Redacción Médica
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No vale con ser bueno en sanidad

Por Juan Abarca Cidón, secretario general del IDIS y director general de HM Hospitales
Lunes, 05 de mayo de 2014, a las 19:52
Más allá de la relación entre el médico y el paciente, son muchos los motivos por los cuales un paciente puede no ir como se esperaba cuando ingresa en un hospital. A su propia idiosincrasia, no previsible, desde que ingresa hasta que se da de alta, existen múltiples actos rutinarios sobre un paciente que pueden intervenir de manera determinante sobre su proceso. Algo tan simple como un error a la hora de poner una medicación por parte de la enfermería, un error por parte de la dietista al prescribir la dieta, una mala planificación de la esterilización del material o un simple error al definir el campo quirúrgico puede determinar que un paciente susceptible sufra graves perjuicios sobre su salud sin que nada tenga que ver la prescripción o la acción del facultativo. Sobre todos estos actos es posible intervenir para tratar de controlar que se hagan correctamente.

Los sistemas de calidad hacen que sobre todas estas cuestiones se establezcan mecanismos de seguridad a fin de que se asegure que la concurrencia de estos errores no se produce. Las instituciones sanitarias son de las más complejas de gestionar porque su funcionamiento tiene por una parte un componente no previsible, porque cada día atiendes pacientes diferentes, y por otra, necesita la participación de gran cantidad de personal con diferente cualificación en donde, si bien el medico lleva la voz cantante y, por tanto, es necesario que tenga autoridad funcional, cada trabajador que interacciona de manera directa o indirecta sobre el paciente puede interferir en la evolución de su proceso. 

Por eso y dado que los actos sobre la salud son la experiencia más importante ante la que se puede enfrentar un individuo, la implantación de sistemas de calidad debería ser obligatoria en todas las instituciones sanitarias a fin de garantizar que el centro trabaja de forma coordinada integralmente, a modo de una rueda dentada, perfectamente engrasada, en donde todos los dientes encajan a la perfección para que el producto final, la asistencia al paciente, resulte perfecta. Es una obligación de los gestores y directivos de la sanidad el que un paciente no salga de un centro sanitario peor de lo que ingresó si es por una causa evitable y, sin duda, con los sistemas de gestión de calidad, estos riesgos se minimizan francamente.

Además, los resultados en salud son el único fin que deberían perseguir las instituciones sanitarias de cualquier índole. Su publicación, en mi opinión, debería ser un ejercicio de obligatorio cumplimiento en pro de la transparencia que los pacientes tendrían que exigir a todos aquellos en los que ponen en sus manos algo tan importante como su propia salud. Al igual que existe una ley que recoge el derecho que tiene el paciente a ser informado correctamente y con un lenguaje inteligible, se debería articular la normativa por la que quedara configurado el derecho a saber los resultados sanitarios del lugar en el que va a ser tratado, o al menos, a tener la garantía de que allí donde le van a intervenir cumple con unos resultados mínimos aceptables. Desafortunadamente, esto a día de hoy tampoco se controla.

Hace unas semanas la Comunidad de Madrid publicó resultados sanitarios de cada uno de sus hospitales a través de 103 indicadores de actividad. Cataluña ya lo venía haciendo desde hace más de un año. El IDIS, la institución que engloba un mayor número de hospitales privados, empezó a promover hace ya tres años, a través de sus informes sobre resultados sanitarios (RESA), la publicación de decenas de indicadores  sobre cuestiones como la seguridad del paciente, la calidad, la accesibilidad y la efectividad de la asistencia sanitaria privada.

No vale con ser bueno en sanidad, sino que además es necesario parecerlo. La existencia de un certificado integral de calidad y la publicación de los resultados sanitarios de actividad es una práctica común y exigida en múltiples países de nuestro entorno, y esto debería ser la norma y no la excepción o la noticia. Las administraciones publicas deberían regular los sistemas de certificación de las diferentes disciplinas médicas a fin de evitar que con una sola acreditación sanitaria y sin ningún nivel de control, más allá de la supuesta inspección sobre las instalaciones, se puedan realizar cosas tan dispares como desde una cirugía cardiaca hasta un tratamiento de oncología o unas anginas en un niño.