seguridad no se construye únicamente mediante protocolos o programas formativos. Considera que empieza por el compromiso visible de los equipos directivos. Cuando la Gerencia participa en las reuniones de planificación, respalda las medidas de seguridad y demuestra que este ámbito forma parte de las prioridades de la organización, está enviando un mensaje claro a todos los profesionales.

En este sentido, asegura que la implicación de los gestores ha evolucionado de forma notable durante la última década. A su juicio, los equipos directivos son hoy mucho más conscientes de la importancia de la seguridad del paciente y respaldan con mayor convicción este tipo de iniciativas, lo que contribuye a consolidar una cultura organizativa más sólida.

Respecto a los desafíos que afronta actualmente el sistema sanitario, Burgueño Jerez no cree que la seguridad del paciente vaya a quedar relegada frente a cuestiones como la presión asistencial, la escasez de profesionales o la transformación digital. Sí advierte, sin embargo, de que la incorporación de nuevas tecnologías exige evaluar cuidadosamente los riesgos asociados. En su opinión, herramientas como la inteligencia artificial (IA) pueden convertirse en un importante apoyo para reducir errores, aunque también requieren una implantación rigurosa para evitar nuevos problemas de seguridad.

En cuanto a la falta de profesionales, considera que el principal impacto se produce sobre la capacidad de respuesta del sistema y, especialmente, sobre los tiempos de espera. No obstante, sostiene que esa situación no debería traducirse en una atención menos segura, sino impulsar una revisión de los procesos asistenciales para eliminar actuaciones innecesarias y aprovechar mejor los recursos disponibles.

En este punto, pone como ejemplo el trabajo desarrollado desde Proyecto Venturi, donde, según explica, se han identificado oportunidades para optimizar circuitos asistenciales, reducir pruebas diagnósticas evitables o disminuir consultas de seguimiento sin comprometer la calidad de la atención. Todo ello, insiste, puede mejorar la eficiencia del sistema sin afectar a la seguridad del paciente.

Una guía para ayudar a los gestores y un reto

Con esta publicación, Burgueño Jerez espera ofrecer a los equipos directivos una herramienta práctica que les ayude a identificar cuál es realmente su papel dentro de la seguridad del paciente. Más que incorporar nuevas responsabilidades, el objetivo es proporcionar un marco que permita ordenar prioridades, estructurar funciones y comprobar si la organización está desarrollando todos los elementos necesarios para integrar la seguridad en su estrategia.

De cara al futuro, identifica un desafío especialmente relevante: mejorar la continuidad asistencial. Explica que los pacientes con patologías complejas, atendidos por varios especialistas y niveles asistenciales, requieren una coordinación mucho más estrecha para evitar retrasos, duplicidades o errores durante el proceso clínico.

En su opinión, ese trabajo conjunto entre especialidades será uno de los grandes retos de la sanidad española durante los próximos años. Porque, concluye, la seguridad del paciente no consiste únicamente en evitar eventos adversos, sino en garantizar que cada persona reciba la atención adecuada, en el momento oportuno y de la forma correcta.