Redacción Médica
17 de julio de 2018 | Actualizado: Martes a las 17:45
Martes, 26 de noviembre de 2013, a las 23:56

La muerte de Albert Jovell es una muy mala noticia para el Sistema Nacional de Salud. No andamos sobrados de líderes sanitarios ecuánimes, capaces, sensatos y generosos. Y Jovell era todas estas cosas y aún más. Es posible imaginar lo que hubiera sucedido con su recorrido profesional y representativo si el cáncer no se hubiera cruzado en su camino. Pero ya que no va a ser posible comprobarlo, nos queda para el recuerdo la figura de un hombre quizá adelantado a su tiempo, capaz de conjugar casi a la perfección su doble condición de médico y paciente, a veces tan controvertida.

Fue esta última categoría por la que fue reconocido y será admirado por las generaciones venideras. Su capacidad de interlocución sorprendió a propios y extraños, quizá porque el paciente nunca había sido lo que casi todo el mundo dice que es: el centro del sistema. De repente, los pacientes empezaban a contar, tenían una opinión muy definida, que aparecía en foros, en jornadas, en artículos. Y ahí estaba Jovell, con una naturalidad muy médica, y también con una expresividad muy de paciente, del que se sabe enfermo y que le queda poco tiempo y que ha de aprovecharlo.

Esa autoridad que irradian las personas enfermas que miran de frente a su enfermedad, que la nombran y la explican, que la combaten y hasta la acorralan, se transforma en admiración en los demás pobres mortales, que desconocemos cómo reaccionaremos al atravesar por un trance así y que tememos que nunca termine de salir lo mejor de nosotros mismos. En Albert lo vimos, casi desde el principio, y nos acostumbramos a su innata y brillante capacidad de comunicación, y a su facilidad para ceder el protagonismo a otros, miembros de su equipo que ejercían de portavoces en los temas en los que eran también expertos. No es fácil distinguir esta cualidad en esta sanidad nuestra donde muchos liderazgos se viven en solitario, durante mucho tiempo, con una soledad infinita y en un ensimismamiento progresivo que no hace bien al sector ni a la propia organización. Afortunadamente, hay vida después de Albert Jovell, y hay vida para los muchos sitios en los que dejó su impronta.

El paciente fue siempre el centro de sus comentarios y de sus reivindicaciones, pero sin partidismos ni corporativismos mal entendidos. Prefirió emplear sus energías en luchar contra el cáncer y en luchar para que ese derecho, el de los muchos pacientes que optan por no resignarse, prevalezca y se le dé un cauce adecuado en el sistema asistencial. Puede sentirse orgulloso de haber hecho todo lo que ha estado en su mano por vencer a una enfermedad a la que se opuso desde el primer momento y que, gracias a él, hoy es menos traumática, menos estigmatizadora y hasta menos mortífera.

Si su espíritu de sacrificio y su alergia al desaliento son ejemplo de cómo encarar una enfermedad, no menos destacables son sus consideraciones sobre la medicina, la profesión y la política sanitaria, que apenas esbozaban el gran líder sanitario que nos hemos terminado perdiendo: una sanidad pública y universal, capaz de llevar sus mejores capacidades técnicas y humanas al más desasistido de los ciudadanos; una redefinición de la relación médico-paciente, buscando un pasado mejor en el que el profesional era una especie de consultor amigo en el que el paciente, y toda su familia, confiaban por entero, y, en fin, un sistema de salud despolitizado, donde prime la calidad por encima de la productividad, donde el médico tenga más tiempo para la consulta, para formarse y para investigar. Es el formidable testamento de un médico, pero también y en mayor medida, el testamento de un paciente al que todos los demás, que algún día lo seremos también, nunca le estaremos del todo agradecidos.